Opinión Nacional

Cupido en el diván

Acercándose peligrosamente los mediados de febrero, víctima de una crisis nerviosa, ingresaba a la clínica un sujeto alado, desnudo y bastante rellenito para los estándares de belleza actuales.

Luego de ser revisado por varios especialistas y ser sometido a innumerables exámenes físicos, los galenos determinaron que el origen del mal que aquejaba a aquel gordito no se encontraba en su cuerpo, sino en su mente. Acto seguido, la cita con el psiquiatra más famoso de la ciudad, el mismo que atendía a Lucifer los martes y jueves de cada semana.

Llegó a destiempo, como suele llegar siempre eso que llaman amor. El dios del amor, Eros, Cupido, San Valentín, o como cada quien quiera llamarle, esperaba ansioso en la salita que recibía la visita de cuanto infeliz se apersonara en aquel consultorio, donde todos eran iguales y se les cobraba por igual, dioses o mortales, todos requerían lo mismo: ser escuchados y comprendidos.

Eros pudo darse cuenta de las miradas de odio que le arrojaban sus compañeros de sala de espera, en especial aquella divorciada casi cuarentona que había apostado todo a «ese amor» que la dejó por una mujer que no se lo merecía -según ella- por ser menos bella y joven de lo que se suponía debía ser una amante. Humanos al fin, nadie hizo un comentario directo, todas las palabras que se escuchaban en la sala, desde la recepcionista hasta las morochas con problemas de identidad, pasando por el banquero inestable y el niño de ocho años con problemas de retención, todos lanzaban comentarios alusivos a las metidas de pata del amor, de lo solos que estarían el próximo catorce de febrero. Aún los casado y comprometidos, los recién empatados y los que estaban enredados en relaciones sin futuro, insultaban al tal Cupido, que se creía con derecho de negarles el flechazo o de flecharlos sin su consentimiento.

Al fin, faltando cinco minutos para las seis de la tarde, la recepcionista dice en alta voz: «Señor Cupido, en cinco entra»-

– ¡Válgame Dios! Si es nada más y nada menos que el dios del amor -dijo con orgullo el psiquiatra más famoso de la ciudadela

– Gracias, gracias por no insultarme -le respondió Cupido bastante aletargado.

– Entre por favor, tome asiento. Allí atrás, en el diván. Cuénteme, qué lo trae por aquí.

– ¿Me puedo sentar en este sillón? prefiero la tela. Estoy cansado doctor -prosiguió el gordito luego de una pausa prolongada, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas. Me duele la espalda, no tengo ganas de hacer nada. Me levanto por la mañana y lo único que quiero es volver a dormir; pero mi agente me obliga a ir a esas ridículas sesiones de fotos para las tarjetas del día de los enamorados y las presentaciones de power point típicas que la gente manda en cadena en estas fechas.

– Depresión. Sí amigo mío, usted tiene un cuadro típico de depresión -interrumpió pronto el galeno.

– ¡Cómo no voy a estar deprimido! ¿usted sabe todo lo que uno tiene que aguantar este mes? La gente sólo se acuerda de mí en febrero, cuando comienzan los anuncios publicitarios del «mes del amor» -dijo Cupido alterado. ¿Cómo se le hace entender a la gente que no importa cuántas oraciones manden en cadena, que si no les toca enamorarse no se van a enamorar?

– ¿Qué es exactamente lo que le molesta? -preguntó el doctor levantando una ceja, mientras le miraba directamente a los ojos.

– Bueno… no sé, la gente…

– ¿La gente? –interrumpió el psico

– ¡Sí, la gente. Sí coño, la gente, ya lo dije, la gente! –dijo en alta y clara voz el pequeño dios alado.

– Está bien, muy bien, ya estamos progresando (típica respuesta de loquero) Ahora dígame ¿qué es lo que le molesta de la gente? Recuéstese en el diván, cierre los ojos y dígame lo que le quisiera decir a esa gente que le molesta.

– ¿Me tengo que recostar?

– Preferiblemente

– Pero es cuero, se me van a pegar las nalgas al cuero, estoy desnudo.

– ¿Le molesta su desnudez? –preguntó inquisidor el psiquiatra

– No, no me molesta mi desnudez, me molesta que se me peguen las nalgas al cuero- refutó Cupido con toda la paciencia que le quedaba.

– ¿Usted cree que si tuviera otra contextura le desagradaría menos recostarse en el diván desnudo? ¿tendrá eso que ver con lo que le molesta de la gente? –insistió el médico, tratando de orientar la terapia hacia las inseguridades típicas que manejaba con frecuencia con otros pacientes.

– No, no me molestan mis nalgas, me molesta el cuero en mis nalgas. Si su diván fuera de otra contextura me molestaría menos montar mis nalgas en él –le dijo ya alterado Cupido.

– Está bien, está bien. Quédese en el sillón. Estaba por decirme qué es lo que le molesta de la gente.

– Justo eso que usted acaba de hacer. Eso es lo que me molesta de la gente. Quieren enamorarse, eso dicen,. Quieren que los amen, pero si uno es el dios, porque por algo yo soy el dios del amor y no es otro, yo soy el que sabe de amor ¿no es así? Pero nooooo- se respondió a sí mismo antes de que el psiquiatra dijera algo. La gente quiere enamorarse de otro sacado de un molde que no sé quién habrá inventado.

