Opinión Nacional

¿Cuaja una nueva generación política?

Galopando las actuales circunstancias, reaparecen la esperanza y el entusiasmo generacionales. A falta de proyectos políticos alternos que concedan densidad ideológica y coherencia organizacional a una oposición afortunadamente plural, insurge cívicamente la juventud estudiantil para evidenciar otros fracasos, evadir otros éxitos e, incluso, confirmarse frente a quienes nos estafan presentándose como el más reciente e inspirado relevo político.

El atisbo o la aparición de nuevas generaciones concretamente políticas, ha sido una constante invocación en nuestra trama republicana. Bastándose a sí misma, la edad es la más (tele) visible evidencia de una deseada y celebrada suplantación que, frecuentemente, no cuestiona la consistencia generacional y, menos, se plantea como un método de investigación histórica.

De acuerdo a los más conocidos autores de la tesis, la novedad generacional se explica a través de un previsible cuerpo social que cuenta con una masa y una minoría selecta, irradiada en diferentes ámbitos como el arte, las ciencias, la religión, la industria y, obviamente, la política. La explican un conjunto mínimo de condiciones y requisitos que la autorizan para entrar en la escena –siendo necesario subrayarlo- histórica, testimoniado a través de la polémica, el acontecimiento, la zona de fechas, la caracterización y las herramientas.

Pureza y pereza del enfoque generacional

De un lado, ortodoxamente suelen distinguirse algunos rasgos fundamentales de la tesis, pues ha de ser: polémica, respondiendo con su peculiar sensibilidad vital a una época en crisis, la cual demanda un espíritu acorde a los tiempos emergentes; acontecimental, afrontando abiertamente los eventos que la desafían y –simultáneamente- la protocolizan; histórica, ubicada en una zona de fechas que no se reduce al simple dato cronológico; progresiva, al cumplir una secuencia formativa que tiende a deslindar cada vez más a los contemporáneos de los coetáneos; responsable , concebida como cumulativa, rupturista y delincuente; e instrumental, según las modalidades estructurales y organizativas que emplee.

En efecto, no se entiende una generación política, con vocación y aspiración al poder, si no es portaestandarte de una polémica frente a las realidades que le corresponden, partiendo de un elenco determinado y contrastante de convicciones profundas, sugeridas desde sus propios orígenes. Dicha polémica puede ser recia y profunda de tratarse de una generación de ruptura, frente a la más serenamente elaborada de una generación preparatoria o de acumulación, siendo naturalmente agónica la extinguida o meramente defensiva la delincuente: éstas últimas habitualmente coinciden al intentar – la más vieja y la que se presenta como la más nueva – extender la vigencia de ciertos intereses, estructura y organización, estilos y contenidos.

Y, mucho menos, se entendería a una generación rupturista o de combate que no afronte los eventos impuestos por una realidad siempre riesgosa, los cuales la perfilarán ante otras que principalmente los estudien, prevaleciendo el afán de interpretación, o –cobardemente- los evadan, privilegiados el oportunismo y la utilería. Hechos contundentemente públicos, unos más y otros menos conmovedores de la opinión, constituyen la cita obligada para una generación que reflexiona y decididamente actúa, una generación que actúa y decididamente reflexiona, escabullida una generación fraudulenta que espera más del azar y de la cosmética.

Una generación está circunscrita a una zona más o menos amplia de fechas, comulgando las relativamente cercanas, distinguiendo a los coetáneos y a los contemporáneos. Cada generación atraviesa las etapas de niñez, juventud, iniciación, predominio y vejez, concebida la de iniciación política hasta los 30 años de edad; la de gestación y creación de la polémica, cuando los sujetos se encuentran aproximadamente comprendidos entre las edades de 30-45 años; la de lucha y alcance del poder, entre 45-60 años de edad; y, después de los 60, la vejez.

La generación preparatoria, propia de las épocas cumulativas, es la que propende a anunciar los nuevos tiempos, creando involuntariamente las condiciones para que la subsiguiente ejerza el liderazgo histórico. Y la generación rupturista, polémica o de combate es la llamada a ejercer ese liderazgo, imponiendo otros cánones acordes a las innovaciones demandadas por una época histórica interpretada por su particular sensibilidad vital.

