Opinión Nacional

Comportamiento social del venezolano del siglo XXI

Los venezolanos del siglo XXI vivimos súper ocupados haciendo casi nada. Me explico: El tráfico, el alto costo de la vida y la inseguridad, son los tres platos del día que nos mantienen distanciados, incomunicados y auto secuestrados. En resumen, hacemos lo imposible girando en un mismo círculo o lloviendo sobre mojado para lograr lo que nos sea posible.

La aglomeración de personas en las calles deja la impresión de que el movimiento urbano es muy productivo, pero nada que ver. En los últimos quince años la población de 20 millones ascendió a 27. Ese contingente humano se moviliza y desplaza a diario empleando los mismos espacios y los mismos canales públicos que se construyeron cinco o seis décadas atrás, por no decir que durante todo el siglo pasado. En los dos últimos quinquenios se han inaugurado algunas arterias viales, pero el flujo de gente viaja por el túnel del tiempo y por el canal del embudo hacia el mismo torrente poblacional que atraviesa las grandes ciudades.

Pese a las lluvias constantes, a los intempestivos trabajos de mantenimiento de las obras públicas, y de los accidentes inesperados, la vida sigue su curso. La liquidez monetaria en menor escala y algunos servicios públicos gratuitos impulsan a mucha gente de a pie a salir a la calle e internarse en la selva de concreto y de hierros rodantes para contribuir con la congestión. Todos estos factores más el fantasma de la inflación que nos acecha minuto a minuto, nos envuelven en una neurótica atmósfera colectiva que nos eleva cual huracán a la categoría de seres insociables.

Las familias ya no se visitan ni los amigos se frecuentan porque tampoco se hacen esfuerzos por reservar espacios para el diálogo fructífero y la retroalimentación intelectual, aspectos que por cierto son parte integral de una vida real y abundante. Por otro lado, ese discurso pernicioso que hace mella en el espíritu social, expulsa a muchos de su hábitat tradicional. Para no parecer inamistosos nos engañamos recurriendo a los enlatados vía internet, al chateo y a los mensajes de textos que nos hacen creer que estamos en sintonía con el universo, cuando que en la realidad lo que estamos es cultivando una vida ficticia o virtual que en nada se corresponde con la plenitud del hombre creado por Dios.

Pedro el Grande, fundador del imperio Ruso, desde su palacio lleno de algunas de las más extraordinarias obras de arte del mundo, meditaba al amanecer y se preguntaba, cómo era posible que los hombres fueran tan simples que no se levantaran temprano para contemplar el amanecer, una de las escenas más gloriosas del universo. «Se deleitan – decía – mirando un lienzo, obra gratificante de un mortal, pero a la vez descuidan aquella pintada por la mano de la Deidad. Por mi parte – decía el Zar – voy a procurar que mi vida sea lo más larga posible. Voy a dormir lo menos que pueda…».

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