Opinión Nacional

De cómo el disparate se esconde tranquilo a la vuelta de la esquina

Por las calles de la vida suele uno tropezarse con lo humano y lo divino. Eso que en líneas generales nos parece de lo más normal, de golpe y porrazo bien podría ser barrido por la andanada de algo, sin tapujos, ubicable en el mero ámbito de la locura. Me explico: cabalgamos nuestra geografía vital a lomo de razón y sinrazón, curiosa verdad que, a fuerza de estar sembrada en lo más profundo de la cotidianía, se nos escapa a veces de las manos como jabón entre los dedos.

Exacto. En eso de andar todos los días viendo lo mismo y nada más que lo mismo, compartirá usted mi idea de que ha terminado por desencadenarse una consecuencia inevitable: despachar sin ton ni son ciertas “cosillas”, lo cual nos lleva de la mano y sin remedio, creo yo, derechito hacia el abismo en cuyo fondo reposa el mundo ilógico de lo disparatado.

Vuelvo a explicarme: conocerá usted a esa gente que dice sí cuando quiere decir no. O a aquella otra que responde meneando la cabeza hacia los lados al mismo tiempo que se muere por una afirmación. Habrá tenido la oportunidad de, muy tranquilo y circunspecto, solicitar un número telefónico y obtener como respuesta el numerito de la cédula. Estoy seguro, igualmente, de que a estas alturas ya ha puesto su humanidad en Eleoriente con la muy sana e inútil intención de reclamar el cobro de facturas que no debe, o el corte del servicio que ya pagó, y demás típicas aberraciones, sin que esto represente en absoluto novedad por la que alguien tenga que pegar su quijada del piso. ¿Se dio cuenta?, el carácter surrealista vive luminosamente entre nosotros. ¿Comprende ahora?, somos el saco y el gato, el chivo y el mecate, y muchísimas veces ni lo uno ni lo otro.

Pues bien, en ese ambiente cargado de lo que es y no es y del que como he dicho ya casi ni nos percatamos, basta hacer un esfuercito para hincarle el diente a la incongruencia misma, al disparate acurrucado en su trinchera, siempre listo para arroparnos con su manto. Como muestra, nada más que anteayer, en un diario guayanés, un titular me dio de lleno en la nariz: “Piden a los rebeldes humanizar la guerra en Colombia”. ¿Notó la contradicción?, ¿cómo será una “guerra humanizada”? La verdad es que entre absurdo y absurdo, el bosque de lo real maravilloso es el único que no desaparece en estos tiempos de contaminación y de plagas. Asimismo, los “iluminados” del mundo generosamente han aportado su correspondiente botoncito a la infinita galería de lo que no tiene sentido. Fidel Castro, luego de su fulgurante paso por el fecundo manicomio de los totalitarismos, ofrece una pieza magistral en cuanto a torceduras semánticas; nada menos que una imposibilidad hecha lengua: “Socialismo de mercado”.

Los ejemplos pican y se extienden. El mismo Borges, creo, interrogado por algún adolescente acerca de contraposiciones y demás, soltó una única respuesta: “Inteligencia militar”. Y el señor Chávez, para no restarse protagonismo, se la pasa chasqueando lo del “Neoliberalismo salvaje”, que por cierto luce en desacuerdo con lo que Uslar Pietri (“El liberalismo es la flor de la civilización”) arrojara a los cuatro vientos en su última entrevista publicada. Menudo dilema.

¿Tendrá razón el señor Chávez o más bien don Arturo? Si afinamos bien la puntería y echamos mano de una lupa, dése cuenta de otro oxímoron que, cual conejo, brinca de la nada a nuestros brazos: “Hugo Chávez-Uslar Pietri”. Vea pues cómo la abundancia nos inunda.

Para hacerle una jugarreta al disparate, para cazarlo en la esquina misma que le sirve de escondite, vale la pena hacer silencio, caminar en la punta de los pies y atraparlo de improviso. El último, el que está de moda, el que se enquistó por estos lares en una especie de locura colectiva, lleva la rúbrica pomposa de “revolución pacífica”. Aquí sí que se fundieron los cables.

No faltaba más. Del sentido al sinsentido, y viceversa, bandeamos de lo lindo como pelota en un billar.

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