Opinión Nacional

Chávez es el pasado

En diciembre de 1998 el candidato Hugo Chávez representó el cambio político. Ante las ofertas disparatadas de los partidos AD y COPEI, el golpista representaba algo nuevo. Hoy, cinco años y ocho meses después, Chávez es el pasado.

No sólo porque han transcurrido sesenta y seis meses desde que asumió el poder, sino porque su gestión está enmarcada dentro de la peor tradición venezolana. Su errático desempeño como gobernante ha estado signado por el militarismo, el patrimonialismo, la corrupción, el sectarismo y la autocracia.

Las oficinas públicas han sido invadidas por militares de todo rango, comenzando por los compañeros de promoción del jefe sabanetero o por sus compinches del desastroso pero rentable golpe de 1992. Basta ser militar conectado con “el proceso” para ocupar una embajada o cualquier ministerio. Si bien los militares de ahora no son los montoneros del siglo XIX, tampoco los afortunados han sido escogidos según sus méritos o especialidades, sólo la lealtad perruna es el barómetro para nombrarlos.

Los mayores nos recuerdan cómo se despreciaba a los militares una vez caída la dictadura perezjimenista, hoy ocurre algo parecido. Pero hay un agravante, si entonces el ejercicio militarista del gobierno era garantía de seguridad ciudadana y persecución del delito común, ahora no pueden estar más desprotegidas las vidas y los bienes de los venezolanos. ¿Qué mayor decepción para quienes así vieron la opción militarista de Chávez , el actual panorama de secuestros, asesinatos y delitos de todo tipo? Para no hablar de la nunca aclarada relación complaciente con la guerrilla colombiana, después de la insólita declaración de neutralidad en el conflicto que vive el país vecino.

Explicaciones ideológicas aparte (Caudillo-Ejército-Pueblo, según el finado Ceresole) la utilización de los militares en funciones de gobierno tiene como objetivo anular toda crítica o reticencia ante órdenes injustas o caprichosas. El militar se acostumbra a obedecer sin discutir. El debate democrático no se concibe en la cultura militar. Y al escoger funcionarios sin ninguna experiencia ni arraigo políticos, el jefe los hace totalmente dependientes de su influencia.

Pero para mantener esa lealtad no basta con la disciplina. Hay que crear estímulos para que no se descarríen los militares transformados en gobernadores, embajadores, ministros, directores generales, jefes de oficina, presidentes de bancos, institutos o empresas del Estado. Ahí es donde entra el patrimonialismo, es decir el manejo de los recursos estatales como si fueran propiedad privada del caudillo. Este permite que sus subalternos también disfruten de las repletas arcas públicas. Recordemos el Plan Bolívar y las muchas denuncias que lo acompañaron. Si ya era una desviación ver generales vendiendo verduras en las calles para competir con los buhoneros, el hacerlos administradores de miles de millones de bolívares sin control alguno, fuera de la ley de presupuesto, era la mayor trampa. Algunos oficiales no se enriquecerían pero ahora los pueden chantajear.

Las pintorescas reparticiones de plata que hacía Chávez en su show dominical y la asignación de edificios públicos de la manera más alegre, indican el nivel de respeto por la ley del régimen. En ese ambiente tan permisivo y con los poderes públicos totalmente al servicio del caudillo, la corrupción ha cobrado un impulso extraordinario. Los militares no son los únicos que hacen compras fastuosas, todo funcionario alto o medio o contratista con boina roja han hecho negociados que dejan muy atrás a los relancinos millonarios del perezjimenismo, de la Gran Venezuela o del quinquenio herrerista.

De forma semejante, el sectarismo se ha instalado en el poder como nunca antes. Nuevamente los paradigmas del chavismo son Gómez y Pérez Jiménez, los autócratas crueles: como cuando ellos gobernaron se ha perseguido a los disidentes. Si no ha proliferado la tortura es porque los tiempos son otros. La lista de solicitantes del referendo revocatorio ha servido hasta para negar documentos de identidad a los ciudadanos. El Estado ha sido convertido en una maquinaria que busca sólo beneficiar a quienes muestran obsecuencia al régimen. Nada puede ser obtenido por el administrado sin que medie la promesa de apoyo político al jefe. Quien no sea chavista no puede obtener un empleo, un contrato, un pasaporte o un premio nacional.

Todo lo anterior configura “el cambio” que hemos vivido en estos largos años: nada más que el regreso a lo peor de la historia venezolana. El regreso al caudillismo autocrático del siglo XIX, con el añadido de adulancia al jefe y exaltación del mal gusto que tiene todo militarismo.

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