Opinión Nacional

Chávezlandia o el parque de diversiones del chavismo

No, una suerte de olvido voluntario o involuntario parece ser el rincón donde ¡al fin! descansarán los restos del “héroe” que, por mil razones -pero sobre todo por las furias que nunca lo abandonaron en su aventura de mortal -debe aguardar porque sea la historia, y no el fanatismo, la que fije la significación de su paso por un país que es generoso, tanto en pasiones, como en desmemorias.

Todo lo cual no quiere decir que el Chávez “fetiche”, “tótem” o “tabú” no esté llamado a continuar desempeñando un papel irreemplazable en la política venezolana y que sus herederos no hayan decidido jugarse la carta de que, por lo menos, el 30 por ciento de venezolanos que lo respaldó hasta el último minuto, les transfiera algo de su capital político.

Claro, sin olvidarse de que estamos en Venezuela y no en la Rusia Soviética, en Caracas y no en Beijing, en el trópico y no en el sur de Juan y Eva Perón, en la tierra de los días feriados y no en la Cuba de los hermanos Castro.

En el país, en fin, de Emilio Lovera, Laureano Márquez, Zapata, Claudio Nazoa, Rayma, el Conde del Guácharo, Edo, Cayito Aponte, Weil, Rafucho “el maracucho” y la “Bicha” (para solo hablar de los que echan y seguirán echando vainas) y que una utilización del “mito” y del “culto” que no esté basado en la alegría, la rochela, la frivolidad y hasta la guachafita, no es que fracasaría, es que tendría un efecto contrario, haciendo del “héroe y sus hazañas” un motivo para la risa, los chistes y la mamadera de gallo.

Un país donde velorios, entierros, responsos y requiem se toleran, porque también son ocasión para la fiesta, y nos permiten recordar que, por mucho que nos duela una muerte o un accidente, no son motivos para borrarnos la alegría de vivir.

Por eso considero una operación de psicología (o psiquiatría) profunda que los herederos, o sucesores de Chávez, lejos de estar pensando en perpetuar su memoria en una suerte de hipermausoleo, o macrotúmulo donde los dolientes se reúnan a rezar o llorar, trabajen más bien en hacerlo en una suerte de parque de diversiones a construirse en 800 hectáreas situadas por los alrededores de Coche (más precisamente en La Rinconada), y en las cuales, desde estadios de béisbol, fútbol e hipódromos, hasta salas de cine, teatros y carpas de circo, pasando por pistas de patinaje, y gimnasios para esgrima, natación y artes marciales, harán las delicias de quienes se sientan animados a entender que, las revoluciones y sus ritos, deben estar más cerca de la ascensión de sus “héroes” a los cielos, que del descenso a las tumbas.

Pero lo que más me gusta del “Gran Parque Caracas Hugo Chávez” (que así se llamará, aunque ya los jodedores comienza a decirle “Chavezlandia), es que tendrá una terminal de pasajeros que centralizará todos los terminales de Caracas, y quien sabe si hasta helipuertos, y pistas de aterrizaje para avionetas y aeronaves privadas.

Pero quien dijo “terminales y aeropuertos” dijo centros comerciales, “duty free”, cafés, fuentes de soda, restaurantes, ferias gastronómicas, y con estos últimos, seguro que vendrán casinos, bingos, salas de juegos, maquinitas, bowling y cuanta diversión inventó el diablo capitalista para que los pobres del mundo se diviertan, pero no antes de quedar “esplumaos”.

Porque, -y esta es otra novedad que aportarán los creadores de “Chávezlandia”, perdón, del “Gran Parque Caracas Hugo Chávez”-, nada será gratis, ni barato, pues se tratará se reunir los fondos para registrar una gran franquicia que se extenderá por todo el país, y después por todo el continente, una franquicia “hecha en socialismo” y venezolana, chavista y revolucionaria.

Pero, no se crean, estamos en un mundo globalizado y la internacionalización está a flor de piel, y si los gringos y los europeos compran la idea, (“ellos que inventaron el capitalismo”) pues también tendrán su “Chávezlandia” y podrán reexportarla a donde les venga en gana.

“Chávezlandia contra Disneylandia y Disneyworld” se frotarían las manos Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez, “es parte de la ‘guerra asimétrica’, donde al enemigo se le acosa en todos los terrenos y no se le deja espacio ‘vacío’ para que repose o respire”.

Queda, por último, referirme a la programación cultural que es parte esencial de “Chávezlandia” (perdón, del “Gran Parque…”), como es la creación de un vasto complejo cultural donde artistas de todo el mundo (músicos, cineastas, poetas, dramaturgos, pintores, escultores) serán invitados a participar en concursos para elegir la mejor canción o sinfonía, elegía, drama, pintura o estatua) de esta legenda inmortal, Chávez, que no haría la revolución, ni salvaría a la humanidad, pero si inspiró a un grupo de socialistas boliburgueses a seguir dilapidando lo poco que queda de la renta petrolera, mientras la gente no consigue harina pan, arroz, leche, plátanos, ni aceite para comer.

“Mentiras” van a vociferar personajes como Cabello o Arreaza “vayan a “Chávezlandia” y ahí encontrarán lo último en materia de consumo, o si no los pasatiempos para olvidar que existe el hambre y el desabastecimiento”·

Ah, porque -se me olvidaba-, el proyecto, según Maduro cuesta 43 millones de dólares, aunque economistas independientes, y mejor informados, dicen que la cifra es otro de sus ataques de dislexia y más bien quiso decir “433 millones de dólares”; y lo realizará nada más y nada de menos que Richard Roger, arquitecto inglés ganador del “Premio Pritzker” (equivalente al Nóbel de Arquitectura), famoso por los diseños de la “Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas” en Madrid, el edificio de la Asamblea Nacional de Gales, y las nuevas torres del “World Trade Centre” que ya se construyen en Nueva York y es considerado como pionero del empleo de la “high tech” en Arquitectura.

Detalle que llevó a comentar a la arquitecto (¿arquitecta?, que feo suena ¿verdad?), María Isabel Peña, directora del Instituto de Urbanismo de la UCV: “Si hay tantos profesionales buenos en el país, ¿por qué se desechan? No hubo un proceso de licitación, ni de concurso. Un proyecto con la calidad de los de Rogers, implicaría que tendríamos que importar hasta el último tornillo. Sería una cosa faraónica y no sé si el país en este momento lo justifica”.

Pero nada extraño en una revolución que prefiere lo extranjero a lo nacional, lo importado a lo producido en el país y que seguramente empleará a glorias de la Arquitectura nacional y mundial como Fruto Vivas, Juan Pedro Posani, Jorge Castillo, Leopoldo Provenzali y Federico Villanueva como “recogelatas” de Richard Roger.

Igual sucede con grandes constructoras de origen, capital y personal venezolanos, de consorcios que durante décadas fueron los responsables de que tuviéramos las mejores represas, autopistas y urbanizaciones del mundo, pero que se desechan por empresas piratas rusas, bielorrusas, iranies y chinas.

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