Opinión Nacional

Carta abierta a Carlos Blanco

Leo con sumo interés tu artículo en El Universal de hoy, sabiéndote muy cercano a SÚMATE y capaz de darle consistencia teórica y fundamento político a la iniciativa de dicho organismo por implementar un proceso de primarias para la escogencia de un candidato único y/o unitario de la oposición para enfrentar al presidente Hugo Chávez en las elecciones presidenciales pautadas constitucionalmente para el 3 de diciembre próximo.

Dicho interés se acrecienta al verme retratado, así sea bajo la despectiva consideración de mi “infinita sabiduría”, la cual me habría permitido “descubrir el agua tibia” del fracaso de la iniciativa de la cual has sido, sin duda, uno de los principales promotores. No mencionas, querido Carlos, que anticipé dicho fracaso no por razones de índole personal o instrumental, sino políticas. Tal como te lo hice saber en repetidas oportunidades y en sendos mensajes que les hiciera llegar por la misma vía y por el mismo medio a María Corina y a ti mismo desde el momento mismo de su convocatoria. Consideré, en efecto, que dichas primarias fracasarían no por la carencia de voluntad de algunos de los interesados, que daba por descontado y era vox populi, particularmente en Teodoro Petkoff, su más enconado adversario, sino porque dicha convocatoria partía de un supuesto errado: creer que la unidad de la oposición en la lucha contra el régimen se podría obtener mediante “un mecanismo” – como tú mismo lo señalas en tu artículo – y no, como en efecto, por un acuerdo político de las distintas fracciones en que se halla balcanizada la oposición política venezolana. Acuerdo político quiere decir: consenso en torno a puntos básicos de una política de corto, mediano y largo plazo. Particularmente sobra la coyuntura y sobre la base de un presupuesto básico: un diagnóstico compartido sobre la naturaleza del régimen y, derivadamente, un plan de acción para combatirlo de acuerdo a esa naturaleza. Como muy bien lo sabes y lo has reiterado más de una vez, no se enfrenta un régimen autocrático, militarista y dictatorial que pretende entronizarse per secula seculorum de la misma manera y con los mismos medios con que se enfrenta un mal gobierno democrático.

Las primarias, mecanismo idóneo tanto como cualquier otro, para acceder a la escogencia de un candidato, no podía anticipar o presuponer esa unidad política, ni muchísimo menos coadyuvar a generarla. Eso, querido Carlos, es poner la carreta delante de los bueyes. No soy politólogo ni experto electoral, pero el sentido común me indica que las primarias suelen resolver conflictos inmanentes de grupos acordados: no es un sorteo en que puedan participar tantos como lo consideren apetente, sino una medición entre dos o tres personalidades políticamente unánimes que cuentan, en su conjunto, con la totalidad de las fuerzas que representan pero manifiestan diferencias de acentos, de tonos, de personalidades aun sobre la base de un acuerdo político básico y común. Y se encuentran en un impasse. Un caso ejemplar es el de las primarias celebradas por COPEI entre Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz. Independientemente de que ellas no resolvieron el problema crucial: acumular fuerzas para que el escogido fuera en efecto el próximo presidente de la república, sus secuelas divisionistas aún perduran. No triunfó quien participó en ellas, sino un outsider que esperaba imponerse una vez más en el minuto 90, Rafael Caldera. Para desgracia de la patria. Y las divisiones en el seno de COPEI han dado lugar, incluso, a una ruptura de facto. Mientras Fernández continúa, mal que bien, en COPEI, Oswaldo Álvarez Paz fundó Alianza Popular.

El grave problema que enfrentamos no reside en la necesidad de tener un candidato único, que si estuviéramos todos de acuerdo en lo que debe representar y qué debe defender, lo tendríamos. Pudiendo ser cualquiera de los anunciados. El grave problema radica en las diferencias de fondo que enfrentan las fuerzas que se sienten representadas por el trío de candidatos autoproclamados, con las de aquellos que no tienen candidatos ni lo tendrán mientras no se dirima la esencia misma del problema electoral: sus condiciones. Hay una diferencia por ahora insuperable entre Teodoro Pekoff y Oswaldo Álvarez Paz, entre Manuel Rosales y Henry Ramos Allup, entre Julio Borges y Antonio Ledezma. Lo cual tampoco sería tan grave si se tratara de diferencias entre individualidades. El grave problema radica en las diferencias existentes entre las fuerzas que siguen a unos y otros. Para aquellos el problema es estrictamente electoral; para estos el problema es infinitamente más grave: es existencial.

Todas las encuestas, por cuya validez no estoy ni estaré jamás dispuesto a sacrificar un pelo, pues me merecen la más absoluta desconfianza, refieren en un 80% la disposición a no votar de no darse las condiciones para un proceso electoral limpio, justo y transparente. Ni siquiera sobre esta cuestión se logra acuerdo entre los tres precandidatos mencionados y el resto de la oposición. ¿Cómo hablar entonces de generar unidad metiéndolos a todos por el embudo de unas primarias?

La oposición enfrenta hoy su más grave reto existencial: impedir la fractura definitiva entre el candidato que decida el cogollo de los tres – sin ninguna auténtica representación mayoritaria – y las grandes mayorías que se niegan a aceptar el papel de comparsas para la legitimación del caudillo. Por esa via vamos seguro al despeñadero. He creído por ello necesario señalar la crucial importancia de unirnos. Tras una sencilla exigencia: condiciones. La respuesta de los tres candidatos ha sido hasta ahora el silencio y empujar a la participación. Volviéndole la espalda al conjunto opositor y a la sociedad civil, incluso al veredicto de las universidades, han optado por negociar con el CNE y recibir la unción de Tibisay Lucena. Ahora apuestan incluso a sus propias primarias. En un salto al vacío que podría acarrearles a ellos, muy en particular, pero sobre todo al país, gravísimas consecuencias sepa Dios por cuántas décadas.

Creo, en definitiva, querido Carlos, que la tarea del momento es luchar por imponer esa unidad de propósitos en torno a las condiciones. Y rechazar cualquier contubernio con el régimen. Estamos a punto de perder a Venezuela. Permitirlo sería un crimen. Unámonos.

Un fuerte abrazo

Antonio Sánchez García

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