Opinión Nacional

Costo político de la injerencia cubana

En un tsunami político de impredecibles consecuencias se ha convertido la divulgación de una conversación telefónica entre el reconocido chavista-madurista Mario Silva y el alto oficial del servicio de inteligencia castrista (G2) Aramis Palacios.

Dicha grabación pone de manifiesto un fenómeno bochornoso e inquietante, a saber: el castrismo y su G2 constituyen en la actualidad el verdadero poder en el Palacio de Miraflores. En efecto, el hecho de que un chavista de primer plano, como es Mario Silva, considere útil y natural explayarse con el jefe de la contrainteligencia cubana, soplándole detalles de la corrupción y las maquinaciones que a su entender proliferan en las esferas del poder en Venezuela, esperando que los Castro intervengan, es la mejor prueba de que el centro del poder de la patria de Bolívar no se encuentra en Caracas sino en La Habana.

La influencia que Cuba ejerce en Miraflores no dejará de tener un impacto mayúsculo dentro del chavismo, así como en las diversas tendencias que dentro de ese movimiento se disputan el poder.

La tarea esencial que La Habana espera del impugnado presidente es mantener el suministro de petróleo a la isla roja en términos ultrapreferenciales. Para el régimen castrista, cuyos atavismos ideológicos han destruido la economía cubana, el abastecimiento de petróleo venezolano es cuestión de vida o muerte. Dada la edad de los hermanos Castro y la decepción popular que periodistas y observadores independientes detectan en Cuba, el régimen castrista no podrá imponer un nuevo «período especial», esto es, no podrá obligar a los cubanos a aceptar una vez más las vicisitudes que atravesaron en la década de los 90, cuando se cerró el grifo de la ayuda otorgada por la Unión Soviética a cambio de la sumisión del castrismo a los dictados de Moscú.

Con tal de complacer y llenar a cabalidad las expectativas del gobierno cubano, Maduro ha demostrado ser capaz de cualquier cosa –reduciendo la ayuda de Petrocaribe a otros países de la región, sometiendo a los venezolanos a una inflación galopante, a colas de desabastecimiento, a devaluaciones a repetición, y exigiendo el pago de las viviendas que Chávez distribuyó – para así poder continuar enviándoles a los hermanos Castro un petróleo casi regalado.

Para ayudar a Maduro en esa tarea primordial, La Habana perseguirá dos objetivos capitales en Venezuela. Uno es político: evitar que se desmorone el gobierno del impugnado presidente, brindándole asesoramiento y la pericia del G2 para tratar de suprimir lo que aún queda de libertad de expresión y oposición. El otro es económico: La Habana necesita que la economía venezolana genere suficientes recursos para que el regalo de petróleo a Cuba pueda proseguir sin disminución.

En cuanto al objetivo político, la toma de Globovisión, el arbitrario acoso jurídico a la oposición, las presiones que ejerce Maduro sobre los medios de comunicación, exigiéndoles ser vehículos de «paz», «unidad» o «amor» (una forma de insinuarles que deben maquillar la dura realidad de la vida cotidiana de los venezolanos y los antagonismos creados por 14 años de chavismo), son claras manifestaciones de la política represiva del régimen castrista-madurista con el fin de coartar la libertad de expresión y acallar la disidencia.

Durante esta etapa, a La Habana le conviene evitar que el gobierno venezolano abra un segundo frente tratando de erradicar los focos autónomos poco asociados al régimen castrista que aún existen dentro del chavismo. Esa tarea puede esperar.

Esto le permite al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, mantener su esfera de poder y al régimen castrista ayudar a amordazar la libertad de expresión y reprimir las manifestaciones de descontento popular.

El problema es que, por razones financieras, el régimen cubano podría no tener interés en que se perpetúen los focos autónomos dentro del chavismo.

En efecto, la economía venezolana, devastada por 14 años de «socialismo del siglo XXI» inepto y despilfarrador, no está generando recursos suficientes para amamantar varios polos de poder a la vez. Uno de esos polos es la tentacular red de favoritismos descrita por Mario Silva. Otro polo es el régimen castrista, que se queda con una parte exorbitante de lo que Venezuela «paga» por los 30 o 40 mil agentes que dicho régimen ha infiltrado en las instituciones públicas civiles y militares del país.

Ante las limitaciones económicas, una lucha abierta entre polos rivales es tan solo cuestión de tiempo.

Y cuando llegue la hora de la confrontación, el G2 dispondrá de la experiencia, la pericia y los instrumentos necesarios para deshacerse políticamente de aquellos cuyas actividades puedan ir en detrimento del suministro de petróleo al régimen cubano.

En ese peligroso y fatídico momento, los focos del chavismo que no se sienten cómodos con la injerencia cubana lamentarán profundamente haberse equivocado de blanco, agrediendo a la oposición, como lo hacen actualmente, con una virulencia rayana en lo salvaje.

 

 

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