Opinión Nacional

Con el agua hasta el cuello

Sobre Venezuela llueve interminablemente. Corazones flotantes somos por estas pasajeras humedades a las que sigue una sequía implacable. Cada gota hoy es un río en minúscula multiplicado. El horizonte cambia de lugar y ahora es de vértigo vertical. Una cortina de agua adosada a un celofán cielo-gris cuando no arrecia, amaina pero no escampa sino para tomar respiro. Si así es la eternidad, te la regalo. Hasta desde la tierra que pisamos pareciera llover pues no es posible captar alguna pausa en el torrente que consienta afirmar que el agua viene desde arriba. Solamente el instinto animal nos hace suponer lo repetido. Desde todos los ángulos se nos viene abriendo una inquietud que no descansa. Biología aterrorizada que pregunta, que busca un escondite, respuestas y no las halla. Nadie responde. ¡San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol!

Las excesivas lluvias, como las de estos días, no perdonan a nadie. La naturaleza, entre otras bondades, suele ser asesina inocente pues no siente culpa ni pide permiso o perdón. Es el resultado de fuerzas que enfurecidas hacen ingrávido al humano que somos. En estas horas la naturaleza no respeta órdenes ni embalses. Fuera de sí aquél que pronunció  “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca” o la expropiamos que es lo más expedito, pronunciaría el Comandante Presidente Etcétera. La lluvia no come cuentos, se los traga sin oír y sigue su paso hasta que, inexplicablemente, deja de caer. No cree en clases sociales aunque a veces se diga que cuando el pobre lava, llueve. Frente a ella no hay ni buenos ni perversos, por eso supongo que el infierno es de hielo sobre el cual se desparrama un aguacero implacable.

 

Hoy hasta el terror ha cambiado de sitio y por las calles flota un país a la deriva dominado por la imprevisión de la que debió sacarnos la experiencia vivida hace once años cuando no más comenzaba este mismísimo gobierno. Lluvias como éstas, tan poco románticas ellas, enseñan las raíces tan frágiles que tenemos todos y cada uno, social e individualmente, para sostenernos a la vida. Y a todas estas, ¿el gobierno, el petróleo, los reales, el satélite, las vainas? “No me jodas que aquí todo anda en pelota, hasta los aguinaldos que los dan en cómodas cuotas como si el Niño Jesús también fuera producto de expropiación. Las lluvias, hermano, ponen en evidencia lo mal que andamos. Son un examen de conciencia, una prueba implacable de lo que sobra y de lo que falta, que para empezar, es gobierno”.

A la vista queda la crisis tan profunda por la que chapaleamos. No hay respuestas, pues no hubo previsión. Ocupado en otros menesteres, ideológicos unos, regalones otros, electorales y de susto los más evidentes, el gobierno se ha dedicado infructuosamente a llenar un vacío político y moral que es el de atender a la seguridad ciudadana. Y la verdad es que más allá de albergues, refugios y centros de acopio, no hay estrategia, no hay gobierno.

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