Opinión Nacional

Cuento de navidad

Desde la terraza de un edificio en Santa Eduvigis miró una noche los cerros de los barrios populares. La revolución los había cambiado. Antes, sus abigarradas luces titilantes eran de un solo y monótono color. Ahora lucían multicolores.  Con los bombillos ahorradores de energía, que instaló una misión que duró tres semanas, habían cobrado nueva vida. La variedad de sus tonos le recordaba a un árbol de navidad. Temporada que ahora estaba cerca. Intentaría que su árbol navideño se pareciera a los cerros de Caracas. Alternando las luces azuladas, blanquecinas y amarillas, sería alegre y novedoso.

            Se esmeró en conseguir juegos de lucecitas que imitaran los barrios de Petare. No importaba que la alegría que pudieran transmitir fuera efímera. Mientras duraran las fiestas se habría disfrutado de un mundo feliz en el cual todos contribuiríamos al bienestar colectivo y disfrutaríamos de un adelanto que moderniza nuestro modo de vida y aumenta la belleza del paisaje.

            Salió a buscar el árbol, las guirnaldas, las bolas de colores y, por supuesto, la ristra de bombillos minúsculos capaces de prenderse y apagarse intermitentemente. Instaló todo meticulosamente, pues quería darles a los suyos un alegrón. Los reuniría a mediados de diciembre con el objeto de comenzar la temporada.

            Así lo hizo. Y el martes 15 de diciembre los congregó a todos. Como los cerros de Caracas, el arbolito de navidad cobraría nueva vida y tendría colores diferentes. Unos, amarillentos, que recordarían  pasado y despilfarro. De ellos, muchos serían del alumbrado público, los cuales por razones técnicas, o  desidia, no podían cambiarse. Pero otros serían blancos como los bombillos chinos ahorradores de luz que nos habían traído los cubanos y habían esparcido en todos los hogares. Los azulados serían estos mismos, pero ilustrarían un efecto óptico que crea  la distancia.

No importaba que en Cuba ya no se celebrara la llegada de Cristo a este mundo. Aquí uníamos la tradición y el socialismo. Y no sacrificábamos la religión ni las viejas costumbres. Habíamos logrado un nuevo socialismo, propio del siglo  XXI, y la síntesis entre la legitimidad de origen y de propósitos. Daban ganas de decir como en la Argentina de hace medio siglo ¡Que grande sos! 

Los cubanos nos habían ayudado a implantar el nuevo avance. El ahorro de energía contribuía a liberar una electricidad que ahora podía ser canalizada para el beneficio de los pobres y el engrandecimiento de Venezuela y de sus países amigos. El arbolito de navidad reproducía en escala pequeña y simbólica ese gran logro.

            La diferencia era que en el caso de los cubanos se trataba de una medida defensiva, mediante la cual habían evitado retroceder al período especial, en el cual escaseaban desde la pasta hasta los huevos. Porque ellos no tenían energía y vivían de la generosidad de los soviéticos, que ahora habían desaparecido. Y porque sus pocos aparatos eléctricos eran reliquias de los años cincuenta que consumían más de lo necesario. Pero en el caso de Venezuela, una potencia energética, con las mayores reservas de petróleo y de gas de este planeta, según decía el gobierno, el ahorro de energía no era para lograr sobrevivir sin los subsidios de los rusos, sino para permitir impulsar una transformación global que planteara una sustitución del sistema capitalista depredador que había hundido al mundo en el estancamiento, la degeneración y la injusticia.

            El ahorro de energía, en nuestro caso, no era una muestra de debilidad sino de fuerza. De la capacidad de penetrar en nuevos horizontes. De suministrar energía a toda América Latina y el Caribe mediante el regalo o el subsidio de petróleo, refinerías, gasoductos y plantas termoeléctricas, que sembraríamos en todo el continente.

            Por eso el arbolito, que imitaba el ahorro de luz de las barriadas, era un símbolo del esfuerzo creador del hombre nuevo.  Solidario, participativo y protagónico. Que, como en los cerros de Petare, iba a contribuir a llevarle a otros pueblos, y a los condenados de la tierra, la luz de una nueva esperanza, el fulgor de un nuevo liderazgo.

            Mientras pensaba todo esto, después de haber inaugurado el pino navideño, y de haber impresionado a sus parientes con un discurso vigoroso, se fue la luz. Había comenzado el racionamiento. Por alguna razón, aun no explicada, la abundante energía no alcanzaba. No era posible ahorrar, porque lo que se iba a ahorrar ya no existía. El arbolito había perdido su encanto. Se asomó a la terraza. Los cerros permanecían en una oscuridad que ahora se antojaba tenebrosa. Con el apagón ya no sonaban la radio ni la televisión. Se escuchaba a lo lejos rasgar un cuatro. Alguien entonaba: “Feliz Navidad, Feliz Navidad, próspero año y Felicidad”

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