Opinión Nacional

Chávez, el inmisericorde

“Aún lloramos a nuestras víctimas”

Hugo Chávez, desde Copenhagen

Bolas hay que tener y la cara como de concreto armado para decir sin que se le reviente la verruga que “aún lloramos a nuestros muertos”. Si alguna lágrima ha salido de sus encapotados ojos ha sido por el reconcomio ante el odio parido que le profesara su progenitora. No sin cierta razón: ha sido fastidioso, ególatra y mitómano desde que sus progenitores se vieran obligados a sacárselos de enfrente y se lo endosaran a la abuela, capaz de calárselo en pleno. Que ya de carajito era tan bocón, sangrón – dicen los mejicanos -, mentiroso, fabulador y desconsiderado como el que llegaría a ser con el correr de los años.

Lo dicen psicólogos clínicos, psiquiatras y psicoanalistas: Chávez es crónicamente incapaz de verter una lágrima por nada que no sea su propio pellejo. Y aún entonces esos lagrimones son de utilería, para ver si con un poco de manipulación se salva del cadalso, como el 11 de septiembre, cuando se arrodillara ante Baltazar Porras para evitar que le cobraran en carne propia los muertos de Puente Llaguno. ¿Llorar por los miles de  muertos del deslave de Vargas? Ya te aviso, Chirulí.

Su comportamiento durante la peor tragedia natural de nuestra historia, convertida en crimen de lesa ecología por su desidia, su desinterés, su monstruosa ambición política – así tenga el forro como para presentarse junto al capo de la coca en Copenhagen rasgándose las vestiduras en defensa del planeta tierra – es tan insólito, tan inhumano y tan monstruoso que merecería ser reseñado masivamente para que los venezolanos que aún creen en él despierten de la triste y desalmada seducción en que aún vegetan ante quien ciento cincuenta mil venezolanos asesinados le saben a pecata minuta, si de ese modo mantiene el caos y el desorden y puede mantener sometidos en el terror urbano a los pobres y humildes de Venezuela. ¿O es que alguien lo vio algún lunes de estos ensangrentados diez años a las puertas de la morgue dándoles un modesto gesto de consuelo a las madres, a los padres, a las esposas, a los hijos y hermanos de los asesinados la noche anterior? ¿Alguien lo ha oído proponer una discusión parlamentaria sobre la peste negra de nuestras patria, alguien lo vio convocar una reunión de urgencia de su gabinete, convocar a todos los sectores y fuerzas vivas de la Nación para enfrentar el cáncer de la inseguridad, escuchar o leer el informe que presentara el Alcalde Metropolitano? ¿Alguien le vio una sola cadena nacional dedicada al azote más aterrador que enfrenta la Venezuela rojo rojita?

Nadie. Por una sencilla razón. Al teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías le trae sin cuidado el sufrimiento de los demás. Es un megalómano, un patético narcisista, un ombligo con patas. Ciego, sordo y mudo cuando de lo que se trata es de mostrar compasión y misericordia. Es un monstruo. Al que habría que ir tratando como tal, o terminaremos aplanados por su crueldad.

A los hechos me remito:

Todos los informes de inteligencia, confesiones de protagonistas y testimonios directos sobre sus reacciones ante el deslave de Vargas son sencillamente aterradores y dan cuenta de un personaje absolutamente desalmado, frío e inhumano, incapaz de aprehender, comprender y ni siquiera interesarse por la tragedia que vivían sus compatriotas y se desarrollaba frente a sus ojos. Cuenta el comandante Jesús Urdaneta Hernández, por entonces jefe de la DISIP, y quien sobrevolara durante horas la zona del desastre acompañándole para que tuvieran una visión directa de los sucesos, cuando aún las aguas bajaban turbias, cenagosas y ensangrentadas llevándose por delante lo que encontrara a su paso, que no hizo un solo comentario, ni emitió un solo suspiro, ni dijo una palabra de pesadumbre sobre el horroroso acontecimiento. Venía llegando de Cuba, adonde fuera a celebrar el triunfo del plebiscito aprobatorio de la nueva constitución, y no hizo más que hablar y hablar y hablar de la revolución cubana y su proyecto de imponerla en Venezuela contra viento y marea. Si fuera necesario, a sangre y fuego.

Su entusiasmo por la revolución cubana y su enamoramiento por Fidel, que había adoptado como padre putativo desde que lo conociera en 1995, fueron de tal arrolladora magnitud, que en todos esos días de luto y abatimiento nacional no hizo más que hablar de la revolución jurando imponerla a como diera lugar. Lo cuentan asombrados cuantos tuvieron la ocasión de estar a su lado y que no menciono por elemental discreción política. Muchos de ellos siguen a su lado. Uno jugó a que lo enfrentaba electoralmente con una gallina en la mano. Aún conociéndolo en esa aterradora intimidad no comprendieron que dejar el país en manos de un sujeto de tamaña inmisericordia era una grave riesgo para la salud espiritual y física de la nación.

Diez años después se enjuga sus lágrimas de telenovela ante el encuentro de Copenhagen y jura ser el campeón del ecologismo. Él, que se opuso por razones miserable al auxilio ofrecido para iniciar la reconstrucción de Vargas de inmediato. Tirando ese Estado y sus miles de víctimas al más absoluto abandono. Él, que ha convertido a Venezuela en uno de los más inclementes productores de gases tóxicos del planeta. Él, bajo cuyo gobierno se han paralizado todos los intentos por defender nuestros recursos naturales explotando los pozos petroleros con una saña carente de la más elemental consideración. No se hable del Abandono de nuestras industrias básicas y el estado de puentes y carreteras.

Chávez no verterá una lágrima de verdad hasta que se enfrente a las amargas e irremediables consecuencias de sus crímenes. Será demasiado tarde. Ese llanto no le servirá de nada.

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