Opinión Nacional

Corrupción, politiquería y violencia

Alvaro Uribe, el nuevo presidente colombiano, expresó con mucha claridad que su lucha contra estas tres plagas sería el norte de su política. La revolución de la que habló fue la de la educación, para que esta sirva a la causa de la equidad social fundamentada en la igualdad de oportunidades. Hizo un llamado a los jóvenes, para que se convirtieran en veedores de los compromisos adquiridos con el pueblo y pidió a los trabajadores y empresarios que lo ayudaran a derrotar el flagelo del desempleo. Mostró disposición a escuchar las voces críticas y aceptar sugerencias para erradicar los males que acechan a la patria. Ratificó su voluntad de no cerrar el camino a los violentos para que se inserten en la convivencia democrática y en el respeto a los derechos ajenos. Estos lineamientos de acción política conforman el programa que el presidente electo ofreció al pueblo.

Cuán diferente es lo que ocurre del lado de acá de la frontera. Nuestro presidente no ha sido capaz de mostrarnos voluntad para combatir la corrupción y en consecuencia la malversación y el peculado de los dineros públicos ha alcanzado niveles escandalosos. La politiquería ha tocado todos los poderes públicos y tanto el presidente como ministros, magistrados y funcionarios no ocultan su militancia en flagrante violación de principios constitucionales. Desde los inicios de su período el presidente se ha dedicado al proselitismo político olvidando su sagrada responsabilidad con la Nación. El discurso presidencial no ha estado dirigido al pueblo sino a sus partidarios. Con dineros públicos se organizan grupos y se realizan actos y concentraciones políticas, al tiempo que se pretende silenciar las opiniones contrarias, se discrimina a trabajadores y empresarios, se amenaza a las universidades y se siembra el odio contra el que no comparta la ideología oficial.

Funcionarios que deben actuar como servidores, lo hacen como gendarmes, y amenazan con la guerra civil sino se accede a sus designios. Otros, con evidente desprecio hacia su investidura y hacia quienes adversamos su proyecto, nos conmina a abandonar el país, como si la República fuera su coto privado.

A los males enraizados: corrupción, politiquería y violencia se unen la mentira y la manipulación. Se ha pretendido echar un manto a la masacre del 11A para que los autores intelectuales y los verdugos queden libres de castigo.

Los venezolanos hubiéramos querido que el llamado a diálogo hubiese sido sincero y que se hubiese modificado la manera de gobernar. Sin embargo vemos con rabia como se continúa violando el estado de derecho y germina un autoritarismo asfixiante. ¡Que sana envidia nos dan nuestros hermanos colombianos, por su nuevo presidente!

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