Opinión Nacional

De la revolución y del enchave o del Dr Chimbín al Dr Chávez

Entre horrores mayores, uno de los que coge fuerza cuando el poder es concentrado en pocas manos se llama adulación. Quien mueve los hilos, quien le ha puesto el guante por un rato a la silla de palacio y a las instituciones, se transforma a velocidad ultrasónica en objeto de lisonjas. Entre haladeras que van y haladeras que vienen, el encumbrado, por lo general corto de miras y largo de apetencias, supongo que se cree alzado en una nube. En cuanto a los aduladores (bueno, también chupamedias, jalabolas, lamesuelas y demás creaciones de la imaginación popular) fíjense que a veces terminan, rollizos y felices, en el carguito añorado, en el puestico razón del lisonjeo, emocionadísimos por tan contundente logro. Así son estos ejemplares.

Desde su triste condición, los que viven de “guindarse” experimentan casi en un santiamén impresionantes variaciones. Pasan a una humillante manera de temblar, enyeyarse o simplemente mearse cada vez que piensan en el jefe. Y no es de extrañar: esto ha ocurrido con muchísimos a lo largo de la historia. Sucede ahora ante el poderoso de turno y supongo que seguirá siendo así por los siglos de los siglos. Son resabios, quizás, de nuestra animalidad, trazas del mono que fuimos, recuerdos más o menos concretos de un pasado no por lejano menos, hasta cierto punto y a su manera, presente.

Hace pocos días una universidad de este país (Unellez) aprobó otorgarle al señor Presidente el título de Doctor Honoris Causa. Ante tamaña afrenta a la inteligencia sólo atiné a pensar en los venezolanos con méritos profesionales, humanos o artísticos como para merecerlo un millón de veces más que Hugo Chávez Frías. Un Honoris Causa es un reconocimiento, una distinción. ¿Y en qué se ha distinguido este señor?, ¿en qué sobresale?, ¿Cuál ha sido y es su aporte a la sociedad?. Toda una vida dedicada a la conspiración para acabar en la felonía de un intento golpista, perdónenme, pero únicamente merecería la cárcel, amén de un lugar muy bien ganado en el basurero repleto por la camada de gorilas que en Latinoamérica se alzaron o pretendieron alzarse con el poder, aprovechándose de la sangre y de las vidas de otros (jamás las de ellos, claro).

Es obvio, los dadores de semejante doctorado al Presidente son chavistas de una institución intervenida, nombrados a dedo por los maniáticos en el poder. No mucho menos cabría esperarse de esa gente, y ahí está: como controlar esfínteres se les hace tan difícil, pues justo entonces cualquier locura les atraviesa de cabo a rabo el cerebro. En esta ocasión la chifladura, como casi siempre, ha combinado de lo lindo con la ridiculez, lo cual dibuja un cuadro de vergüenza sólo comparable con el submarino destartalado de Giordani o con la suculenta ruta de las empanadas, asunto por lo demás poco problemático para la revolución si consideramos que tanta teja movida termina por quedarse en casa.

Qué vaina cuando la democracia se prostituye aún más en nombre de lo que un demagogo carismático arroja de los dientes para afuera. Qué vaina cuando la dignidad a algunos hombres no les sube de los pies. Qué vaina la genuflexión y el caradurismo de un Rector y sus pocos seguidores.

Por fortuna, la Asociación de Profesores de la Universidad de los Llanos reaccionó con prontitud: no avalan el regalo que sus autoridades pretenden darle a Chávez, ya han exigido la renuncia del Rector, y de paso el Presidente fue declarado persona no grata en el recinto de estudio.

Del doctor Chimbín al doctor Chávez el camino es el mismo, o sea, uno sembrado de mediocridad, de antivalores. Iba a decir que lo ocurrido en la Unellez no tiene nombre ni justificación posible, pero es falso. Todos sabemos los por qués, las razones para en este caso obsequiarle a alguien un honor que en lo más mínimo merece. Revolución y enchave caminan de la mano, y del doctor Chimbín al doctor Chávez solamente hay un suspiro.

Me consuela la idea de que revolución, más regalo incluido, son un asunto pasajero. Mil veces ojalá.

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