Opinión Nacional

Danza macabra

Saben que piden un imposible porque a todos nos tocará ese encuentro, por eso la petición es agónica, porque lleva implícita la idea de que hay algo aún pendiente de realizar que solamente él y no ellos puede lograr para que la «revolución» se haga irreversible.

Paciente y coro saben que la subsistencia de la «revolución», que como la de Castro y otras ya enterradas, no es sino una revuelta, depende de seguir revolviendo, que todos los días llegue al pueblo el mensaje de que para alcanzar la felicidad plena falta una «cosita más» que está cercana y ya. Quizá alguna nueva misión.

El paciente acepta su papel de único y en arrebato histriónico nos deja la frase «si mi enfermedad contribuye para que consolidemos aún más la unidad yo viajaré tranquilo a La Habana». Es la muerte de Bolívar en Santa Marta trastocada en una comedia, en un acto transmitido en cadena de radio y televisión, donde el oscuro aposento y el solitario lecho, se sustituye por el palacio de Miraflores, los oropeles de la presencia militar, el Gabinete que es la corte y la teleaudiencia, espectadora de la puesta en escena, a la que se quiere incorporar al ficticio funeral. Ciertamente habría sido más adecuado el viejo Teatro Municipal, o el teatro Teresa Carreño.

Llevo trece años adversando a este gobierno y veinte al conato de golpe que lo precedió, protestando el lenguaje vejatorio con el cual se dirige por igual a opositores, indiferentes y colaboradores y en el caso de estos últimos advirtiendo la vileza canallesca de la sonrisa de los ofendidos.

Pero ahora, oh sorpresa, esa canalla que acepta la vejación y vocifera contra la oposición a la que acusa de alegrarse por la enfermedad que padece el Presidente, y en cuya acusación seguramente hay parte de verdad, lo lleva a representar ante el escenario de la opinión pública una versión dramatizada de la nueva muerte de Bolívar. Son zamuros comiendo carroña para mantenerse vivos.

No faltará de entre ellos quien alegue en su defensa, que fue únicamente la voluntad y el deseo del Presidente lo que allí se manifestó; y a esos replicaré con una pregunta ¿dónde están los hombres que fueron llamados a su lado no para reír y aplaudir sino para asesorar? No hay uno, por eso se sienten perdidos si no está.

 

 

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