Opinión Nacional

De las FAN a la FA: Los Militares y la “Revolución” Chavista

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El proyecto inicial de la “Revolución Bolivariana”, hasta mediados de los años noventa, fue en lo esencial un proyecto de izquierda bastante ortodoxo, con elementos socialistas en cuanto a la propuesta político-económica y guevaristas en relación a la perspectiva estratégica general.(1) Si bien el “proyecto” se hacía eco de la visión guevarista orientada a encender una revolución a escala continental, sus promotores primigenios añadieron un aporte propio, posiblemente el único aporte estratégico original que se hizo desde Venezuela a la teoría revolucionaria latinoamericana: me refiero a la idea, planteada desde los tiempos de la clandestinidad del Partido Comunista de Venezuela bajo la dictadura de Pérez-Jiménez, y luego de la derrota guerrillera en los sesenta, de considerar a las Fuerzas Armadas no como enemigos a ultranza de un intento de cambio radical, sino como sus aliados potenciales. En palabras de Douglas Bravo: “Se trataba de lograr una gran alianza cívico-militar-religiosa, tal cual se había dado en 1958. Ese criterio seguía totalmente vigente (en los ochenta y noventa, AR) porque partíamos de la base de que las Fuerzas Armadas venezolanas poseían características específicas muy distintas a las del resto de las Fuerzas Armadas latinoamericanas. Nuestras Fuerzas Armadas venían del pueblo y tenían una sensibilidad social hacia el pueblo.” (2)

Hay que reconocer que esta tesis logró un éxito parcial, pues eventualmente el “proyecto” se concretó en dos golpes de Estado y la eventual conquista del poder, mediante elecciones democráticas, por parte de uno de sus principales protagonistas. Sin embargo, me parece muy importante aclarar que los golpes de Estado de 1992 (4-F y 27-F), no se llevaron a cabo en nombre de una ideología de izquierda o de una concepción socialista madura y medianamente coherente. La mayoría de los oficiales que participaron en las intentonas golpistas, muchos de ellos muy jóvenes, actuaron en función de un sentimiento de rechazo hacia el gobierno entonces imperante, y seguramente se hubiesen sorprendido si alguien les hubiese clasificado como marxistas o como seguidores de Fidel Castro. El “bolivarianismo”, entonces y ahora, es una emoción, no una ideología cohesionada y ajustada a realidades concretas del mundo de hoy; se trata de un símbolo y de un instrumento motivacional, más que de un plan para una acción de gobierno. Los oficiales golpistas, en general, se sentían “bolivarianos”, no marxistas o guevaristas.

La ambiguedad y confusión ideológica del movimiento “revolucionario” se puso en evidencia precisamente a partir del triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998, y de su ascenso al poder en febrero de 1999. Cuál era, en concreto, el “proyecto”?; en qué consistía?; dónde pretendían llevar a Venezuela? Más de quince meses y varias elecciones más tarde, estas interrogantes siguen vigentes, pues el “proyecto” chavista continúa sumido en paradojas y contradicciones que no parecen hallar rumbo definido.

La razón es bastante simple: en un sentido fundamental, la “revolución” llegó tarde a su cita con la historia. El mundo actual vive tiempos de cambio en una dirección modernizadora, con fuerte predominio de las ideas democráticas, del capitalismo y el libre mercado. No obstante, la Venezuela populista se niega a morir, y ha alcanzado una nueva etapa en su lucha contra la modernidad con un “proyecto” que mira hacia el pasado y busca, así sea a tientas, reeditar el estatismo y el populismo, y hacer funcionar un modelo económico que murió hace buen rato. Los revolucionarios de los sesenta y setenta y los “bolivarianos” de los ochenta y noventa concibieron sus esquemas para un mundo que ha dejado de existir. Desde entonces acá se derrumbó la Unión Soviética, cayó el muro de Berlin, las revoluciones cubana y nicaraguense colapsaron como proyectos históricos, y el socialismo revolucionario perdió su vitalidad y atractivo. También durante ese período América Latina experimentó con dictaduras militares “progresistas” (como la peruana) y “reaccionarias” (como las de Chile y Argentina), con un saldo que abrió en diversos países las puertas a un proceso de cambios democráticos y de libre mercado que se muestran, a pesar de numerosos obstáculos, bastante vigorosos.

