Opinión Nacional

Con Valencia no te metas

La cobardía de un alcalde 

Ayer, atendiendo el llamado de algunos sectores de la sociedad civil valenciana acudí, como uno más, a la concentración frente al Acuario, orgullo de nuestra ciudad, para recoger firmas manifestando nuestro descontento por el negocio del alcalde con el Gobierno de Corea del Sur. No estábamos haciendo nada ilegal. Es más, lo que hacíamos era pacífico: un acto de recolección de firmas. Pero como todo lo que vaya en defensa del patrimonio público al alcalde le molesta, no tuvo mejor idea que la endemoniada ocurrencia de enviar autobuses con personas uniformadas de rojo rojito gritando las consabidas consigna de «no volverán», entre otras. 

En un primer momento arremetieron contra el presidente de la Fundación Amigos de la Tercera Edad, Raúl Goite, luego de disolver ese primer intento de recolección de firmas y haber destruido las planillas. Esas mismas turbas comenzaron de nuevo, esta vez trasladándose al sitio donde nos encontrábamos, porque seguimos recogiendo firmas. En esta ocasión, del otro lado de la avenida debajo de la pasarela. Estaba clara la orden del alcalde: «impidan a como dé lugar que los escuálidos critiquen mis acciones destructoras». 

¿Policías o malandros? 

Para alguien que no viva en este país, quizá le puede parecer imposible que los organismos de seguridad no protejan a nadie, y peor aún, se confundan con los matones que agreden y causan destrozos a las manifestaciones de los ciudadanos. Lo digo con propiedad. Ayer esos hombres cuyo deber es protegernos por igual a todos, permanecían impasibles ante las agresiones que padecíamos los manifestantes, entre los cuales estaban muchas damas y niños. Insistimos en lo criminal que es poner una fuerza policial armada a patrocinar actos de vandalismo. 

De qué vale una Constitución que en su artículo 55 establezca que: «Toda persona tiene derecho a la protección por parte del Estado a través de los órganos de seguridad ciudadana regulados por Ley, frente a situaciones que constituyan amenaza, vulnerabilidad o riesgo para la integridad física de las personas, sus propiedades, el disfrute de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes…». Pues bien, como dije antes, allí estaban los «policías» municipales aupando a los agresores. Representación fiel y exacta de la vergüenza municipal. No sabemos con qué cara verán esos policías el día de mañana a sus hijos, al saber que sus padres se uniformaron para fomentar las agresiones a civiles que ejercían sus derechos, y por otra parte, sabiendo también que la sociedad es constante víctima del hampa ante la falta de protección de una verdadera policía. 

Y Poli-Carabobo: ¿quietos por órdenes superiores? 

Mención especial debo hacer por lo que respecta a la Policía del Estado Carabobo, que no se presentó para proteger la seguridad ciudadana. Se les llamó; es más, aun sin habérseles llamado han debido estar allí. Pero en este caso tengo que decir que la prefecto de San José los llamó en mi presencia, y no se presentaron a resguardar nuestros derechos. Pregunto: ¿cobardía? ¿pacto del gobierno regional con el municipal? ¿o qué? 

No es la primera vez que Poli-Carabobo no cumple con sus labores. Sinceramente, en lo particular, también tengo muchas razones para desconfiar del estamento policial carabobeño. Con contadas excepciones de policías honestos y trabajadores, Poli-Carabobo también es un fiasco. Ha podido ocurrir una desgracia ayer en el Acuario. 

¿Quién termina perdiendo? 

Volviendo al tema de las agresiones de las cuales fuimos víctimas algunos de los que ayer protestamos en contra del «negocio» del burgomaestre sólo quiero repetir lo que horas después de lo sucedido escribí en mi cuenta Twitter: «Los golpes no duelen físicamente, hieren el alma. Siento lástima cuando veo esas huestes alimentadas por el alcalde capaces de asesinar». El dolor más que físico es espiritual. Y me pregunto: ¿qué tanto daño hemos hecho los venezolanos y especialmente los valencianos para merecernos esta desgracia? 

Es una extraña coincidencia que todo lo que cae en manos de los comunistas se trasforma en destrucción y ruina. Así como están hoy en día las calles de La Habana termina todo en manos de quienes actúan sólo movidos por el resentimiento y el odio, ese odio peligroso del que ayer me hablaba mi amigo y columnista Rafael García Marvez. No debemos dejar que nos infecte el alma. Tenemos que sobreponernos y espantar cualquier provocación de repeler las agresiones con otras agresiones. No creo en la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente, pues como dijo Mahatma Gandhi «Si aplicamos el ojo por ojo, pronto el mundo se quedará ciego». No tengo dudas. 

La plaga roja 

Hoy, las empresas expropiadas, las fincas invadidas por las turbas oficialistas, no son sino campos de miseria. Vean cómo está la Hacienda La Carolina, de Diego Arria, en completo estado de abandono. Así va a quedar nuestro Acuario de Valencia, que hasta ahora, como fundación privada municipal, era emblema de la ciudad, donde todos los fines de semana miles de personas humildes de Valencia y de otras regiones del país venían a pasar ratos de esparcimiento. Es el pueblo lamentablemente el que termina perdiendo y sufriendo los embates de la política inepta y corrupta. El mismo pueblo que irónicamente utilizan a cambio de ignominiosas bolsitas de comida que les dan en compensación, como vimos repartir ayer en el Acuario. Pero la verdad es que también ellos se vienen dando cuenta, y progresivamente han estado abandonando «el proyecto», como lo revelan los resultados electorales últimos.

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