Opinión Nacional

Ciencia, fragilidad y chicharrón

Como si fuera poco el estado de autoencarcelamiento que en sutiles dosis nos hemos impuesto los venezolanos por el avance de la delincuencia callejera e institucional en el torrente sanguíneo de nuestra sociedad, y las referencias a una crisis financiera global, excusa conveniente de la irresponsabilidad de gerentes públicos derrochadores para justificar la onda actual de recortes presupuestarios, afrontamos ahora a la macabramente famosa influenza porcina. Si lo prefiere, puede Ud. llamarla por las siglas conocidas, para darle un efecto más inasible y alfanuméricamente gélido y aterrador: el virus H1N1.

Se hace patente, a estas alturas, aquella “sociedad del riesgo” como trataba años atrás Ulrick Beck de calificar, en pleno avance de la dinámica globalizadora, a las amenazas y peligros que enfrenta el mundo, más allá de las bondades y posibilidades que dicha globalización puede ofrecer. Al aumento de las brechas sociales, económicas y científicas, el terrorismo, el narcotráfico, el calentamiento global y el abuso sobre el ecosistema terrestre, se suman ahora novedosas afecciones que pueden mutar, cambiar su configuración genética, hacer papilla sistemas inmunológicos humanos y causar miles de muertes como la influenza H1N1. Por otra parte, hablamos no sólo de amenazas biológicas o sanitarias como la referida, además del sida u otras virulentas afecciones. Entran en la lista virus informáticos, o virus financieros que tienen potenciales similares para destruir la salud humana y social, la estabilidad económica, o el resguardo de la información pública o privada, datos bancarios o estratégicos oficiales, cuya captura ilegal puede igualmente amenazar muchas vidas.

Autoridades sanitarias de aquí y allá, científicos e investigadores han afirmado que existe, hoy, el conocimiento científico para hallar una vacuna y hacer frente a la amenaza pandémica. No faltará el supersticioso o fanático creyente que vea en esto una advertencia apocalíptica del cielo, o un castigo por nuestros pecados.

En todo caso, se imagina uno, desde una cotidianidad venezolana con otras urgencias, ante el patético espectáculo de autoridades electas que son juzgadas y sentenciadas sumariamente, o perseguidas y recibidas con la dulzura de una bomba lacrimógena por la institucionalidad oficial, que al menos en los laboratorios, centros de investigación y unidades de alta experticia médica y tecnológica de la comunidad científica mundial, auspiciadas por la OMS, podrá desarrollarse la ansiada vacuna. En otras latitudes, como la nuestra, la sombra de la pandemia nos puede encontrar desprevenidos e imbuidos en la fragilidad del caótico drama hospitalario, y en la alegre ignorancia de quien no sabe o no le interesa lo que ocurre más allá de su nariz.

He allí nuestra fragilidad, o mejor dicho, nuestras múltiples fragilidades: fragilidad anímica, inercial, abúlica; fragilidad económica, como cadáveres insepultos del carro inflacionario que maneja sin licencia y ebrio de revolución el Poder Ejecutivo; fragilidad institucional (vivimos una gran “simulación institucional”, Tulio Hernández dixit); fragilidad de propiedades y empresas privadas expropiadas con la facilidad de un estornudo; fragilidad científica, gracias a un gobierno que recorta el ya recortado presupuesto universitario, sepultando la investigación científica y a la academia; fragilidad hogareña, callejera y cotidiana, ante el malandraje de toda ralea; fragilidad de la pobreza y la precariedad, y de quien sin alimento en el estómago, sin agua en su rancho, y sin porvenir claro, quizá no tiene tiempo, ni noción, ni interés por enterarse de la gripe porcina, del H1N1, o lo que sea.

El humor se hace presente, como antídoto genial, para mitigar el impacto de esta amenaza dolorosa e invisible. Esa facilidad para reírnos de nosotros mismos, y burlarnos del infortunio, es un rasgo casi genético de la cultura nacional, que perdida hace rato la capacidad de asombro, suele generar un oscuro y ácido humor negro. Y la influenza porcina, no ha escapado al ambiente vacilatorio. De algún lugar, dedo ocioso o creatividad maquiavélica y jocosa, llegó lo siguiente. Ya se inventó una prueba super rápida y efectiva para saber si Ud. es víctima de este mal silencioso, y aun no lo sabe. El test es muy sencillo. Introduzca su dedo meñique derecho (o izquierdo, si es zurdo(a)) en sus fosas nasales. Extraiga lentamente toda aquella materia mucosa que pudiera encontrar en ellas. Cierre los ojos, y llévese a la boca el dedo en cuestión, y lo que hay en él. Pruébelo y mastíquelo. Amigo. Amiga. Si aquello le sabe a chicharrón, Ud. ya se jod…
A su orden.

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