Opinión Nacional

Celebrando la muerte y la violencia

Somos un país invertido. Trastocado. Lo absurdo y lo desquiciado se asume como normal. Lo traidor y cobarde como épica y fiesta. Ayer ocurrió uno de esos días que nos humilla como seres humanos y venezolanos. El Gobierno, buscando cualquier disfraz posible, intentó celebrar el nefasto golpe de estado del 4 de febrero de 1992 tal como si se tratara de una fecha patria. ¿Bajo cuál argumento esto sería concebible? La revolución se entrampa en su propio discurso hipócrita. ¿Cómo ensalzar un golpe de Estado contra un gobierno legítimamente constituido, el de Carlos Andrés Pérez en ese entonces, y a la vez desaprobar y condenar cualquier intentona contra el actual? La tiene difícil Chávez para decir que hay golpes de estado buenos y otros malos. Que unos deben existir y otros no. ¿Quién juzga eso? ¿Por qué su intentona criminal sería menos diabólica que la de Pinochet, por ejemplo? ¿Quién podría asegurar que unos tuvieron razón y otros no? En el fondo el Gobierno revolucionario está en su cruzada desgraciada por celebrar la muerte y la violencia. En eso lleva ya 10 años. Con un cinismo que espero sea juzgado en el algún tribunal internacional de Derechos Humanos, Chávez le declara a CNN que la inseguridad es un tema de la década de los ochenta. ¿Con qué moral el ciudadano presidente puede mirar a los ojos a miles de huérfanos y viudas y decirles que los seres queridos que les mataron no existen sino que son un invento de la oligarquía? Cien mil muertos asesinados en 10 años de revolución, cien mil fallecidos violentamente desde que Chávez está en el poder es una cifra tan grotesca, tan aterradora, tan demoledora que no reconocerla, no asumirla como una gravísima e imperdonable falta lo convierte automáticamente en cómplice de los sicarios, de los desalmados que matan sin piedad.

Para poner en perspectiva la cantidad de asesinados que han ocurrido en esta década habría que decir que en la Guerra del Golfo de los años 1990 y 1991, con toda la tecnología militar americana en juego, todo el fanatismo estúpido de los seguidores de Saddam Hussein y una población civil desvalida y en el medio, no hubo ni la mitad de los decesos que han ocurrido aquí. En 22 días de invasión judía a Gaza, con el uso de cohetes, bombarderos, cañones y dementes palestinos vueltos bombas humanas, hubo menos muertos que en un mes normal en toda Venezuela. ¿Es eso comprensible? ¿Acaso entonces debemos suponer que vivimos una guerra no declarada desde hace diez años y no lo queremos aceptar?

La revolución es cómplice por ser la principal instigadora del odio, de la violencia. Por propiciar la lucha entre los hermanos, por convalidar con su apatía el crimen, por incluso justificarlo cuando le conviene. ¿Será que olvidaremos al “caballero” Gouveia, asesino convicto y confeso, grabado por cámaras de TV, y que recibió ese trato del propio presidente de la república mientras a los que se le oponían los llamaba escoria, escuálidos, fascistas, terroristas y oligarcas? ¿Podremos olvidar la brutalidad antisemita de destruir una Sinagoga como si este régimen y sus esbirros fueran los nazis del siglo XXI? Todas y cada una de las aberraciones que ha cometido Chávez y la ralea de lunáticos que lo acompañan en cargos de poder deberán pagarlas en la justicia internacional. De eso no tengan duda. Quizá tarde, quizá la paciencia no sea lo suficientemente resistente para esperar a verlo, pero de que llegará, llegará.

El 15 de febrero no está en juego una simple enmienda de la constitución. Chávez quiere imponer la monarquía absoluta, le está diciendo a todos los venezolanos que él quiere ser el que mande los destinos del país hasta que le dé la gana. Que quiere perpetuarse con su cinismo, con esta violencia que lo masacra a usted amigo, a usted amiga, no sólo en su barrio, sino en su urbanización, en la puerta de su casa, en su trabajo, en momentos que deberían ser sagrados como los velorios y los entierros, porque hasta ahí ha llegado la mano de la brutalidad para matar, en un acto de absoluto genocidio, a los parientes y a los amigos de los muertos.

¿Es ése el país que desea para usted y para sus hijos? ¿Una nación en donde salir todos los días de su hogar para ir al trabajo es casi jugar una ruleta rusa sin saber si en la próxima halada del gatillo le volarán los sesos? ¿Pregúntese doñita si puede soportar vivir con ese terror de que le maten a su hijo cualquier madrugada, cualquier atardecer?

Ante ese escenario de revolución indefinida hay que decir que no. Ante ese futuro miserable, lleno de víctimas y asesinos, hay que decir que no. Porque mientras Chávez se mantenga en el poder, la muerte dormirá en la puerta de su casa, de su rancho, de su apartamento como un perro rabioso dispuesto a morderlo apenas salga. Por eso hay que decir mil veces no.

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