Opinión Nacional

¿Cómo debería ser el Gobierno de Venezuela?

Venezuela ya ha experimentado con la monarquía absoluta (en tiempos de la Colonia desde 1492 hasta 1821), con el caudillismo entre 1821 y 1946—porque hay que incluir a todos los gobiernos desde la finalización de la guerra de independencia, hasta la elección de Rómulo Gallegos el 14 de diciembre de 1947, con dictaduras militares—que fueron muchas, siendo las más destacadas la de Juan Vicente Gómez (1908-1935) y la de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958); con una variedad de testaferros y “caudillos necesarios”, entre quienes merecen mención, Antonio Guzmán Blanco, Isaías Medina Angarita y Eleazar López Contreras; y con partidarquías, que fueron todos los gobiernos adecos y copeyanos entre 1958 y 1999; [según el Dr. Michael Coppedge, si la democracia es el gobierno del pueblo; por el pueblo y para el pueblo; la partidarquía es el gobierno del pueblo, por los partidos y para los partidos); y ahora llevamos casi ocho años experimentando con algo que no es un gobierno definible por ningún patrón civilizado, y el término que más se le acerca es la “cleptoarquía”—“una monarquía despótica dedicada a trasladar los recursos desde el pueblo hacia los bolsillos de los cleptoarcas”.

Eso ha ocurrido en los más recientes 515 años, y los resultados se ven a la vista: es un caos—un “sálvese quien pueda”. Hay partes de Venezuela que permanecen en la edad de piedra (como los asentamientos Yanomami y Warao) y parches aquí y allá del siglo 21 (como los quirófanos de última generación de algunas clínicas y hospitales; y los vehículos privados de unos pocos adinerados—oficialistas y de la oposición—y los i-pods y televisores de pantalla plana de plasma en algunos hogares de clase media y alta).

Y todo el mundo “se hace el loco”: hablan hasta por los codos sobre una larga lista de pendejadas; y llaman a todas las Marías con que cuenta la comunidad internacional, “para que vengan a arreglar este despelote”, pero ninguno se dedica seriamente a diseñar cual debería ser nuestro futuro—aquí en Venezuela; diseñado por nuestras propias mentes y construido con nuestras propias manos. Hasta la iglesia católica romana que ha estado siempre entrometida indebidamente en la política, parece “haber tirado la toalla”.

En mi opinión existen modelos viejos y nuevos como la democracia tripoderosa de Rousseau y Montesquieu, que unidos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, sin duda podrían ser los pilares de un futuro gobierno venezolano; pero con poderes reales: los parlamentarios deben ser tan poderosos como el Primer Ministro (no un Presidente) que elijan entre ellos los parlamentarios electos por el voto directo y no-secreto, porque es el voto se su comunidad; y sus ministros—y cualquier otra designación de alto nivel, deben estar sujetos a los votos de censura de los parlamentarios; y los magistrados y jueces deben ser tan poderosos como el Primer Ministro y los parlamentarios—y especialmente liberados todos ellos de la “disciplina partidista”—si algún partido se siente defraudado por los jueces, parlamentarios o ministros de su partido que llegaron al poder, pues deberá esperar a las próximas elecciones para cambiarlo usando los votos de sus militantes y simpatizantes—y ni debe existir la reelección indefinida, ni los suplentes a cargos de elección popular, para que no sean los partidos quienes gobiernen tras bambalinas, sino realmente los electos.

La federación—o “descentralización administrativa”—se lograría facultando sólo a los gobernadores y alcaldes electos en los estados y municipios, para elegir por cada estado, a un par de senadores—sin suplentes—cuyo poder sería equilibrado por dos diputados–sin suplentes–electos por cada 100 mil habitantes en forma directa y secreta en todo el país. Las legislaturas estadales serían unicamerales y electas directamente por los votantes de cada municipio (dos diputados—sin suplentes por cada municipio). Cada estado debería tener una Corte Suprema Estatal, como tercera y definitiva instancia judicial, y la Corte Suprema Nacional sólo atendería casos que afecten a toda la nación—como la violación del algún derecho humano (en «cuarta instancia»)—y los pleitos entre estados; los pleitos entre municipios corresponderían a la Corte Suprema Estadal.

No debería haber “representación proporcional de minorías”, porque eso lo que hace es privilegiar a grupos por encima del resto de los venezolanos que gozan de los mismos derechos que esas “minorías”. La única minoría que sería reconocida es la que pierda las elecciones—Los candidatos no podrían ser electos si no logran el 50% más un voto de los votos válidos escrutados, realizándose segundas vueltas y / o nuevas elecciones, cuando esto no ocurra. Un proyecto como éste debe estar listo para cuando ocurra el inevitable colapso de la actual cleptoarquía.

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