Opinión Nacional

De la comparación del gobierno actual con uno anterior

Evitando mayores disquisiciones, convengamos en que la llamada antipolítica es equivalente al espectáculo trivial. Y, posiblemente, los orígenes en Venezuela guardan correspondencia con la supremacía de la ingeniería publicitaria en detrimento del propio hecho político.

Una fórmula tan obvia, como la de una publicidad exagerada, no se entiende sin el deterioro del debate público que, por exceso de delegación, quedó circunscrito a quienes gozaban de una tribuna institucional cada vez más exclusiva en el ámbito gubernamental, parlamentario, edicilio y – claro está – periodístico. Para una mayor obviedad, la cada vez más marcada descomposición interna de los partidos políticos, en sintonía con la de otras entidades sociales cada vez más despegadas de su membresía, contribuyó inmensamente a aligerar los asuntos públicos, anclados en la nostalgia imperecedera de las bonanzas dinerarias que padecimos, generando una visión humboldtiana del país gigantescamente rico.

Todos los caminos que condujeron a la realidad, por más que ésta se viviera y sintiera, áridos y riesgosos, recibíeron una rápida, fácil e irresponsable respuesta. La transitoriedad de la crisis, finalmente admitida y protocolizada por el gobierno de Lusinchi, como no quiso hacerse por esos años, pareció ceder a la necesidad por siempre incomprendida de superar el modelo de desarrollo que asombrosamente se resiste, en la versión del extraño socialismo que hoy nos aqueja.

La propaganda y la publicidad fueron los artífices esenciales de una gestión que, ahora, no tiene dolientes. La reciente hospitalización del ex – mandatario, nos ha sorprendido por las expresiones y dislates que circulan en las redes sociales, proferidas por quienes – incluso – fueron sus beneficiarios, que por la propia circunstancia personal del médico anzoatiguense.

La actividad especializada de promoción política no constituye pecado alguno, siempre que no adultere hasta el hartazgo la realidad compartida, pues – la historia lo comprueba – la moneda falsa no puede circular sin la verdadera. Insostenible, ella no tiene más promesa que la explosión inaudita e inesperada, como ocurrió en 1989 y todavía puede ocurrir de andar sobre los mismos rieles de una ilusión óptica, la del barril petrolero. Empero, hallando un origen firme y concreto de lo antipolítico en nuestro país, más allá de la antipolítico, bien sirve de ejemplo lo acontecido en la segunda parte de la década de los ochenta.

Banalizada la crisis en su momento, prevaleció el espectáculo. Y, al intentar comparar aquél período presidencial con el actual, de nuevo consideramos que Hugo Chávez ha realizado la proeza de reivindicar a Jaime Lusinchi.

Quisimos, al principio, relacionar la campaña presidencial de 1973 en la que los musicales se hicieron parte fundamental de los actos políticos, con figuras más conocidas, comerciales y celebradas en los de COPEI y AD que la de los místicos intérpretes que concurrían a los del MAS, según la prensa de la época. Además, valorar la denuncia que, en su momento, hizo Paciano Padrón del fenómeno, a través de un folleto divulgado con motivo de la convención nacional juvenil socialcristiana (“Toma tu boina y sígueme”, ¿1975?), demostrativo de la entera importancia que tiene la discusión para atajar las desviaciones del oficio público, pero al observar lo que se ha dicho sobre Lusinchi, a quien nos opusimos con todas nuestras modestas energías de juventud, el lamento se convierte en una fuerte
convicción: huérfanas de compromisos, las prácticas de la antipolítico se revierten en contra de sus promotores, permitiendo y facilitando el oportunismo más escabroso.

Tuvimos también la intención de reseñar que el acuerdo expreso o tácito de algunos actores para no polemizar sobre importantes aspectos de la vida nacional, como ocurrió con el petróleo por 1978, no significa que otros no puedan hacerlo e ingeniárselas para romper el cerco, pues la denominada antipolítica apunta más a la cultura ambiental, al mundo de las predisposiciones, que a una concreta voluntad personal o grupal. O la de precisar que, siendo un especialista del espectáculo, cabal conocedor de su importancia y potencialidades, Renny Ottolina escapa del arquetipo, debido a la consistencia y trascendencia de un mensaje que pudo seria y profundamente romper con los esquemas, acaso – hipotéticamente – de haber echado las bases para una experiencia liberal, a juzgar por su defensa de la libre empresa.

Lo cierto es que, condensándola, tomando la faceta más destacada del gobierno de Jaime Lusinchi, puede aseverarse que la antipolítica lo cuenta, consciente o inconscientemente, como uno de sus precursores, aunque – es necesario reconocer lo – la propia condición de dirigente de partido, responsable ante sus compañeros de causa por más liberado que estuviera de toda disciplina estatutaria, mitigó o compensó las ínfulas de un ensayo extremo de preservación de la popularidad. Vale decir, asegurando la continuidad en el poder del partido de adscripción, así no fuese directamente la de su tendencia interna, generó una suerte de inflación política muy bien reportada por los estudios de opinión, luego sincerada con tristes sucesos como “El Caracazo”.

Rápidamente comparado, el largo gobierno de Hugo Chávez ha perfeccionado la fórmula, quedando pendiente el desenlace, habida cuenta de la inexistencia de un mecanismo doméstico de mitigación o compensación de sus ínfulas, dispuesto a sobrevivir a cualquier precio, banalizado el socialismo mismo que dice impulsar. Y, fácil de adivinar, cuando el espectáculo haya concluido por la esperada vía constitucional, veremos después a sus amigos despotricar de quien les ofreció tan gratas oportunidades de negocio, políticas y burocráticas, extendiendo el entretenimiento.

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