Es cierto que la globalización genera desafíos muy complejos y difíciles para los países latinoamericanos, muchos de los cuales son herederos de cinco décadas de estatismo populista, y por lo tanto se encuentran poco preparados para asumir creativamente los retos de una sociedad abierta, de la productividad y la competitividad en un escenario internacional globalizado. Sin embargo, la América Latina actual presenta un panorama diverso, con varias naciones (México, Brasil, Argentina y Chile, entre otras), empeñadas con relativo éxito en no quedarse atrás e incorporarse a las grandes corrientes de cambio internacional, en tanto que otras (Venezuela entre ellas) intentan cerrarse sobre sí mismas y retornar a los sueños del pasado, hasta el punto de reivindicar los presuntos “logros” de la dictadura castrista como dignos de emulación.

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La fructificación del “proyecto” con la victoria electoral de 1998 colocó a los revolucionarios ante una realidad interna e internacional muy poco dúctil y escasamente estimulante para el radicalismo. En el plano interno, cabe afirmar que si algo ocurrió bajo el “puntofijismo” fue el desarrollo de una cultura política prioritariamente utilitaria entre los venezolanos de todos los estratos sociales.(3) En otras palabras, los venezolanos tienen expectativas y aspiraciones centradas de manera principal en aspectos materiales y de calidad de vida, y no en cuestiones ideológicas abstraídas de la realidad cotidiana. Ello significa que los gobiernos son juzgados con base a su desempeño concreto para mejorar la condición de la gente, su poder adquisitivo, su acceso a servicios, su seguridad, en resumen, su bienestar. No es el pueblo venezolano de hoy un pueblo con vocación al sacrificio por ideales lejanos, ni tiene la más mínima propensión a identificarse con experiencias como la cubana. Por otra parte, el contexto internacional se ha transformado de modo profundo, complicando más intensamente las cosas para cualquier “proyecto” con signo anti-capitalista y anti-norteamericano (como lo son todos los proyectos de izquierda en América Latina).

Numerosos indicios sugieren que una vez en la cárcel, y luego de su liberación, en los tiempos en que comenzaba su campaña proselitista dentro del marco de la democracia “puntofijista”, Hugo Chávez cayó bajo la influencia de las ideas del sociólogo argentino Norberto Ceresole, y en buena medida adoptó su visión político-ideológica. Los escritos de Ceresole están publicados y han recibido extensa atención en nuestra prensa estos pasados dos años.(4) Al respecto, no obstante, cabe hacer dos precisiones: 1) El hecho de que la “ideología” ceresoliana sea confusa, enrevesada, a ratos éticamente repulsiva y con frecuencia delirante no significa que la misma no tenga, en determinadas circunstancias, una importancia política, en este caso debido a sus efectos sobre un actor clave (Hugo Chávez) dentro de un proceso social (el venezolano de hoy) con innegable impacto interno y regional. 2) Las huellas del “ceresolismo” son bastante evidentes en los pronunciamientos, discursos, cartas y otros textos producidos por Hugo Chávez estos pasados meses. No obstante, ello no implica que Chávez haya adoptado la totalidad de los planteamientos del sociólogo argentino. Por ejemplo, el Presidente venezolano se ha cuidado de no hacerse eco, al menos de manera abierta, del antisemitismo tan presente en la cosmovisión de su mentor ideológico.

Lo que Chávez tomó de Ceresole, y lo que ha venido implementando, es la tesis de la “postdemocracia”, según la cual la “revolución” debe, en el plano interno, sustentarse en una especie de democracia plebiscitaria sobre las bases de una suprema concentración del poder en manos del “caudillo” o Presidente, de la minimización o eliminación de partidos y otras instituciones intermedias y de la conversión de las Fuerzas Armadas en una especie de milicia politizada y proselitista al servicio del “proyecto”. Ceresole le dió a Chávez las herramientas para establecer un “puente” entre las concepciones iniciales, socialista-guevaristas, que habían caducado en buena medida para el momento de su ascenso al poder, y la nueva situación. Las ideas del sociólogo argentino le proporcionaron a Chávez un elenco de enemigos, que en poco se diferencian de los tradicionales: los Estados Unidos, el “neoliberalismo salvaje”, la globalización, la democracia representativa (una “falsa” democracia, según Chávez-Ceresole), así como un esquema de aliados: la Cuba castrista, la guerrilla colombiana, los Estados árabes fundamentalistas, entre otros. De igual manera, la tesis de la “postdemocracia” militarizada viene como anillo al dedo a una figura por naturaleza carismática y autoritaria, que ha mostrado a lo largo de su ejercicio de gobierno una decidida tendencia a acumular y concentrar poder en sus propias manos, a convertir la política en una lucha entre “amigos” (que son manipulados, utilizados y descartados de acuerdo a lo que en cada etapa resulte conveniente), y “enemigos” (a los que hay que destruír). El ceresolismo, en síntesis, es el chavismo adaptado al marco sociopolítico e internacional que Hugo Chávez ha venido enfrentando desde el poder, marco muy diferente al que en sus orígenes despertó el interés, el rechazo y las cavilaciones de los “bolivarianos”, así como sus ambiciones “liberadoras”.

