Opinión Nacional

¿Chávez o el caos?

A los pocos días de las elecciones de 2006 fui testigo del éxito parcial que ha tenido uno de los chantajes que aplica Chávez. Me encontraba en la tienda de un chavista “light”, de esos que tratan de tener buenas relaciones con todos sus clientes y no muestran su inclinación política a quienes desde la oposición se mantienen en el extremo más intransigente.

Mientras observaba algunos de los productos exhibidos, el dueño del establecimiento, sin haberme visto, hablaba con otro cliente y le decía: “Menos mal que ganó Chávez, porque si no en estos momentos la ciudad estaría ardiendo por los cuatro costados. Y estaríamos en manos de los chavistas más radicales, presas de la furia popular”.

No sé si el comentario estaba inspirado por la sinceridad y respondía a la firme creencia en la supuesta necesidad de la permanencia de Chávez para controlar a sus locos: los diversos grupos armados por el gobierno que avala sus acciones para amedrentar a la oposición.

Siguiendo esta argumentación, Chávez sería una especie de dique para detener el resentimiento de la mayoría desposeída. Su permanencia en Miraflores estaría justificada por esto. No es un Presidente de un Estado democrático que garantiza los derechos humanos y busca el mejoramiento de las instituciones, sino que su función sería exclusivamente evitar un estallido social que podría convertirse en guerra civil.

Para reforzar esta idea, en cada campaña electoral el gobierno se encarga de recordarnos la anarquía que viviríamos si Chávez ya no estuviera en el poder. En estos días previos al referendo inconstitucional e ilegal (en un país con poderes públicos independientes ya el Tribunal Supremo lo hubiese suspendido) hemos visto proliferar las acciones vandálicas y las provocaciones de grupos pagados por el gobierno.

Las bombas lacrimógenas lanzadas en las universidades -en ocasiones han constituido verdaderos atentados contra la vida de personas- y a residencias de opositores, cuya responsabilidad indubitable es de grupos oficialistas, no serían sino una muestra de lo que le espera a Venezuela si nuevamente Chávez está fuera del poder. Por ello, a él le gusta recordar abril de 2002 y exagerar la pequeña reacción de sus seguidores que hubo cuando, según el general Lucas Rincón, renunció a la Presidencia.

Chávez en aquellos días dijo que recordó el Bogotazo al ver algunos incendios en Caracas mientras regresaba de su corta estada en La Orchila. En realidad no hubo ninguna destrucción general de Caracas ni bajaron de los cerros multitudes para pedir su regreso a la silla presidencial. La presencia de tres mil personas a las puertas del cuartel que dirigía el general Baduel en Maracay y la manifestación de otras tantas en Caracas constituyeron las únicas muestras de respaldo popular al renunciante Chávez.

En aquella confusión, después de que Chávez ordenara el plan Ávila para que las tropas militares enfrentaran la inmensa marcha de la disidencia democrática (al igual que ahora que ha mandado a echar “gas del bueno” a los estudiantes) la gran mayoría de los diputados oficialistas y otros tantos altos funcionarios estaban dispuestos a apoyar un nuevo gobierno.

Pues bien, esto igualmente pasaría si Chávez sale del poder otra vez. Los grupos financiados, como el famoso colectivo La Piedrita, que disfrutan acosando opositores, o los personajes ofensivos que bien protegidos insultan a dirigentes de la disidencia, seguramente desaparecerían al perder el único combustible que los mantiene encendidos: el dinero público.

Los actos violentos organizados por el chavismo sólo buscan crear temor dentro de la oposición y nuclear sus fuerzas. Pero quizás estén logrando un efecto perverso: están haciendo crecer el rechazo al gobierno entre quienes se muestran indiferentes ante la radicalización política y entre las filas del mismo chavismo. Hay gente que pudo tener o aún tiene simpatías por el gobierno nacional pero que ante estas burdas maniobras no puede dejar de sentir repudio.

La prueba más importante de que después de Chávez no puede haber más anarquía es que él mismo no puede mantener el orden público que sus seguidores, por órdenes suyas, pervierten. Nunca como en estos diez años ha habido tanto vandalismo, tantas invasiones y violaciones de la propiedad privada, tantos atentados a periodistas y dirigentes sociales o políticos ni tanta represión contra manifestaciones pacíficas. Nunca el hampa estuvo tan feliz. Nunca hubo tantos asesinatos ni tanta impunidad.

Es una cobardía grande escudarse en grupos supuestamente espontáneos para aterrorizar a los adversarios políticos pero también lo es amenazar con el caos general si una mayoría electoral lo vuelve a derrotar.

Y la amenaza es absurda porque el caos es Chávez.

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