Opinión Nacional

Contradicciones y conflictos de la mujer contemporánea

Trabajar como psicoterapeuta infantil me lleva necesariamente a conversar con madres y padres. Sin embargo es mucho más frecuente que sea la madre quien se ocupe y preocupe inicialmente por los hijos.

Es bien cierto que el estado de total dependencia en que se encuentra el niño al nacer hace que la relación con la madre sea determinante. Caracterizar esta relación de simbiótica es posible. La simbiosis es un tipo de relación entre dos seres donde existe un beneficio neto para ambos. Esta relación varía en intensidad y puede llegar a ser vital al punto de que ninguna de las partes pueda vivir sin la colaboración de la otra.(%=Image(9032719,»R»)%)

Cuando en la díada madre-hijo la madre se conecta con la necesidad del hijo, éste puede organizar poco a poco de manera efectiva la conciencia de ser. La presencia y constancia de la madre brindan al niño la confianza que necesita para vivir positivamente la separación.

Existe sin embargo la posibilidad de que la madre necesite mantener la unidad idílica con el hijo. La posición de estas mujeres en relación a los hijos hace de su figura una amenaza. Los intentos del hijo por dejar de ser «uno con la madre» trae consecuencias y en el peor de los casos, represalias. Se pueden llegar a consolidar cuadros verdaderamente patológicos cuando más, cuando menos, la vida aunque no se paraliza, se torna difícil. La integridad yoica del infante es amenazada, haciendo costoso el camino a la independencia y madurez. Son mujeres que como madres «necesitan que las necesiten», madres que no permiten la diferenciación llegando a extremos donde lo que está en juego es la vida misma.

Estas mujeres que una vez madres quieren pero no pueden criar a sus hijos en «sana paz» asisten a consulta y se quejan y lamentan de las dificultades de la crianza. A veces hay sufrimiento real y esto las humaniza ante el hijo y ante sí mismas, el sufrimiento abre las puertas al cambio. Son muchas las mujeres que asisten a mi consulta y me comentan que «ya no saben qué hacer con los hijos» que «tiran la toalla». Se reconocen incapaces pues la crianza no ha dado los frutos que ellas esperan. El reclamo al padre a veces está presente, a veces no, parece que de hecho se asume todavía la crianza como cosa de mujeres. He observado que cuando estas mujeres permiten que el padre intervenga en la crianza y educación de los hijos, aunque sea en eventos muy puntuales, la situación familiar y los niños mejoran.

Esta crisis en el ejercicio de la maternidad es actual. No sé exactamente a qué responde, no sé si deberíamos hablar más bien de crisis en la institución familiar. Lo que sí es cierto es que el sólo hecho de reconocer la dificultad, de reconocer el conflicto, permite actuar en consecuencia.

La mujer se ha dedicado desde hace varios años a la búsqueda de información sobre cómo criar a sus hijos. El mercado está abarrotado de libros escritos por especialistas. Uno de los más famosos La Enciclopedia para Padres del doctor Spock comienza con el apartado titulado: «Confíe en sí misma, usted sabe más de lo que supone», pero paradójicamente continúa con casi 500 páginas de información, consejos y recomendaciones. Entonces en qué quedamos. ¿Sabemos o no sabemos?
La duda sobre el hacer bien o mal en cuanto a las decisiones que hay que tomar con respecto a nuestros hijos no puede ser resuelta por el saber más. En los últimos años la sociedad nos propone el conocimiento y la preparación intelectual como respuesta a nuestras inquietudes de vida, y los resultados no han sido favorables.

Es necesario sentir más y quizás saber menos. Buscando el cómo hacer en los especialistas anulamos nuestra capacidad de respuesta a partir de lo que verdaderamente sentimos. Reconocer nuestro sentir es el primer paso para resolver los conflictos y contradicciones.

Decía San Ignacio de Loyola en las anotaciones de sus Ejercicios Espirituales, apartado 2: «No el mucho saber harta y satisface el ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente» La satisfacción del ánima, el alma satisfecha, confiere otro sentido al existir. Buscar el sentir en nuestros actos los humaniza y reconocer la necesidad del otro como expresión de nuestra propia humanidad puede transformar lo que hacemos por otros en actos de amor. La crianza así entendida es otra cosa.

Queda otro aspecto que quisiera tratar. Tiene que ver con la relación hombre-mujer. Las banderas y reivindicaciones feministas del siglo XX son expresión de una búsqueda por parte de la mujer. Demostrar la igualdad con el hombre parecía uno de los objetivos. Reconocerse independiente, demostrar un «yo también puedo», un «yo puedo sola», el cambio de roles con el hombre se presentaban como alternativas. La mujer se dedicó a sí misma desde una posición de autosuficiencia.

