Opinión Nacional

Colaboración o complicidad

En ocasión anterior tratamos el tema de la lealtad y la incondicionalidad (esta expresión no aparece en el diccionario). Hoy quisiéramos abordar uno que está íntimamente ligado al anterior cual es el de la colaboración o de la complicidad.

Como en el primer caso, las relaciones de colaboración se establecen, primordialmente, entre gobernantes y colaboradores inmediatos, entre dirigentes y subalternos o entre jefes y empleados. También las encontramos en las relaciones de amistad cuando en ellas se trata de desarrollar proyectos comunes.

La colaboración entre miembros de un proyecto es no solo deseable sino que la pensamos imprescindible.

La colaboración, regida por la lealtad, es garantía de que se llegará a buenos resultados.

Un gobernante que no logra la colaboración cierta y honesta de sus funcionarios inmediatos está irremediablemente condenado al fracaso.

Un dirigente que desdeña la colaboración franca de sus subalternos estará nadando en aguas turbias y turbulentas pues detrás de cada coyuntura encontrará un escollo.

Un jefe que no desarrolla las mejores condiciones de colaboración con sus empleados solo tendrá a su servicio a personas pendientes del salario y del horario. Por decir lo menos.

Pero existen, para el pesar del conjunto, personas que desarrollan con sus pares o con sus dependientes, relaciones de complicidad que son capaces de satisfacer situaciones puntuales y transitorias. Más a la larga estaremos en presencia de relaciones viciadas y que tienen precios muy bajos. Llegan al extremo de despreciables.

Una relación es fructífera cuando en ella se toma en cuenta en primer lugar al conjunto y después de satisfechos los extremos de esa dependencia, se toman en consideración otro tipo de relaciones sin que estas menoscaben a las anteriores.

Esto conduce a analizar la importancia de las instituciones, cuestión muy demeritada en estos tiempos, en nuestro país.

Si un conjunto social, político o económico, se gobierna o se maneja al margen de los intereses fundamentales de la institución o de las instituciones que lo componen, estaremos en presencia de una sociedad viciada y con muy pocas probabilidades de éxito.

Las agresiones a las instituciones solo conducen a la destrucción del conjunto, llámese este: país, pueblo, sociedad o familia.

Todo dirigente debe estar atento a contar entre sus colaboradores a personas que respeten las reglas de la honestidad y de la lealtad.

Pobres de aquellas personas que se embarcan en actividades de complicidad, contubernio y connivencia.

Estas, se enmarcan dentro de las más seguras características tanto del fracaso propio como del de la sociedad donde suceden.

Las sociedades exitosas y los dirigentes que logran el respeto de sus pares y de sus dirigidos son aquellas que anteponen los dictados de la ley, de las buenas costumbres, del respeto al derecho ajeno y de la equidad para todos los miembros de la sociedad.

Entendemos que estamos plagados de situaciones donde las características aquí enunciadas, brillan por su ausencia. Ojalá veamos, a corto plazo, cambios importantes en estos valores, de lo contrario estaremos, con toda seguridad, transitando el camino de nuestra propia destrucción.

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