Opinión Nacional

Correr es barato

Más de un articulista se somete a la veda con la mitad del corazón y se empeña en estrujarse los sesos tratando de producir un artículo que «acate pero no cumpla»; un artículo que resulte un guiño partisano al lector. Lo sé muy bien porque en el pasado, en otras elecciones, intenté hacerlo sin lograrlo.

Hoy he decidido cambiar de estrategia y ofrecer una bagatela que permita al lector ­ de quien presumo no es «ni-ni»–, poner la cabeza en otra parte luego de haber votado muy temprano por el mismo candidato por quien ya lo habré hecho yo. Por eso hoy voy a hablarles de otra cosa. De una de mis abominaciones: un tal Haruki Murakami, «novelista» muy en boga entre la gente sin criterio. La cosa viene así: Desde nuestros orígenes en la árida planicie surafricana, los humanos estamos acondicionados para la carrera.

Sin embargo, hay que acordarle al doctor Kenneth Cooper, entre otros, el haber contribuido grandemente, desde los años 70 del siglo pasado, a darle un cariz recreacional ­ ideológico, si lo piensa usted bien­ a lo que, en lo esencial, es un reflejo defensivo.

¿Cuántas actividades de tipo, digamos, atlético se avienen con la vida del escritor profesional mejor que el correr? Considérese que correr es barato y que lo escritores, salvo que se hallen ya en el rango de un Vargas Llosa o un Paolo Coelho, somos gente más bien pobretona: todo lo que se necesita es un buen par de zapatos ad hoc. Más tortuoso es el tema de cómo obra intelectualmente la carrera en el modo en que el escritor aborda su trabajo.

Sin embargo, es poco lo que, en plan ensayístico, con ánimo reflexivo, se ha escrito sobre el tema. No me refiero aquí a joyas narrativas como «La soledad del corredor de fondo», del británico Alan Sillitoe. En esa pieza maestra de la literatura del siglo XX, el protagonista es un joven corredor de fondo con sobrados motivos para «parar» y deliberadamente perder una carrera, pero el relato de Sillitoe nada nos dice sobre el efecto de las endorfinas liberadas por el ejercicio en la misteriosa neurofisiología de la invención literaria.

Más a propósito, creo, es el breve pero agudo ensayo que la estadounidense Joyce Carol Oates publicó en The New York Times, en 1999. Oates, como se sabe, es también autora de una imprescindible colección de ensayos sobre el boxeo. En la pieza entregada al diario neoyorquino, comparte su expriencia como corredora.

Y afirma que, durante la carrera, «una misteriosa florescencia del lenguaje late en el cerebro, acompasada con el ritno de los pies y el balanceo de los brazos. Se diría que el escritor-corredor atraviesa el paisaje­a menudo citadino­ de sus ficciones, como lo haría un fantasma en un escenario real». Ofrezco al lector ­ ya sea corredor-escritor o no­ este otro hallazgo de la Oates: «Al correr, el `espíritu’ parece invadir el cuerpo del mismo modo con que los músicos ejecutantes experimentan el fenómeno de la `memoria tisular’ en la yema de sus dedos: el escritor parece experimentar en sus pies, pulmones y en su pulso acelerado, una extensión de su yo imaginador».

El muy popular escribidor japonés de bestsellers Haruki Murakami afirma, por su parte, haber salido a correr todos los días durante los últimos ventitrés años.

Ciertamente, ha participado en al menos un maratón anual desde hace ya un buen tiempo. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr ­ cuyo título rinde homenaje al escritor estadounidense Raymond Carver, uno de sus favoritos y uno entre los muchos que el japonés ha traducido a su lengua natal­, intenta narrarnos su historia personal como escritor-corredor.

Propone para ello un paralelo entre entrenar para los maratones y la escritura de ficción.

Peter Terzian, un reseñista literario del Los Angeles Times, al comentar el texto de Murakami, señala atinadamente que correr [ en solitario], igual que escribir, no es cosa realmente competitiva: cada participante ostenta ante sí mismo su personal best: esa mejor marca que uno procura abatir íntimamente.

A diferencia de la Oates, Murakami no se sirve del espacio ni del tiempo de la carrera para pensar en la escritura. «En lo esencial, no pienso en nada cuando corro»­ escribe­ «y todo lo que hago es continuar corriendo dentro de mi propio, acogedor vacío casero».

Que no piensa en nada­ al menos no cuando trota en su vacío ­ se deja ver claramaente en esta colección de desabridas crónicas, escritas a trancas y barrancas por Murakami hace veinte o quince años para la prensa deportiva de su país. El débil aglutinante lo aporta su evocación de cómo se preparó para el maratón de Boston del 2005. Las sesiones de entrenamiento se nos ofrecen , eso sí, con deslumbrantes apotegmas de misticismo oriental , tales como : » Nunca salgo a montar bicicleta sin llevar una botella de agua. Así, mientras pedaleo, tomo la botella de su receptáculo en el bastidor y trago un poco de agua. Luego pongo de nuevo la botella en su lugar». ¡Vaya! ¡Nunca sale sin su botellita de agua! ¡Y no deja de ponerla en su lugar después de cada sorbo! La palabra «aceptar» recurre en decenas de párrafos, casi todos ellos referidos al declinar de la forma física al paso de la edad. Murakami pretende darle a esa constatación el rango de un sentimiento moral que llama runner’s blues: sabiduría ­¿de nuevo oriental?­ del corredor que envejece. Murakami ­ es sabido­ propala una idiosincrásica vertiente del Zen que suministra «koanes»sobre la mengua física tan bonzos como este: «Así es la vida: tal vez lo mejor que podemos hacer es aceptarlo». Y, en otra parte: «No importa cuán viejo me haga: siempre descubriré algo nuevo acerca de mí mismo».

No importa cuánto dure su libro en las listas de mejor vendidos, digo yo, es seguro que no mejorará con el tiempo.

Y lo mejor que Murakami y sus admiradores pueden hacer es aceptarlo.

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