Opinión Nacional

Causas, responsables y culpas

Y siendo tres el número escogido por el destino o el azar, quién da más, no podían faltar en escena el trío de monos, cual jueces disecados, que expresan gestualmente que lo que es ellos, no miran, no oyen, no ven, mientras, uno no sabe ciertamente si el mensaje será: “No se meta, prudencia, deje pasar, cuídese, sea cómplice”. Ahora sí que la brújula de corrección flota y se mece sobre el centro preciso del adminículo justiciero, traído desde la civilización a fin de administrar imperfecciones y pendientes posibles, escondidas en espíritus de cartas marcadas.

De aire viciado el recinto, la luz artificial brilla, exclusiva y parpadeante, triangularmente sobre el rectángulo de la mesa, que subida en patas de caoba finísima, que simulan elefantes o pirámides, ejerce su poder paralizante sobre todos los hombres y las cosas.

Más que en cámara lenta, toda la escena se encuentra detenida e inmóvil a la espera de una solución que ruede física y matemática sobre el plano que parece de suerte para el romántico amateur, pero que no lo es. Los ejecutantes, en mangas de lino recogidas, no son sino instrumentos sumisos de otro juego, mayor, paralelo y oscuro, así como ángulo, intensidad o momento preciso, geometrías de cálculo y tiro, son en fin decisiones imperfectas, humanas, acordadas desde otras galaxias.

El viajante, actor principal, que aún desconoce el final de esta historia y sin cuya presencia sería inútil todo lo narrado, se identifica por la maleta que lo acompaña. Los perros callan, lo observan quietos y de reojo. Los caballos mudos meditan impertérritos. El barman ataviado de chaleco y leontina  le ofrece y sirve mientras nada se oye. Para qué si los gestos hablan por sí solos. La eternidad allí, inodora-incolora-insípida, descansa en un tictac inaudible. Parroquianos, viandantes y asomados son maniquíes de palo que fuman sin respirar, tragan sin salivar, corazones inútiles.

Un golpe seco, perfecto, como de guillotina a las tres de la tarde, abre las puertas de aquella realidad anestesiada y suspendida antes del final de inexorable vértigo. Ahora, todo está dicho ya; el resultado, el fin, la carambola victoriosa, las caras compungidas, la derrota. Como si nada, aquella supuesta eternidad se vuelve polvo sideral; Dios por esperado; nada por consumado.

El viajante, en acto reflejo, saca libreta de bolsillo izquierdo con mano derecha. Asistido de pluma o lápiz, que bolígrafo sería inapropiado, el detalle sí importa, suma otra vez el trébol sin suerte, ahora descrito en mano, papel y pensamiento. Si te pones a ver con curiosidad, pareciera que toma un apunte de negocio o  acude a recurso dictado frente  a la memoria infiel, y escribe entonces: “Causas, responsables y culpas”. Tal vez ni él mismo lo comprenda; no sabe que esas afirmaciones, dudas o sorpresas, rezarán en su epitafio. Guarda final y mecánicamente la libreta en retroceso inexorable.

Ni siquiera el sheriff, siempre fuera de foco, ni el detective, aparecido de uno no sabe dónde, errores de libreto o producción supone uno, que consiguen el cadáver del viajante en rincón baldío, logran descifrar el misterio de ese apunte letal, el último secreto en tinta dactilar. ¿Crimen perfecto?

Ahora que la Democracia se ha convertido en asunto pendenciero, policial y de experticias forenses, tal vez sería interesante volver a ver esta película donde el asesino no ha sido aún descubierto ni tampoco el misterioso sentido del trío de palabras, “causas, responsables y culpas”. Quizás hasta el nombre de los actores deba ser revisado. Habría que leerlos al revés, frente a un espejo, no vaya a ser y allí se esconda en jugarreta la verdadera cara de la burla, la respuesta sabida, mas callada por el director aclamado, y guardada por él y sus eunucos merodeantes, mediante ácido sulfúrico en el foso del olvido, o peor, de la duda que vive para siempre en el fondo del alma.

 

 

 

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