Opinión Nacional

Chávez ¿engañado?

El caso del Complejo Agroindustrial Azucarero Ezequiel Zamora (Caaez) involucra a todo el espectro de la “revolución chavista”. Desde altos oficiales y cuadros medios de la Fuerza Armada, pasando por el ministro de Agricultura y Tierras, empleados de Banfoandes y empresarios privados, hasta llegar a los cubanos que laboran en el central azucarero. Es decir que se ha visto coronado el sueño del argentino Ceresole, cuando esbozaba el proyecto hegemónico de Hugo Chávez como la conjunción histórica “caudillo-ejército-pueblo”. Lamentablemente en esta oportunidad ésta se da para delinquir, para defraudar los dineros públicos de la manera más grotesca e impúdica. Una sangría de 3,3 millardos de bolívares. Cuánta miseria, falta de ética e impunidad lleva consigo este pestilente asunto.

Al analizar cómo se concertaron estos “revolucionarios” para engañar al pueblo, surgen interrogantes y reflexiones sobre el porqué de estas cosas. ¿Es que acaso revolución y pillería son el mismo asunto? O como plantea el anciano en La silla del águila, de Carlos Fuentes, hay que ser flexibles ante la corrupción, porque la corrupción lubrica el sistema. Se han necesitado 8 años para que el gobierno se percate de lo que está sucediendo.

El informe de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional concluye con la siguiente “perla”: el convenio de cooperación institucional entre el 62 Regimiento de Ingenieros Rafael Urdaneta y el central se convirtió en una actividad comercial, de lucro, contrario al papel de la Fuerza Armada (aumento de 10% en los precios fijados por el Ministerio de Infraestructura, entre muchas otras irregularidades). O sea, que “el cuánto hay pa’ eso” funcionó a la perfección.

¿Cómo es posible que militares de tan alta graduación piensen que se puede actuar de esa manera, sin que nada les pase, por encima del bien y del mal? Aquí aplica el viejo dicho: la culpa no es del ciego, sino de quien le da el garrote. Sabemos que este es un gobierno de corte militarista, donde se ha creado una casta con privilegios especiales, por encima del común de la gente. Los nuevos patricios revolucionarios se sienten portadores de una patente de corso, para hacer (literalmente) lo que les venga en gana, sin que nada les pase. El régimen para mantenerse en el poder halaga, adula al sector militar de manera deliberada. Representa su verdadero partido.

Claro, en un país donde muchos diputados del parlamento monocolor y altos funcionarios exhiben su riqueza recién adquirida sin ningún pudor (carros lujosos, escoltas pagadas con los dineros de todos los venezolanos y pare usted de contar), ante los ojos (inútiles) del Contralor General de la República y la modorra e indiferencia del Ministerio Público, cualquier despropósito como el caso Caeez puede pasar. Donde reina la impunidad, la corrupción se enseñorea. Ya por lo pronto el ministro Albarrán (dicen que huyó de Sabaneta como “alma que lleva al diablo”) quedó a priori liberado de toda responsabilidad.

La rapiña pestífera, nauseabunda, no puede ser tratada con paños calientes: apresar a los pendejos, mientras los verdaderos responsables desaparecen en intrincados procesos judiciales. Esperemos que esto no sea un circo electoral y se convierta en carne para los leones.

De los cubanos, ni hablar. A esos, si es verdad que no les pasará nada. Desaparecerán por arte de birlibirloque. La peor de las condenas será que tendrán que regresar al mar de la felicidad.

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