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El “tempo” de la táctica, es decir, la oportunidad de las movidas parciales sobre el tablero del conflicto, no es el mismo que el “tempo” de la estrategia, es decir, el de la concepción básica inicial y sustantiva que orienta el conjunto de la acción política y/o militar.(5) No pocos analistas del proceso político venezolano cometen el error de confundir ambos “tempos” o momentos del conflicto, lo cual les conduce a perder de vista la gran consistencia estratégica de la “revolución” chavista, y a extraviarse en los vaivenes tácticos de la misma. Un caso ilustrativo lo constituyen las Fuerzas Armadas. Sobre este aspecto crucial la acción “revolucionaria” se ha caracterizado por una gran consistencia, dirigida hacia tres objetivos primordiales: 1) Desmontar el sistema de control civil sobre la institución armada que predominó durante la época “puntofijista”. 2) Garantizar que el Jefe del estado (el “caudillo”) concentre en sus manos todo el poder de control sobre el aparato militar. 3) La transformación paulatina pero persistente del sector castrense nacional en un instrumento politizado, al servicio del “proyecto”.

La democracia “puntofijista” estableció diversos mecanismos de control civil sobre la institución armada, que funcionaron con notable eficacia por varias décadas, pero que se deterioraron paralelamente a la decadencia del sistema en su conjunto. El ascenso al poder de Hugo Chávez ha originado una honda transformación del esquema de relaciones cívico-militares en Venezuela, cuyo impacto esencial se mide, de un lado, en el incremento en el nivel de politización de las Fuerzas Armadas, y de otro lado en el desmantelamiento del andamiaje institucional de control civil. En cuanto a lo primero, el nuevo régimen ha cambiado el énfasis en cuanto a la misión de las Fuerzas Armadas, desde el plano de la defensa al del “desarrollo” y el compromiso con una causa de cambio social interno. Además, se ha promovido la incorporación de numerosos oficiales en tareas de administración de gobierno, tanto a nivel central como regional, y se les ha asignado la misión de ejecutar ambiciosos planes de apoyo social y económico a la población. Varios de estos cambios han adquirido rango constitucional (véanse los artículos 328 y 330 de la Constitución de la V República). En cuanto a lo segundo, la nueva Constitución elimina el control parlamentario de los ascensos, dejándolos plenamente en manos de la propia institución castrense, con excepción de los ascensos a general (o almirante) que son reservados en exclusividad al Presidente. Además, la Constitución procura unificar a las Fuerzas Armadas bajo una única estructura de mando —cambiándoles de paso el nombre, de “Fuerzas Armadas” a “Fuerza Armada” Nacional, en singular—, lo cual pareciera a primera vista positivo desde el punto de vista operativo, mas en realidad se trata de una disposición con sólido sentido político, orientada a centralizar el control en el Jefe de Estado.(6) En síntesis, en el nuevo orden de cosas la única figura electa en el país con algún tipo de vinculación constitucional —y se trata de un vínculo crucial— es el Presidente.

El incremento exponencial de la participación militar en asuntos de gobierno generará seguramente un aumento en el nivel de actividad política de los oficiales, en detrimento inevitable de su profesionalismo. De hecho, el Presidente de la República afirmó en una ocasión que su deseo es cambiar la norma, ya establecida en la nueva Constitución, que por ahora impide a los militares activos ser candidatos en elecciones, y ya se ha el visto caso de al menos un oficial involucrado en la acción proselitista del “Plan Bolívar 2000” (el programa de apoyo social manejado por los militares) que ha pedido la baja (retiro) para postularse como candidato a la gobernación de un estado. Cabe imaginar qué consecuencias puede más adelante traer un proceso semejante en términos de la unidad, estabilidad, y capacidad operativa del componente castrense de la República. Conviene igualmente tener en cuenta las numerosas denuncias que se vienen formulando (y que incluyen las del Contralor General saliente) sobre el manejo inauditado e inauditable de miles de millones de bolívares por parte de las Fuerzas Armadas en la ejecución del “Plan Bolívar 2.000”, situación que pone de manifiesto los graves peligros de intensificación de la corrupción en el seno de las FAN, a consecuencia de su participación política de acuerdo a las coordenadas ideológicas del “proyecto”.

