Opinión Nacional

Cuatro notas … y media

Insistimos en la puntualización ideológica, porque opera el inmenso contrabando de un proyecto que lo es por encima de la banalidad y la vanidad que sustancian o dicen sustanciar la política de los tiempos más recientes. Ambos rasgos, haciendo de los asuntos públicos una materia de escasa importancia para el destino personal,  zanjado un penoso divorcio del que ya se sienten las consecuencias, permiten el afianzamiento de un modelo y el aseguramiento de un poder a la vista de aquellos que los creyeron una anécdota más de  nuestro divertido y largo historial.

De soterrada coherencia conceptual y estratégica, según las conveniencias de la actual dirección del Estado, hay intenciones y pretensiones serísimas que se deslizan en medio de las grandes distracciones que excreta cada coyuntura. Sin embargo, un sector todavía importante y decisivo de la población cree en la realización de una democracia participativa y justiciera a la que únicamente se resisten los privilegiados, aunque éstos ya son escandalosamente minoritarios, frecuentemente ligados al poder, a los que no los afecta la inflación ni afectará la demencial negociación nuclear de ejemplificar apenas el presente y el futuro del país.

Modelo confundido entre los pliegues de un socialismo bolivariano, definitiva nomenclatura de los decretos presidenciales, nos remite al más anacrónico marxismo que, al desconocer los intensos debates que produjo, nos retrotraen a una asombrosa etapa de premodernización. A lo sumo, los partidarios del proyecto lo refieren como una novedosa y neta experiencia venezolana, alejada del consabido drama del llamado socialismo real, mientras sus oponentes no desean reconocerlo con la franqueza que supone un dominio básico de sus presupuestos. Por ello, la ligereza cierta de toda polémica que se convierte en un espectáculo para los espectadores quietos y temerosos, cuya pasividad es alarmante.

El actual régimen no es el resultado y portavoz de la lucha de clases tan cara para el marxismo clásico, pues – de un lado –  no toda lucha lo es, habida cuenta de la consolidada economía rentista que tenemos, en la que el estamento de poder tiene una aguda consciencia de las oportunidades y habilidades con las que cuenta; ni – por el otro – hay partido que represente, sustituya o diga sustituir al proletariado, siendo el PSUV una manifestación moldeable del bonapartismo más  rudimentario que certifica la buena conducta clientelar. Primera nota, convenimos con Nikolaus Werz en la “idea de una comunidad organizada corporativamente” (“Pensamiento sociopolítico moderno en América Latina”, Nueva Sociedad, Caracas, 1995: 89), por lo que respecta a un  populismo  de viejo abolengo que – renovado –  transfiere o intenta transferir a las juntas comunales los problemas más severos que confronta el Estado, básica y desigualmente financiadas, a la vez que departamentaliza y le concede identidad a los demandantes sociales más vehementes (acaso, emblemáticos), independientemente de su contribución real a la creación de riqueza.

La democracia participativa formal, en un cuadro de aguda desinstitucionalización del debate y oficio político, tampoco  permite una libre y espontánea manifestación del conflicto social que – manipulado – ahoga el gobierno nacional con sus consignas, y –  circunscrito – evita la oposición como una literal declaración de  la guerra civil.  Segunda nota, a propósito del deporte profesional que contradice evidentemente la perspectiva tan esquemática que tiene del capitalismo, el estamento de poder sufre una consecutiva derrota en un ámbito donde la lucha adquiere una limpia e inadvertida dinámica, si fuere el caso, conviniendo con Ralph Miliband que “desde el punto de vista de la formación y disolución de la conciencia de clase, la cultura del deporte merece mucha más atención de la que ha recibido” (“Marxismo y política”, Siglo Veintiuno Editores, Madrid, 1978: 68 s.).

El proyecto o modelo en curso no es fruto de la polémica actualizadora que experimentó el marxismo venezolano a raíz de la derrota insurreccional de los sesenta, sino repetición de antiguos vicios que cree superar con un artificial deslinde semántico, incluyendo la peor descalificación personal y moral del adversario. Tercera nota, por lo demás reedita situaciones más antiguas aún, imponiéndonos del retroceso, al observar  con Eloi Lengrand y Arturo Sosa los trazos del positivismo en  el precursor debate marxista del país, sentenciando el PCV quién era o no de izquierda (“Del garibaldismo estudiantil a la izquierda criolla. Los orígenes marxisas del proyecto de A.D. (1928-1935)”, Ediciones Centauro, Caracas, 1981: 252 s., 271).

Es necesario insistir en la controversia creadora, rompiendo con el temario y lenguaje de interés exclusivo del régimen que – inevitable – redunda, temeroso del flujo natural de los acontecimientos. Cuarta nota, el continuismo deviene razón secreta e incomprensible de Estado, porque bien observó – en un caso semejante de ascenso y mantenimiento en el poder –  Carlos Iván Degregori  que “la consolidación del engendro antipolítico condenaba al país a girar sobre sí mismo, a revivir obsesivamente el momento fundante del fujimorismo (…) Si la política se militariza, todo puede volverse secreto militar” (“La década de la antipolítica. Auge y huída de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos”, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 2000: 75 s.).

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