Opinión Nacional

Contarnos o matarnos, ¿una nueva expresión maniquea ?

Para algunos insensatos la vida es binaria. O estás con Dios o estás con el Diablo. O dicho de otra manera o nos contamos o nos matamos. Esta forma de ver las cosas es lo que comúnmente se denomina maniqueísmo, sin que la mayoría de las personas sepa de donde proviene esa expresión. Su origen se remonta a una secta religiosa fundada por un persa llamado (%=Link(«http://www.mercaba.org/FICHAS/IGLESIA/HT/1-22_capitulo.htm»,»Manes»)%) (c. 215-275), considerado por sus seguidores como divinamente inspirado. Comenzando en el siglo tercero se extendió a través del oriente y en muchas partes del Imperio Romano.

Los maniqueos —a semejanza de los gnósticos y los mandeos— eran dualistas, creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el bien y el mal, que eran asociados a la luz (Ormuz) y a las tinieblas (Ahrimán). Según ellos, Dios es el creador de todo lo bueno y Satanás el creador de todo lo malo. Posteriormente algunos maniqueos distinguían el Dios del Antiguo Testamento (malo) del Dios del Nuevo Testamento (bueno).

Los Maniqueos creen que el espíritu del hombre es de Dios, pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la luz atrapada. Desprecian por eso la materia, incluso al cuerpo. Los «oyentes» aspiraban a reencarnarse como «elegidos».

Para ellos. Jesús era el Hijo de Dios, que había venido a la tierra a salvar su propia alma. Jesús, Buda y otras muchas figuras religiosas habían sido enviadas a la humanidad para ayudarla en su liberación espiritual.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos, porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio de Satanás sobre nuestra vida.

Dicho dualismo está condenado por la Iglesia Católica que reconoce un solo Dios Todopoderoso, el mismo del Antiguo y Nuevo Testamento y que ha vencido sobre todos los demonios y las fuerzas del mal. También fue condenado por el emperador Diocleciano en el año 297.

Pues bien, en pleno siglo XXI el Presidente Hugo Chávez, entre otros, cree a pie juntilla en esta visión del mundo, para él los que no están con el proceso revolucionario son ovejas descarriadas que hay que reconducir, así sea en contra de su voluntad , al rebaño de fieles creyentes en el bien, personificado ,por supuesto, por su visión del mundo. Por eso lo vemos a cada rato blandir el crucifijo como si fuese un arma para satanizar a sus oponentes.

Por esta razón, él no va a admitir nunca que la solución a la crisis por la que atraviesa el país se resuelve a través del voto. Por eso los que sueñan con un referéndum consultivo, con una enmienda o reforma de la constitución que permita recortar el período constitucional y proceder a elecciones anticipadas, o incluso escojan la vía de una convocatoria, mediante referéndum, a una Asamblea Nacional Constituyente, se encontrarán con el mismo muro de piedra que no aceptará que se use ese mecanismo de consulta popular para determinar la verdad. Si se está en la posesión de la verdad, cómo puede permitirse que venza el mal. Eso en una mente maniquea es absolutamente imposible. Si quieren evaluar un claro ejemplo de lo que ocurre cuando un maniqueo asume el poder , simplemente los invito a rememorar cuantas elecciones libres se han celebrado en Cuba desde que llegó Fidel Castro al poder hace más de cuarenta años. Ninguna, por supuesto, porque estas son innecesarias en una sociedad regida por el bienestar revolucionario. Lo mismo ocurrió en la Unión Soviética, en la República Popular China, en Corea del Norte, en el Chile de Pinochet, la Argentina de los generales, la Alemania Nacional Socialista, la España Franquista, el Portugal de Oliveira Salazar y la Italia de Mussolini.

Chávez, en realidad, para hacer justicia no se parece a ninguno de los ejemplos que hemos indicado anteriormente, él responde a una tradición del político iluminado, por demás muy común en los venezolanos del siglo XIX. Chávez tiene mucho en común con Castro, no Fidel sino Cipriano, quien arropándose en las banderas del liberalismo, el pensamiento político más avanzado de su época se convirtió al llegar al poder en un simple autócrata. Cipriano Castro era, como él, un gran ilusionista, construía frases impactantes aprendidas en el seminario de Pamplona, se consideraba también una reencarnación de Bolívar y admiraba a Zamora y a Simón Rodríguez. Por lo tanto el árbol de las tres raíces tiene larga tradición en el país. Castro como probablemente Chávez estuvo imbuido en su juventud por la lectura de (%=Link(«http://www.edulat.com/diversificado/castellano/5to/4.htm»,»Venezuela Heroica»)%) de Eduardo Blanco. Castro se consideró el restaurador de una nueva república y se enfrentó a todos los protagonistas del poder político y económico de su época. La diferencia con Chávez es que lo hizo de una manera mucho mas primitiva. En esa época no existía Le Monde Diplomatique, y no podía contar con respaldo allende los mares de personas tan disímiles como (%=Link(«http://analitica.com/cyberanalitica/icono/6781738.asp»,»Bové»)%)
, Fidel Castro, (%=Link(«http://www.rebelion.org/harnecker.htm»,»Marta Harnecker»)%)
y (%=Link(1867848,»Ceresole»)%). Castro manejaba un pobre país arruinado y endeudado, mientras que a Chávez le tocó dirigir a una nación, relativamente rica, pero empobrecida moral y políticamente. Para ambos el conflicto era su razón de ser. Solo podía haber una verdad y esa es la que ellos personificaban.

Castro, quien venía a su manera imbuido de ideales confusos, terminó exiliado y Venezuela sufrió luego la peor dictadura de su historia. Chávez, quien sabe como terminará, pero esperemos que en esta ocasión veamos el revés de la historia y que en vez de una temida y desastrosa dictadura, encontremos la senda de la paz, la convivencia y de un verdadero desarrollo democrático. Y que podamos para siempre enterrar la visión maniquea que distingue entre venezolanos buenos y venezolanos malos y sustituirla por una idea de país en el que todos quepamos, vale la pena soñar en que con esfuerzo e imaginación podremos jugar juntos el juego de construir a una Venezuela feliz.

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