Opinión Nacional

De la hipotética oposición

El inmediato postchavismo, como suele denominarse la etapa en la que el líder de Sabaneta abandonará el vecindario de Miraflores, aunque probablemente nos encontremos en ella así continúe como inquilino en el palacio presidencial, asoma una reformulación del rol opositor en la consabida tríada de la lealtad, deslealtad y semilealtad. La recomposición del sistema pasa por tamaño desafío, lo que sugiere escenarios de difícil y angustiosa administración en los casos en que la lucha se haga existencial, incluyendo la desesperación de los nuevos actores que persisten en un discurso abierta o tímidamente antipolítico.

Por una parte, el desplazamiento aún libérrimo del actual oficialismo podría agudizar el rencor y la disposición a la venganza de los más variados sectores y, por otra, la represión de los elementos reacios a aceptar el nuevo orden, aventurándose en las prácticas terroristas, añadida a la recolección del armamento que se encuentra en las calles, supondrá el hallazgo y la perseverancia de funcionarios decididos a recuperar el amplísimo terreno que ha perdido el Estado como garante de la paz y de la tranquilidad públicas. Hay un costo político de la transición imposible de aumentar con la violación de los derechos humanos, deslegitimando desde sus inicios los esfuerzos de recuperación plena de la democracia.

La oposición no podrá desprenderse, ni es lo deseable, de la movilización social que ha mostrado toda la fortaleza cívica que creímos haber perdido, por lo que no está planteado volver al pasado que, con todos sus aciertos y fracasos, pasado es. De modo que a ella no le será fácil la manipulación de las demandas sociales, estrellando con falsas promesas, como si fuere el ciego del “Lazarillo de Tormes”, las expectativas de todo un pueblo contra los postes de una realidad de la que tiene un juicio formado y consistente.

En la democracia, la oposición asume espacios institucionales que también muestran la otra cara del poder. Resultará inevitable una mínima regulación que será remembranza de la eficacia de los antiguos pactos, como Punto Fijo, La Moncloa o Los Olivos.

La oposición democrática

Apostemos por una oposición capaz de alimentar la vida democrática, dispuesta a la aceptación de un conjunto de reglas que no pueden obstaculizar las posibilidades mediatas e inmediatas de acceso al poder. Algunas características pueden condicionarla en la medida que peligre o no la continuidad del régimen.

Quizá haya que explorar con mayor cuidado las circunstancias del financiamiento de los partidos políticos, necesitados del Estado para cumplir una función que es – precisamente – de Estado. Esto no está reñido con la reafirmación de una fase de importantes e inadvertidas consecuencias que puede denominarse “postclientelar”, amén de las ventajas que debe traer una eventual imputación por los delitos imprescriptibles de Salvaguarda del Patrimonio Público, sobre todo en el marco de una radical y urgente transformación de la administración de Justicia en Venezuela.

Una oposición plural, descentralizada y en permanente búsqueda de la eficacia, portadora de un nítido y coherente mensaje ideológico, constantemente interpelada en términos éticos y capaz de competir con la banalidad de otros actores que sobrepasan, sin renunciar a ellos, los linderos de la televisión. Sabido, hay una competencia desleal en las fuentes del conocimiento político, por lo que los medios audiovisuales tienden a imponerse por encima de otros, como el académico y propiamente partidista, convertido todo acontecimiento en un espectáculo de una sociedad que es ágrafa.

La despersonalización (o, preferible, la desfulanización) de los espacios públicos, obliga a la institucionalización de los partidos y de otras expresiones activas de la sociedad civil, en las tareas de rearticulación social emprendida en el curso del años pasado. Luciendo como una paradoja, la moderación también constituye un acto de audacia que puede contrariar las inclinaciones conservadoras que se verán luego de pasar los miedos suscitados por el actual gobierno o los que podrán experimentar quienes lo ejercieron.

La oposición no democrática

Nos referimos a los sectores desplazados del poder que, lejos de reflexionar sobre la pérdida de lo que fue una oportunidad histórica, pueden a corto y mediano plazo desesperar y optar por el camino de su definitiva paramilitarización. La nostalgia los devolverá al discurso maniqueo, desfasándose no sólo de la realidad sino –buscando la legitimación del discurso- sectarizándose alrededor de la única obra doctrinaria que les quedará: las intervenciones públicas del presidente Chávez, por más incoherentes y circunstanciales que puedan ser.