La literatura generacionalista llama la atención sobre aquella que denomina delincuente, relacionada con la que –preparatoria o rupturista- no responde al rol histórico que le corresponde, añadida su exposición como una opción que –a modo de ventrílocuo- ciertamente es portadora de las motivaciones (intereses, estructura, organización, estilos, contenidos), conocidos. Por si fuese poco, el desarrollo técnico y comunicacional tiende a encubrirla de acuerdo al imaginario colectivo o representación social prevaleciente, aunque a la postre no pueda esquivar su responsabilidad.

Finalmente, cada generación encuentra o crea las herramientas apropiadas para su desenvolvimiento político, tocándole más de las veces ampliarlas hasta concebir e implementar otro régimen. Diversas modalidades estructurales y organizativas deben orientarse a una actuación directamente eficaz, lo suficientemente influyente para retroalimentar la política con las otras dimensiones (social, económica y, fundamentalmente, cultural).

Una perspectiva generacional más sobria, centrada o –si se quiere- pura, inmediatamente contradice aquellas concepciones en boga, formuladas de buena fe, pero cómodas y simplistas, basadas en el mero dato cronológico. Y es por ello que, recurrentemente, yerran al pronosticar la (des) aparición de una generación, confiados a una cierta notoriedad (transitoria) y a un bullicio (publicitario), amparados por eventos, hechos o actos públicos que piden – provisionalmente- un protagonismo: más por pereza que por convencimiento, solemos recrear la noción prevaleciente, conceptualmente corrompida.

Impurezas y observaciones

Excepto el dato cronológico, la teoría generacional admite cierta elasticidad para conservar su pureza. Hilo conductor, apunta a los ciclo de aproximadamente 30 para preservar su atractiva explicación de las crisis sucesivas que hacen a la historia, ubicando –en el caso venezolano- a las generaciones estelares de 1808 (1810), 1898, 1928 (1936), 1958 y 1958.

El si (g) no de los tiempos

Importa señalar una pérdida de la lucidez pública en los últimos años, operada precisamente por una deslegitimación de la política y de lo político, más que de los políticos mismos. Por ironía, ha dado alcance a sus promotores estelares, mientras otros se beneficiaron y benefician de las campañas que –dolosamente- se afincaron contra la institución parlamentaria o partidista, más allá del Congreso o de los partidos con los cuales –abierta y deslealmente- competían.

Por consiguiente, estimamos que no hay una racionalidad lo suficientemente consistente para discutir, debatir o polemizar sobre el destino común, atrapados en unas circunstancias que atropellan a otras, banalizando los problemas. La política parece un compendio de anécdotas, falacias e intrigas que, a lo sumo, aspira a una notoriedad publicitaria o mediática en la que el Estado va marcando pautas, gracias a sus inmensos recursos materiales y simbólicos.

La severa amenaza totalitaria que pesa sobre Venezuela, es motivo y resultado de un imaginario colectivo y de una representación social que ha de ser cuestionada profundamente, afectando a los propios sectores opositores que –voluntaria e involuntariamente- le rinden tributo. No obstante, la crisis tiene por síntomas tales amenaza y frivolización del debate, pero sus motivos encuentran una cómoda profundidad en dos de las más endurecidas capas que hacen la geología de nuestra identidad: el modelo de desarrollo económico empecinadamente anudado por la renta petrolera y la férrea resistencia al cambio, aunque paradójicamente lo reclame el actual régimen que tiene en Bolívar una póliza eficaz y eficiente.

No es posible irrumpir novedosamente en el campo político, apenas iluminados por las circunstancias inmediatas, incluyendo la salida del poder de Hugo Chávez en 24 horas, como si bastara para liquidar un fenómeno sociopolítico que –por ahora- lleva su nombre. Bondad indiscutible de las generaciones venezolanas de 1928 y 1958, fue la de interpelarse a sí mismas, interpelando al mundo para dibujar un proyecto político e impulsar una voluntad política surgidas de una definida convicción contrastante con las predominantes por entonces. E, independientemente de sus aciertos o equívocos, hubo compromiso con determinados postulados: hoy, en beneficio de un pragmatismo extremo, fruto de una cultura utilitario-petrolera, el solo planteamiento de las ideas resulta una necedad insondable, quedando intacta una de las condiciones que hicieron posible la emergencia de un autoritarismo de diferente cuño.