– Lucifer –dijo desprevenido el psiquiatra

– ¡Ya me lo imaginaba! –se quejó Eros golpeando las manos a sus gordas rodillitas

– Bueno, no es que haya sido él –trató de corregir el galeno. Supongo, no sé… como él es así… bueno, era un chiste. Vamos a seguir con su problema, dígame ¿cómo lo afecta a usted eso? La gente puede querer lo que sea ¿o no?

– ¡Claro que pueden! Pero no lo llamen amor, porque cuando lo llaman amor me involucran a mí y si me involucran yo me tengo que meter y si me meto salgo con las tablas en la cabeza. ¡Literalmente doctor! La semana pasada un soltero de treinta y tantos años me lanzó una tablas que tenía en el patio de su casa porque hace unos años le lancé una flecha a él y a una chica y nunca han podido tener una relación porque él no quiere enamorarse de ella porque tiene miedo de enamorarse otra vez y ella…

– Esos son problemas típicos de humanos, lo dioses nunca lo van a entender. Trate de no involucrarse en asuntos de mortales, mejor dele mi tarjeta. Cuando se encuentre gente así mándelos al psiquiatra –interrumpió el loquero. Yo lo digo por el problema de manejo de la ira, yo dicto unos talleres grupales…

– Usted no me entiende. La gente vive confundiendo amor con juegos psicológicos y cuando se acerca febrero terminan enredándose en cualquier clase de relaciones para no estar solos el 14 y salir como unos idiotas a comprar un regalo. Pero después andan por ahí diciendo que no se quieren enamorar más nunca, o que la próxima vez van a ser más selectivos o me mandan cartas amenazantes.

– Entiendo, usted está sometido a mucho estrés, necesita buscar una vía de escape a sus responsabilidades. Es bueno que haga alguna actividad paralela a su trabajo. Veo que está jugando golf, es bueno tener una distracción y ese juego es…

– No estoy jugando golf doctor –le interrumpió Eros. Aquí llevo las flechas, usted no tiene idea de lo que me harían en la calle si me ven cargado de flechas de amor. El año pasado me las robaron en un semáforo, un muchacho de quince años. Llegó a la escuela y empezó a disparar a diestra y siniestra, se formó un alboroto terrible… la tasa de natalidad se disparó y ahora no me puedo acercar a la zona. El muchacho que se robó la bolsa de flechas se puso a pincharse él mismo y no salió de su cuarto por tres semanas seguidas, porque se estaba masturbando sin parar… ¡hasta Narciso se sorprendió!

– Bueno, pero no exageremos, usted se toma las cosas demasiado a pecho amigo mío, piense que al menos esos muchachos están enamorados y juntos para siempre…

– No, ese es otro problema doctor. El efecto de las flechas se pasa rápido, lo que queda es lo que se construye durante y lo que se hace después. Por eso la gente se molesta tanto conmigo, creen que el enamoramiento es eterno y no es así. El enamoramiento dura, a lo sumo, tres meses, lo que venga después no es cosa de dioses sino de humanos, lo que hagan, lo que digan, lo que acuerden. Pero a los humanos les gusta dejarle todo a uno y después se quejan de que uno no los complace. Cada metida de pata es culpa de algún dios, pero –y peor cuando se trata del amor- cuando uno decide no acercarse a esas personas, llegan cartas y notas de petición de amor, o se quejan porque la vida es aburrida si no se está enamorado. Y quieren enamorarse pero no sufrir y además enamorarse de quien ellos creen deberían enamorarse aunque en el fondo sepan que van a sufrir ¿quién los entiende? Ya yo estoy desgastado tratando de entender a los humanos.

– Se están terminando los cincuenta minutos, pero no quisiera que se fuera sin decirme algo… ¿por qué…? No, olvídelo. Permítame darle esta sesión gratis y si lo desea nos vemos la próxima semana.

– ¿Por qué no ha vuelto a sentir el flechazo? -preguntó el gordito con una leve sonrisa en los labios.

– Jejeje, sí, era eso lo que quería saber.

– Porque usted le vendió el alma a Lucifer y mis flechas pocas veces llegan hasta allá, podría perderse en el camino y no vale la pena intentarlo.

– ¿Yo? ¿vender el alma yo? ¿Cuándo? Yo no le he vendido nada a nadie

– Sí doctor, usted cambió la incertidumbre por comodidad, y el amor es incierto y el enamoramiento no es cómodo. Usted cambió la emoción de sentir mariposas en la panza por la compañía cierta y estable de cualquier mujer que cumpla con algún estándar que sólo usted mismo sabrá cual es. Si algún día decidiera renunciar a la certidumbre… tal vez reciba una sorpresa.

Fue lo último que dijo. Dio una rápida mirada al consultorio y salió con sus flechas camuflajeadas en una bolsa de palos de golf. Observó a la gente en la sala de espera y se conmovió al darse cuenta que –en el fondo- todos querían vivir enamorados, pero muy pocos querían amar.

Esperando el ascensor se llenó de una sensación de nueva energía, hasta que de la caja de metal salió Lucifer con su nuevo iPod y le dijo en tono burlón: “Eeeeeeeeepa Gordito ¿qué haces? ¿sigues flechando pendejos por ahí? (risas) Mira, en serio, un consejo: asóciate con este tipo, te vas a hacer millonario, no hay nada más fácil y rápido que sacarle dinero a la gente despechada. Epa gordito, no te arreches, pe vas a pisar un ala con la puerta… Estos pendejos nunca ven un buen negocio…”

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