Opinión Nacional

Civilización o barbarie

El presidente El argentino Domingo Faustino
Sarmiento (1811-1888), sostuvo que las repúblicas conquistadas y colonizadas por exploradores, refugiados religiosos y aventureros de Europa, iban a desarrollarse en el nuevo mundo en una larga pugna entre civilización y barbarie.

Y así ha ocurrido en naciones grandes, como Estados Unidos, México o Brasil, hasta los espacios más pequeños, como Paraguay o la isla de Barbados.

Dicho conflicto es inexorable parte de la Historia. Y no ha terminado, como ocurre hoy en Bolivia, ahora bajo la presidencia del primer indígena de raza originaria americana que llega a esa posición, un sector moderno y progresista de la población de 8 millones está acosado por un gobierno que tiende al poder dictatorial con el argumento de una supuesta «revolución bolivariana» predicada desde Venezuela y con argumentos indigenistas primitivos, como la ‘justicia comunitaria»y otras taras, como la masticación de la coca, que ha sido ancestral instrumento de dominación en los imperios precolombinos. Todo esto conllevó al embrutecimiento de los que caían en el vicio de la masticación de la hoja de coca

El choque de la colonización se planteó en un escenario, donde ya existieron conquistadores y conquistados, como los aztecas sobre los toltecas en lo que hoy es México y los quechuas del imperio incaico sobre todos los pueblos que florecieron en las estribaciones del macizo andino y mas allá; otras sociedades florecieron y desaparecieron misteriosamente, como los mayas, en el sur de México y parte de Centroamérica, o los indios «pueblo», en el sudoeste de EE.UU.; los chibchas de Colombia, subsistieron aislados en su riqueza-explotaban el oro-, y resistieron los intentos conquistadores de los incas, establecidos en Ecuador.

En general, todas las etnias o tribus, tenían características comunes de atraso; No conocían la rueda ni la pólvora. Tampoco habían domesticado al caballo para uso militar, salvo ciertas tribus de las planicies norteamericanas, que domesticaron cierto tipo de caballos traídos de Asia por primitivos migrantes nómades que cruzaron el estrecho de Bering.

Con todas estas desventajas, las poblaciones originarias fueron derrotadas, dominadas y luego colonizadas por los europeos. Y esa colonización implicó el desarrollo en nuevas técnicas de civilización que iban desde la forja de metales hasta la incorporación de formas de comunicación entre humanos como las lenguas que trajeron los conquistadores, principalmente el castellano, que obedecía a un criterio mucho mas universal que los dialectos nativos, carentes de escritura organizada e imperecedera y, por tanto, de literatura. A partir de estas innovaciones comenzó la civilización de poblaciones que, salvo ciertas características antropológicas eran en general pueblos bárbaros.

La civilización implicó una limpieza étnica, cruel y sangrienta, del Canadá a la Patagonia. La catequización religiosa se hizo más con la espada que con la cruz. Existen más leyendas negras que serenos y objetivos estudios históricos. Mas allá de testimonios como el del fraile Bartolomé de las casas , este choque está mejor descrito en obras que son parte importante de la literatura universal Como los relatos de James Fenimore Cooper (El último de los Mohicanos) ; de la gesta en el sur de Chile en La Araucanía, de Alonso de Ercilla; la excelente recopilación de Vargas Llosa en La Guerra del fin del mundo, en el Nordeste del Brasil; por supuesto, el Martín Fierro de José Hernández;’Una excursión a los indios ranqueles» del general argentino Lucio Mansilla.

Así en Bolivia, pensadores fundamentales como el conservador y más literario Alcides Arguedas o el fogoso revolucionario Zabaleta Mercado, o el telúrico Fernando Diez de Medina o el historiador Jorge Siles Salinas han señalado con acierto la existencia de la eterna dicotomía entre civilización y barbarie.

Lo paradójico y a la vez patético es que, ya entrado el siglo veintiuno, existen claras muestras de la proyección trágica de ese contraste. Alentados por políticos demagógicos y falsas concepciones revolucionarias.

Se plantea, entonces, para el electorado boliviano, una disyuntiva o continuar, en esta dinámica era global, de revolución cibernética y digital, seguir con una democracia, moderna, multirracial, multicultural, unida en la diversidad, o arriesgarse en una aventura manipulada demagógicamente desde el exterior, que puede retroceder a Bolivia hasta un folclórico barbarismo.

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