Opinión Nacional

Colapso económico y cambio político

La Cátedra Pío Tamayo pregunta: ¿Un profundo colapso económico producirá irremisiblemente un nuevo poder político? Y la respuesta es: No, no necesariamente; aún a riesgo de parecer irreverentes, dada la raigambre de pensamiento marxista que todavía predomina en ciertos ámbitos de la UCV.

Según el marxismo ortodoxo, la economía tiene un carácter determinante del poder político, incluso el Estado aparecería como un epifenómeno de potencias económicas en contradicción: fuerzas productivas y relaciones de producción.

No obstante, hoy en día hasta los marxistas están dispuestos a admitir cierta “autonomía relativa” de la política respecto de la economía y en el caso de Venezuela, se reconoce que históricamente la política ha predominado sobre la economía, al punto que cada gobierno ha tenido el modelo de desarrollo económico que mejor le ha parecido. Que lo hayan logrado o no, es cuestión de analizarlo en otro contexto, pero todos han tenido su “modelo económico”, incluyendo los sectores sociales que le acompañan y le dan concreción.

Los grupos sociales y su actividad económica han crecido como hongos a la sombra del gran árbol del Estado, en buena medida parasitándolo y gozando de su paternal protección, mantenidos todos por la única actividad económica real que se ha desarrollado en este país en el siglo XX, el maná petrolero.

De manera que la discusión se centra en torno a la política y ésta por supuesto gira alrededor del Estado, que es el ámbito donde convergen los hilos del poder político o económico que, para estos efectos, viene a ser lo mismo.

Dejando a un lado la división formal del poder público en Ejecutivo, Legislativo, Judicial, al que ahora se añade el llamado poder Electoral y mal llamado poder “moral”, que son meros camuflajes de los militares para pasar desapercibidos; lo cierto es que el poder del Estado se asienta tradicionalmente en tres patas: las FFAA, la policía y la burocracia.

En Venezuela, también tradicionalmente, se agregan otros actores, sea como mediadores o correas de transmisión, según se vean, que son: los partidos políticos, sindicatos, empresarios, Iglesia y medios de comunicación.

En este punto ya es inevitable darse cuenta que el régimen actual es una suerte de fotografía en negativo de lo que hemos llamado “tradicional”, al punto de que algunos investigadores como Baldomero Vásquez y Elie Habaliane para caracterizarlo acuñaron la expresión “Estado paralelo”, financiado por PDVSA, vale decir, por la renta petrolera. Estado con presupuesto fuera de la Ley de Presupuesto en el FONDEN, ocupado de la salud con Barrio Adentro, de la educación con las Misiones, de distribución de alimentos con Mercal y Pdval; pero es inevitable ir mucho más lejos.

Las Milicias y los grupos paramilitares contra las FFAA; los parapoliciales, los motorizados de la “polibernal” y el hampa organizada contra la policía; el “poder popular” contra la burocracia.

Y más lejos aún: el Partido Único Socialista contra los partidos políticos; los que se han dado en llamar “sindicarios”, porque son auténticos pistoleros que resuelven las controversias laborales a balazos, contra los sindicatos; los llamados boliburgueses contra los grupos empresariales reales; los santeros contra la Iglesia, importando una práctica propia de la llamada revolución cubana, que consiste en disputar ese espacio ideológico que parece invencible en los pueblos latinoamericanos, abandonando en este punto el ateísmo comunista para poner en su lugar el culto de lo mágico-religioso.

Contra los medios de comunicación han surgido innumerables medios llamados “alternativos”, multitudes de emisoras comunitarias, innumerables panfletos impresos, televisoras oficiales, semioficiales y serviles, todos ellos combinados con el cierre sistemático de emisoras e impresos que pretendan reflejar la realidad con alguna objetividad o al menos un punto de vista no oficialista.

Como factores de poder es inevitable hacer referencia a las FFAA cubanas y al G2, cuya presencia en Venezuela no niega nadie, empezando por la misma dictadura castrista que mientras dio cifras, hace más de cinco años, admitía tener 30.000 hombres pie en tierra, entre médicos, asesores deportivos y otro personal de “ayuda”. ¿A qué numero montarán hoy las fuerzas de ocupación?
Otros factores armados son las FARC colombianas, el FSLN nicaragüense, el FMLN salvadoreño, que tienen su réplica en el FBLN venezolano; sin dejar de lado grupos locales como los tupamaros, el UPV, los llamados colectivos, de los que el insigne colectivo La Piedrita no es el único ni el mejor armado, pero sí el más dado al narcisismo, al contrario de las facciones de Hezbolá y Hamas que operan subrepticiamente desde Margarita a la Sierra de Perijá.

