Opinión Nacional

¡Dan asco…!

Acabo de leer el artículo “Las hayacas de la ira” de Elisabeth Fuentes, y sentí el profundo dolor que la población de Venezuela sufre a diario. Elena Brito, como cualquier madre venezolana, no tiene otra alternativa que tragarse su dolor y  seguir luchando por el pan de su familia.

Al mismo tiempo, leí un artículo donde se reseñan las “necesarias” manicuras y peluquerías de nuestras regentes del siglo XXI; y también como las ropas rojas rojitas, dan paso a la moda más actual en exclusivas reuniones privadas: vergonzoso…

Lo de las modas podría perdonarse, pero lo del dolor de una madre cercenada de su marido, y a consecuencia falta de su sustento, es ya algo criminal.

Así van los bolivarianos, cavando su propia tumba, ingenuamente deslindados de las verdades que generan ira, furor y ceguedad. Así le pasó al infausto Chauchescu… y así parece les va a pasar a gran cantidad de los monstruos bolivarianos que han mancillado la más sencilla dignidad de un pueblo sufrido y “balurdemente” engañado muchísimas miles de veces…

Estar en las alturas del poder, al contrario de lo que muchos pregonan, conlleva una debilidad directamente proporcional a la omnipotencia, o al nivel de poder que se ejerce “per se”.

Apiadémonos de aquellos que, inconscientemente, interpretan la realidad como una constante inacabable. Apiadémonos también, de aquellos que, ajenos a los naturales cambios históricos, desconocen la incisiva realidad del péndulo oscilador.

Sin embargo, aunque es digno que un ser humano se apiade de los que cometen crasos errores (perdónalos que no saben lo que hacen), también es legítimo estigmatizarlos como malignos ejemplos que, deliberadamente, producen situaciones que generan ascos irresistibles.

El péndulo ha llegado a su cenit y amenaza con volver irremediablemente a su pasado.

Los boliburgueses, aún embriagados de las mieles de la corrupción y el poder incuestionado, desestiman la hecatombe personal que como espada de Damocles pende sobre sus cabezas.

No me río del infortunio de terceros, porque tanto a mí, como a todos ellos, el discurrir, tarde o temprano, nos alcanza.

Sin embargo, aunque suene un poco lapidario, no puedo esconder el sentimiento de asquerosidad que me producen sus acciones.

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