Habrá perfil generacional si, y sólo si, existe un propósito de aplicar determinadas orientaciones (irremediablemente) doctrinarias a una realidad social e histórica concreta o alcanzar una interpretación político-cultural de la sociedad en determinadas etapas. Obviamente, se trata de una acepción de la ideología que choca con la marxista, tenida por encubrimiento sistemático, por lo que –en la órbita oficialista- el conflicto pendiente es entre el socialismo utópico y el científico. Empero, lo cierto es que no puede haber identidad –en este caso, generacional- sin un universo identificable e innovador de ideas, convicciones o planteamientos o, puede decirse, lo hay como tarea arqueológica.

La generación de 1928 estuvo caracterizada por una serie de planteamientos que muy bien retrató el Plan de Barranquilla de 1931, conquistando un mensaje de ruptura hoy evidentemente superado, aunque hubo manifestaciones reaccionaria o militaristas, marxistas o socialcristianas (si tomamos en cuenta a la de 1936, como tributaria). La de 1958, frustrada según la tesis, ofreció un amplio abanico de perspectivas, por lo que –a lo sumo- sólo una extendida perspectiva histórica permite hallar ciertas coincidencias entre las diferentes agrupaciones etarias, pero nos permitiríamos una conclusión inmediata: sobrevive en el fondo, hasta hoy, una interpretación posivista elocuentemente anacrónica y reaccionaria, colada inadvertidamente en muchas de las opiniones que emiten –por lo demás- los líderes de opinión.

El fuste de los acontecimientos

Sobran los eventos decisivos que pudieran después revelarse como no tan decisivo y a la inversa, que reducen y sirven de asiento generacional a los de mayor impacto publicitario. Luego, por la conducta generacional asumida, podrá saberse de la importancia poco advertida de unos actos frente a otros.

La generación de 1928 lanzó su grito en el marco de los eventos carnestolendos que los servicios de inteligencia del régimen supusieron absolutamente inocentes, siendo el azar el que sirvió de pivote para darles un sentido de identidad a los muchachos de la Universidad. Hubo acontecimientos de mayor envergadura e importancia, como el complot de 1919, el alzamiento de Miraflores y del cuartel San Carlos de 1928 o la toma de Guatire, el alzamiento del «Santo Cristo», la invasión del «Falke» o el asalto de Curazao de 1929, pero la elección de una reina de carnaval los superó en audiencia. Y la caída de Pérez Jiménez, sirvió de telón de fondo a los jóvenes que lo adveraron directa o indirectamente, real o nominalmente: se trata de una ruleta, al fin y al cabo, que no tocó con una victoria de la insurgencia marxista-leninista como llegaron a creer muchos, con la toma del palacio de invierno o el asalto del cuartel Moncada.

La pugna de las edades

Clave de la tesis generacional, por una parte, ubica la zona de fechas y, por otra, los ciclos que deben cumplir las generaciones protagonistas con las complementarias. Una mera conflictividad de las edades permite caricaturizar la tesis y ocultar una de sus mayores impurezas.

Así, encontramos que no hay tal homogeneidad generacional como puede verse a través de las distintas tendencias o corrientes y el múltiple cruce de edades en la generación de 1958. Sin embargo, para resumir, hagamos caso de la única generación que se llamó y se reconoció como tal, considerándose predestinada, como la de 1928: por ejemplo, están Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba de caminos encontrados a la postre, pero también marxistas como Juan Bautista Fuenmayor y Kotepa Delgado, militares como Santiago Ochoa o Rafael Barrios o decididos militaristas como Marcos Pérez Jiménez, Oscar Mazzei o Germán Suárez Flamerich, por lo que la edad o –más exactamente- la misma ubicación en una zona de fechas no constituye garantía alguna ni autorizan a hablar de una generación.

Por lo demás, según el pronóstico, las generaciones asumen su papel protagónico con radical exactitud, pero la de 1928 superó con creces su etapa vital, fue complementada por la de 1936, y la de 1958 jamás llegó al poder. Puede decirse que, al no cumplir con el requisito del poder, se convierte automáticamente en generación delincuentes, pero serían muchas las que lo hicieron, incluyendo a las subgeneraciones que lo alcanzaron como la de 1936, por exceso, mientras que otras se resignan a no alcanzarlo jamás, por defecto.