En el ámbito internacional destacan el Foro de Sao Paulo y lo que a propósito hay que llamar la “izquierda imbécil” norteamericana y europea que proclaman al unísono el auto odio y el antiamericanismo, respectivamente, por lo que practican la solidaridad automática con cualquiera, desde terroristas islámicos hasta despotismos asiáticos, con la única condición de que militen contra la globalización o mundialización, sin que les importe para nada que esos sujetos los maten a ellos de primero, si pudieran hacerlo y no los mantuvieran a raya los odiosos aparatos industriales militares de occidente.

Last but not least, hay que hacer referencia al modelo de dominación que se ha establecido en el país, acertadamente caracterizado como “totalitario”. Al revés de los modelos tradicionales, el totalitarismo no se limita a la conquista del Estado como “toma del poder”, sino que pretende extender su dominio sobre toda la sociedad, incluyendo por supuesto a la economía, cuyo control supone la destrucción del mercado como ámbito de intercambios libres y voluntarios, a favor de una economía dirigida, basada en cuotas y racionamientos. Asimismo, con la destrucción de la economía monetaria se pretende alcanzar el objetivo político de suprimir el “poder del dinero”.

La destrucción de la economía es consustancial al totalitarismo precisamente por tratarse de un poder que quiere verse libre de cualquier condicionamiento. En todas las experiencias históricas analizadas ha resultado proverbial su anti economicismo, que sólo es un aspecto más de su irracionalidad general.

El dominio cultural se pretende alcanzar con un muy mal entendido concepto de “hegemonía”. Porque ciertamente, los teóricos serios del totalitarismo (que los hubo) pretendían una superioridad cultural verdadera y una aristocracia realmente superior. No pretendían ganar una discusión callando a los demás, ser el mejor escritor quemando los libros ajenos o cerrar un trato barrajando un revólver sobre la mesa. Esto es chapucería militarista, pero no hegemonía.

Cuando en Venezuela se habla, también impropiamente, de hegemonía adeca, no es porque hubiera millones de poetas mejores, pero los adecos impusieron a Andrés Eloy Blanco; tampoco que hubiera miles de novelistas, pero ellos encumbraron a Rómulo Gallegos y así sucesivamente. La cosa no es así: Los adecos realmente reunieron lo mejor de la intelectualidad venezolana alrededor de su proyecto político, por cierto, también denominado revolucionario, de izquierda, socialista y democrático.

Al contrario, no hay poder en el mundo que pueda convertir en poetas a sujetos de la calaña de Isaías Rodríguez o Tarek William Saab; como es notorio que le regalen a Barak Obama una novela de Eduardo Galeano (que es uruguayo) y no una de Luis Britto García, supuesto intelectual de la revolución, pero cuyos libros, pese a estar correctamente dedicados a su comandante en jefe, Fidel Castro, no merecen tal reconocimiento.

Del mismo modo, nada lograría el régimen asfixiando a los colegios privados y a las universidades autónomas, sino tiene una propuesta educativa superior, que esté al nivel del desarrollo científico y tecnológico mundial; porque en ese caso estaría condenando al país al atraso y a la dependencia del conocimiento que se seguiría produciendo en el exterior, pero no tendría ninguna hegemonía.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión: este régimen que se dice súper patriota en la realidad se revela como profundamente antinacional. La destrucción del aparato productivo interno, favoreciendo la importación de todo lo que se consume en el país, termina beneficiando a los productores extranjeros. La ruina de PDVSA beneficia no sólo a competidores desleales como Rusia e Irán, sino a los promotores de biocombustibles alternativos, como Brasil.

La destrucción de la convivencia política interna, mediante la instauración de un régimen militarista totalitario, se hace al servicio de ambiciones geopolíticas de la dinastía senil de los hermanos Castro.

Y la verdad sea dicha: la visión estratégica “bolivariana” tiene como piedra angular la destrucción de Venezuela como República independiente a favor de un proyecto transnacional que era el delirio de Bolívar: la Gran Colombia.

Todos los movimientos totalitarios que en el mundo han sido pretenden rebasar las fronteras de su propio territorio en aras de una revolución universal, que trasciende los límites del tiempo y del espacio.

Si se produce esa conflagración, se hace a costa del movimiento totalitario, del mismo modo que una vela da luz sólo cuando se consume. El pueblo es como una masa de cera, siempre dúctil y maleable, listo para volver a ser utilizado.

De resto, sólo queda humo y cenizas.

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