Opinión Nacional

Cerebro de bingo

Ciertas enfermedades llevan la ironía a cuestas, por ejemplo una llamada “cerebro de bingo”, cuyo rasgo sobresaliente es su origen: ludópatas y demás hierbas se intoxican con monóxido de carbono luego de una prolongada exposición a los gases concentrados en casinos y otros templos dedicados al azar.

El síndrome del cerebro de bingo consiste en fuertes jaquecas, dolores de cabeza que golpean con fuerza a quienes de tanto templarle la oreja al mono sufren los estragos del ahogamiento en humo. Quién lo iba a decir, luego de tanto jaleo, los feligreses de esa religión que es el envite y azar caen víctimas de sus propias emanaciones.

Algo parecido ocurre más allá de los dados, la ruleta o el B sesenta y dos. Y es que de tanta complacencia, de tanto culto al héroe, de tanta sumisión y de la hipoteca intelectual que aceptó llevar a cabo una gruesa parte del oficialismo, hoy por hoy terminan asfixiando los efluvios de quienes no han hecho más que producirlos a fuerza de aplaudir toda ocurrencia del jefazo.

Pareciera que las revoluciones cuecen a fuego lento los platos que terminarán en algún momento poniéndoles la mesa. Hay un canibalismo intrínseco, cierta salivación por la pieza que se resbala, que se aleja del verticalismo sine qua non. La línea maestra viene de arriba, es decir, del mandato del partidito en el poder -y si es único mejor-, que equivale a la iluminada dictadura de algún ídolo muy muy bien cebado.

A estas alturas Ismael García es condimento de un preparado muy particular. Algo así como calamares en su tinta, pero a despecho de la gastronomía, que es un arte, se trata aquí de un adefesio que ya estaba cantado. De modo que el hombre está sintiendo los rigores típicos de todo proyecto totalitario que se respete. Lo que estos señores han procurado, el entramado de poder que con empeño digno de mejor causa elaboran desde hace ocho años va poco a poco gestando explosiones aquí y allá: justo donde haga falta corregir entuertos, barrer incomodidades o “producir consensos”. Porque en revolución, hay que repetirlo hasta el cansancio, no es posible disentir. Perder el tiempo con minucias semejantes equivale a cederle terreno al enemigo, y el enemigo es quien la señale con el dedo, quien le encuentre máculas a su planchada vestimenta o quienes digan simplemente esta boca es mía.

El señor García sufre del síndrome en cuestión. Padece fuertemente de neuralgias causadas por ese cerebro de bingo revolucionario que es la falta de oxígeno, la falta de aire limpio en pulmones y neuronas debido a emanaciones no precisamente dadas a la democracia. Ismael García se sancocha en su sancocho, que es el socialismo del siglo XXI, porque sí y sin manual de instrucciones. Olvidó, el buen señor García, que en revolución vale todo, pero fuera de ella nada, o lo que es lo mismo: que basta sacar unos centímetros la cabeza por la ventana con el inocente fin de mirar otro horizonte y ¡zas!, te aplasta el bodrio que ayudaste a construir.

La lista de Tascón es un ejemplo espeluznante de para dónde iban los tiros, ejemplo cargado de traumas y perjuicios a terceros que no hizo fruncir ceños en los aliados del Ejecutivo. El discurso de Ramírez en PDVSA, intimidatorio, abusivo y criminal por los cuatro costados, forma parte del mismo constructo. Están ahí, al alcance de la mano, de la memoria, de quien desee ver más allá de sus narices. Fascismo mondo y lirondo. Este gobierno, excluyente como ningún otro en la historia venezolana, que elevó el clientelismo de carné, la explotación de la miseria y la sumisión al poderoso a alturas de vértigo, no engaña a nadie en el presente. Ni siquiera en el pasado. El que tenga ojos que vea.

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