La generación de 1958 ha contado con una inmensa influencia, aún fuera de la dirección del Estado y –si fuere el caso- resultó superada por la de los setenta, que no estaba en el libreto, incubada en la Academia Militar. Y quedó atrás la que tomó importantes iniciativas, como el movimiento de renovación universitaria, el Poder Joven o la rebelión de la UCAB, entre finales de los sesenta y principios de los setenta.

Burdo retrato sería el de tratar cualquier brote, muy tempranamente, como generación predestinada cuando son muchos los accidentes históricos. Estúpida sobresimplificación la de ofrecerse como alternativa cuando los grupos más jóvenes, como sostenemos modestamente, suelen ser conservadores en contraste con otros tiempos, con las excepciones de rigor.

Una secuencia

Expectativas de vida aparte, convenimos en los ciclos e formación de los grupos generacionales que implica la iniciación, la polémica y la lucha por el poder. Y, frecuentemente, lamentamos que no haya una valoración de la experiencia acumulada y, mejor, un sentido de audacia en los planteamientos que abonan, hoy, a una efectiva despolitización.

Despolitización peligrosa, porque hoy gobiernan quienes –en el Movimiento `80 de la UCV- abominan de los partidos, fuertemente competidos por otros referentes –permítanme la mención- como la juventud socialcristiana que celebró por entonces un importante encuentro ideológico y fue duramente reprimida por manifestar contra el refinanciamiento de la deuda externa. A veces, sentimos una ansiedad de celebridad inmediata en el orden político de quienes se ofrecen como alternativas de juventud, reacios a prender y a debatir, aún no siendo tan jóvenes: un vigoroso movimiento estudiantil como el que corre en 2007, los ha puesto en evidencia y ojalá sus integrantes tengan la necesaria humildad para crecer y madurar al galope de las horas históricas, más que de los pasajeros momentos.

No hay generaciones que sean fruto de la intantaneidad, así cultiven la idea quienes –desde otros campos- pretenden trasladar los cánones cinematográficos o televisivos al duro y exigente mundo de la política. Superarse como opción, significa superar en el campo de las ideas y en el de la eficacia a quienes desean reemplazar.

Multiplicidad e instrumentos

Aceptamos la idea generacional en tanto sus integrantes muestren perfiles diferentes, convertidos en un vasto movimiento que cite a contemporáneos y a coetáneos, ofreciéndose un mutuo apoyo para que una opción particular asuma el liderazgo. Coincidimos con aquellos que sostienen la obligada complementariedad, empalme o encabalgamiento de las generaciones; el empleo de instrumentos o herramientas concursadas, partidos y demás organizaciones, completamente perfectibles; las labores cumulativas y rupturistas que unos y otros puedan emprender; y el reconocimiento de un liderazgo que puede recaer en una joven o en una anciana figura de acuerdo a las circunstancias.

Expectativas

Compartimos el entusiasmo que ha levantado la pacífica y cívica rebelión del estudiantado venezolano en 2007, pues, aunque algunos se apresuran a pronosticarla en términos exacta y hasta zodiacalmente generacionales, la mejor noticia consiste en que los niños de 1999 y los jóvenes de hoy responden espontánea, independiente y decididamente a una situación que parecía haberlos sepultado. El futuro que les depara a los jóvenes de ahora, en el campo político, de las artes, de las ciencias o cualesquiera otros, puede ser auspicioso porque parten de unas mínimas convicciones y, sobre todo, del coraje aleccionador.

Son necesarias las manifestaciones innovadoras de lo que ha dado en llamarse la sociedad civil para oxigenar el esfuerzo político, permitiendo renovar a los partidos existentes o los que están por existir. Abrigamos grandes expectativas al respecto, porque se trata de una situación decisiva y, por tal, histórica y la transición democrática será harto exigente.

Prematuro pronosticar que el nacimiento de una generación de 2008, con un año de antelación. O, mejor, de un grupo o promoción generacional diferente o contrastante, pero –entretanto- a los que ofician en el altar de la tesis, deben recordar los requisitos a cumplir y a los que, como generación delincuente, pretenden enmascararse y engañarnos con un lenguaje del vacío, nos permitimos advertirles: preferimos el original a la burda copia.

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