Opinión Nacional

Cuestión de suerte

Después del colapso del puente más importante del país, pareciera que no queda otra desgracia por venir. Pero como lo propone la Ley de Murphy, si algo puede estar peor siempre estará peor.

Para quien es remiso a creer en brujerías y mala suerte este gobierno representa una prueba de su existencia. Los numerosos desastres que han ocurrido bajo su imperio no son todos imputables directamente a su acción. Pero han ocurrido desde que hace siete años la tornadiza mayoría (cuando se contaban los votos) le diera el poder al teniente coronel.

Los más informados dicen que lo más grave, en cuanto a malos augurios, ha sido la fractura de la estatua de María Lionza. Después del tejemaneje entre la UCV, Fundapatrimonio y el ceceante Bernal, la estatua del maestro Colina se partió en dos. La diosa pareciera haber dicho que no estaba dispuesta a cambiar de lugar, como lo dispuso la revolución.

Algunas sacerdotisas del culto a la turgente jinete (¿o será “jineta”?, como lo dispone la ultrafeminista Constitución) han explicado el mecanismo pavoso que se ha disparado con la rotura del monumento. Y en realidad esa mabita pareciera estar presente en todo lo que organiza el gobierno, exceptuando los simulacros electorales.

De nada ha servido el tratamiento de reconstrucción de la estatua para detener el maleficio. La diosa ha sido una de las tantas expresiones artísticas que han sido devastadas por el torcido destino. Ya no existe la esfera de Soto. El mural de Cruz Díez en el puerto de La Guaira fue demolido por el buen criterio del crítico Rodríguez San Juan. Al legado de Alejandro Otero los depredadores lo han sacado de la plaza Venezuela; menos mal que puede mostrarse airoso en el “mall” de Washington. En escombros quedó el recuerdo del Descubridor a manos de los no descubiertos.

Si las obras de arte han llevado lo suyo, los bípedos racionales no nos hemos quedado atrás.

A pesar de los malabares de las estadísticas oficiales, hoy hay más pobreza, más desempleo y mayor inseguridad. (El profesor Eljuri como que no se tropieza con ningún indigente de los que plenan las esquinas y tampoco ve los malabaristas de los semáforos ni las indígenas desplazadas en nuestras sucias ciudades). No hay casi nadie en estos siete años que no haya sido robado o atracado por la estimulada hampa. Desde aquél discurso presidencial que avalaba el robo, como forma expedita de mitigar el hambre, las policías, los fiscales, el catatónico contralor y los tribunales parecen tener como tarea el aumento de la impunidad.

El ajuste de cuentas se ha convertido en la excusa fundamental de los cincuenta mil y tantos homicidios bajo este desgobierno. Ni en el Lejano Oeste la vida había llegado a ser tan barata. Cuando no practica la policía sus propias masacres como la de los estudiantes del barrio Kennedy o la de Paraguaná, son bandas que siempre “pierden” sus balas para matar inocentes. Y los defensores de Derechos Humanos de antier repiten que eso “siempre fue así”.

Los habitantes del nonato estado Vargas han sido los más golpeados por la mala suerte. Desde 1951 la naturaleza no se había ensañado tanto con sus casas y calles como lo hizo aquella infausta fecha en que el gobierno llamaba a no hacer caso a la “garüita” para ir a refrendar la nueva Carta Magna. Aún no hay una nómina contrastada de los muertos que trajo el deslave de diciembre de 1999. Todavía no se sabe cuántos cadáveres quedaron sepultados por las rocas del Ávila o fueron ahogados en el mar.

Las reducidas playas, las avenidas destruidas y los edificios inservibles continúan testimoniando la fuerza pavorosa de la Naturaleza.

Otro elemento que mostró su furia contra la infraestructura de la “cuarta república” fue el fuego. Como si se tratara de regresar de un todo al siglo XIX, las llamas consumieron la mitad de la torre Este de Parque Central, símbolo del país moderno. En cenizas quedó la memoria de la arquitectura y la ingeniería del país al consumirse miles de planos. Igualmente las pérdidas fueron millardiarias para los comerciantes y los organismos oficiales que tenía su sede en la torre.

Pero que nadie se llame a engaño. Nada de lo ocurrido, como tampoco el derrumbe de la autopista del Centro, ha sido por imprevisión, impericia, desidia o falta de mantenimiento. La culpa es sólo del destino. Mala suerte. Los humanos (y entre ellos los venezolanos, por si alguien tiene dudas) seguimos siendo meros juguetes en manos de las fuerzas de la Naturaleza o a merced de los dioses.

Llama la atención, entonces, el voluntarismo del gobierno por resolver los problemas de otros países. Quizás con ellos si pueda el dinero del petróleo venezolano. Porque en lares como Bolivia, Argentina, Jamaica, Uruguay, Nueva York, Boston y Cuba la pava militar como que no tiene efecto.

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