Hablo del siglo XX y recuerdo como en el año 1570, hace cuatro siglos, Santa Teresa de Jesús pedía a sus novicias en su libro Camino de Perfección dedicado a enseñar el arte del amor a Dios, evitar entre ellas el uso de frases como «vida mía», «mi alma», «mi bien» pues usar esas frases decía «es muy de mujeres y no quisiera yo hijas mías que lo fuerais en nada, ni que lo parecierais, sino varones fuertes, que si vosotras lo ponéis todo de vuestra parte, el Señor os hará tan varoniles que asombrareis a los hombres».

Me pregunto entonces, ¿por qué la mujer busca ser lo que no es? Y esta búsqueda, ¿adónde nos ha llevado? Creo que más bien nos ha traído a un punto, al momento de reflexión en el cual nos encontramos muchas mujeres en la actualidad. La relación hombre-mujer en términos feministas lleva a la mujer por un callejón sin salida. Esta relación según propone Afrodita es otra cosa. Cito aquí al doctor José Luis Vethencourt quien en el libro del Dr. Fernando Rísquez “Aproximación a la Feminidad” escribe: «Venus se halla conectada esencialmente con la oposición hombre-mujer, eso sí, desde un punto de vista muy singular porque ella liga los polos opuestos, los hace necesitarse mutuamente como fines en sí mismos», “Venus es la única diosa amiga de los hombres”
Creo que es importante el tener presente que existe una relación de necesidad, que esa necesidad promueva una dependencia o un abuso de poder es otra cosa, pero, en un principio, al igual que en la díada madre-hijo, el fundamento de la relación es la necesidad mutua. La dependencia surge cuando se paralizan las funciones del Yo que llevan a la autonomía. Hay entonces incapacidad de actuar, incapacidad de ver sus propios recursos, en fin, incapacidad de sentirse y ser autónomos.

Afrodita nos habla de polos opuestos, de conjunción de opuestos. No puede haber conjunción de iguales; es por esto que la lucha feminista por la igualdad no aporta armonía sino más bien una desintegración de la pareja. Quizás el devenir fuese otro si se buscara perfeccionar la diferenciación, lograr reconocerse como diferentes en esencia pero integrando una ecuación de miembros con igual valor. En esos términos los opuestos serían equivalentes en importancia a pesar de no ser iguales. Se trataría entonces de encontrarnos con nuestra propia esencia. Vale entonces hacernos la pregunta: ¿qué somos las mujeres?, ¿qué es lo femenino?.

Desde la perspectiva del hombre, enfrentar a la mujer puede ser tan difícil como entrar en un cuarto de espejos. La mujer es habitada por todas esas imágenes que refleja. Su realidad primera es múltiple e inevitable, me atrevería a decir que nos viene casi por naturaleza. La multiplicidad de lo femenino se hace concreto en cada mujer y se manifiesta en su variabilidad. El hombre frente al espejo es tal cual se ve. La mujer esconde en su interior lo femenino y confronta al hombre con el misterio. La oquedad, la condición de lo hueco, de la cavidad, es propiamente femenina. Decir oquedad no es lo mismo que decir vacío. El vacío es la nada, la oquedad nos remite a un espacio, a un recipiente.

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Lo oculto irrumpe mensualmente de nuestro interior y nos confronta con ese espacio interno que se vacía para prepararse inevitablemente mes a mes a cumplir con la función reproductora. Las mujeres padecemos el misterio de lo femenino. Esa oquedad interna nos permite movernos con más familiaridad ante la incertidumbre de lo que no se ve pero sabemos que existe.

De necesitar el hombre elementos que permitan juicio y criterios válidos en relación a la mujer que tienen en frente, éstos deben venir de la mujer misma. Nos toca el trabajo de reconocernos en las imágenes que proyectamos, nos toca el trabajo de ser centro en ese cuarto de espejos, un centro que representa el ser y que acerca nuestra realidad a nuestra imagen, nos toca reducir a su más mínima expresión la distancia entre el ser y la imagen pues a mayor distancia mayor confusión, mayor malestar.

El abordaje femenino de la interioridad puede ser enriquecedor en el conocimiento de nosotros mismos, conocer nuestras creencias y nuestras necesidades, sin olvidar que la relación con los hombres puede ser una relación de intercambio sin caer necesariamente en un juego de poder donde, como decía anteriormente hay una ecuación entre miembros diferentes pero de igual valor.

* Por ponsiderarlo de interés y de gran actualidad, presentamos el texto de la Conferencia de la Psicóloga M. Manrique, quien la presentó en las Jornadas de la Fundación C.G. Jung de Venezuela, abril 2000

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