Ya no contarán con el erario público para soportar las distintas iniciativas acostumbradas, extraviado el ejercicio de la política, por lo que la fase “postclientelar” tendrá por sustento los recursos y presuntos ahorros de los que dispongan los cuadros dirigenciales, por cierto, determinantes en alguna medida para ostentar tales responsabilidades, en –esa- la inevitable fulanización del esfuerzo político. Tengamos en cuenta que no ha habido tiempo para que el grueso de los dirigentes goce de la jubilación –por ejemplo, parlamentaria, suscitando en el futuro fuertes sospechas si incurriesen en un gasto desmedido de sus actividades públicas, sobre todo en el contexto de un partido de cuadros que intenta montar sendos focos en las áreas marginales de las grandes ciudades.

Consignemos la posibilidad de un duro enfrentamiento con un sector bien intencionado y dispuesto a corregir los errores del proyecto “chavista”, a menos que se sirvan de una fachada para introducirse en el juego democrático, sacrificando de esta manera a otro bien intencionado sector de profesión marxista. La culpabilización del fracaso será una faceta amarga en el supuesto de renunciar a toda la autocrítica necesaria para levantar un movimiento de porvenir prolongado.

Derechos humanos

Es común la observación en torno a la carácter no dictatorial del gobierno de Chávez, pues, ha consentido el santuario de Altamira y no ha perseguido abiertamente ni torturado a sus opositores, como ocurría en décadas pasadas. Debemos admitirlo con reservas, porque tal situación ha servido de vitrina de contraste para el régimen que no ha logrado convencernos de las muertes y de los heridos como el saldo deliberado de una política que descansa en el terrorismo paraestatal. Vale decir, el neoautoritarismo no se sincera en el terreno de la represión por diferentes factores, entre ellos una cultura política democrática de demostrada profundidad y obligado contexto, por lo que acude a la delegación de los círculos del terror. Sin embargo, será necesario un nuevo contraste en la etapa que se avecina.

Significa el relanzamiento de la democracia, asegurando que los órganos de seguridad y de inteligencia del Estado actúen con estricto apego a la Constitución y las leyes, así como en celoso resguardo de los derechos humanos. Sería imperdonable que la oposición, por más antidemocrática que fuese, sea víctima de una brutal o atroz persecución.

Otros tiempos dicen anunciarse. La improvisación será mala consejera en circunstancias que serán igualmente inéditas. El ejercicio opositor merece –desde ya- tanta atención como la recuperación social y económica del país, si es verdad que hemos redescubierto el sentido de la política, un horizonte irrenunciable aún para aquellos que despotrican de ella: somos nosotros, no el otro y los otros, quienes saltaremos para golpearnos contra el poste.

Los medios

Pocos dudan del actual fortalecimiento de los medios de comunicación social, aumentando su credibilidad –sobre todo la televisión- por el atrevimiento de pararse con sacrificio de la publicidad, lo que va contra la supremacía del lucro (y del lucro mercantil) en detrimento del bien común, noción fuertemente arraigada. Los investigadores del futuro podrán disponer de una riqueza de acontecimientos y de actitudes que probablemente no tiene precedentes, en relación a los medios. Sin embargo, es necesario repensarlos a la luz de lo que vendrá.

Es abundante la literatura que versa sobre el poderoso y novedoso papel político de los últimos años. E, igualmente, de la cuota de responsabilidad que les cabe en el advenimiento de fenómeno “chavista”. Hay que aprender de las lecciones históricas y no es posible reeditar las condiciones que lo produjeron en el esfuerzo fallido de un protagonismo de poder (político) de parte de los propietarios y ejecutivos.

La clave reside en el discurso antipartido. No hay otra modalidad para hacer política que a través de los partidos, así se llamen de otro modo y hasta se digan conformados por independientes químicamente puros. Es necesario disponer de un elenco organizado de ciudadanos que comulguen con un mensaje y una estrategia determinadas en dirección a los asuntos públicos, más allá de los proyectos que digan consumarse en la más amplia y generosa voluntad de cambio que, precisamente, requiere de elementos democráticos concretos.

Requerimos de medios con vocación opositora. Agreguemos: una oposición leal con los principios y valores democráticos. Sugiere que la conducta a asumir, por una parte, aprecie y tome en cuenta la pluralidad de esa oposición y, por otra, si se mantiene en pie algún proyecto personal de los titulares de los medios, no abusen de éstos sesgándolos. Recordemos siempre la lección de estos últimos años en la perspectiva de un inmenso poder de convocatoria, demostrado a lo largo de diciembre de 2002, por encima –incluso- de esa relativa abstracción que es la Coordinadora Democrática, una novedad de estos tiempos también necesaria de estudiar.

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