Del mismo modo que la población venezolana en general parece estar desencantándose gradualmente de la gestión “revolucionaria” del gobierno, debido fundamentalmente a sus magros resultados socio-económicos, es razonable también presumir que en las FAN está creciendo el descontento hacia un “proyecto” que en sentidos fundamentales choca con valores, tradiciones, principios y alianzas largamente cultivados por el aparato militar del país. Desde asuntos puntuales —como el uso del uniforme militar, de Teniente-Coronel, por parte del Presidente en actos públicos, acción que violenta a ojos de muchos oficiales el principio medular jerárquico del mundo castrense—, hasta la suspensión de las importantes maniobras anuales “UNITAS” y “Red Flag” por parte de la Armada y la Fuerza Aérea respectivamente, a lo que puede añadirse la decisión presidencial, en diciembre pasado (1999) de rechazar la ayuda de dos buques repletos de ingenieros y maquinaria del ejército de los Estados Unidos en misión de ayuda humanitaria, luego de la tragedia natural en el estado Vargas; todo ello —repito—, más otras realidades en el mismo tenor tienen necesariamente que haber impactado de modo negativo nuestra estructura militar.

Las Fuerzas Armadas están amenazadas en su dignidad, en su profesionalismo y su capacidad operativa, y en su misión institucional. En una sociedad plagada por la inseguridad y el miedo, sujeta a la penetración de su territorio por parte de la narcoguerrilla colombiana, acosada por una incesante violencia, los militares se hallan vendiendo verduras y pintando escuelitas municipales, observando su médula jerearquica deteriorarse con la glorificación de los militares golpistas y la callada humillación de los que, en 1992, honraron su compromiso institucional y derrotaron militarmente los golpes (victoria militar que se convirtió en derrota política gracias a la miopía y mezquindad de la dirigencia civil de entonces). El efecto de la politización “desde arriba”, por otra parte, no podría ser más nefasto en su incidencia sobre la capacidad operativa de las FAN. Numerosas han sido las advertencias en este sentido. Durante el “puntofijismo” el componente militar venezolano alcanzó lugar preeminente en el contexto latinoamericano por su profesionalismo y calidad combativa. Hoy, la “revolución” les aparta de su papel para convertirles en una especie de milicia popular dedicada al proselitismo socioeconómico, en tanto que valiosos equipos en los que el Estado invirtió cuantiosas sumas se degradan debido a su empleo en tareas asociadas al “Plan Bolívar 2.000” o a consecuencia de la carencia de recursos para su adecuado mantenimiento. Paso a paso, las Fuerzas Armadas Venezolanas están dejando de ser un instrumento de soberanía y estabilidad constitucional para convertirse en herramienta al servicio de un proyecto político personalista, que pretende no solamente someter a la sociedad a un estado de conflicto permanente en el plano interno, sino también reubicar al país en el contexto geopolítico internacional, colocándonos sobre un nuevo eje “pluripolar” en confrontación con los Estados Unidos.

4

El peligroso rumbo descrito hunde sus raíces en el esquema ceresoliano, adaptado por el Presidente Hugo Chávez y ejecutado con persistencia estratégica y flexibilidad táctica. En este orden de ideas, cabe insistir en que el carácter confuso y en ocasiones delirante de los planteamientos ceresolianos no debe ocultarnos un hecho: “ideas” similares han producido en el pasado reciente graves daños al sector castrense latinoamericano, como lo muestran —entre otros— los casos argentino y chileno de los años sesenta y setenta. Por lo tanto, a pesar de su naturaleza opaca y violenta, el mensaje ceresoliano requiere discusión.

En esencia, Ceresole pide dos cosas a los militares venezolanos: En primer término, que adopten una visión geopolítica nueva y se ajusten a otra alianza estratégica, ambas sustentadas en la confrontación frente a Estados Unidos, alineándonos dentro de un bloque diferente que a decir verdad jamás es definido con precisión por el sociólogo argentino, pero que pareciera incluír una Rusia otra vez beligerante, así como los regímenes árabes radicales, y por supuesto la Cuba castrista. En segundo lugar, Ceresole asegura a nuestros militares que el “proyecto revolucionario” ahora puesto en práctica en Venezuela constituye su única salvación. En sus palabras: “No existen dos proyectos militares. Existe uno solo, porque el otro está orientado a la destrucción de la Fuerza Armada, tal como ya ha ocurrido en la mayoría de los países liberalizados y democratizados de la América Meridional”.(7)

Las elucubraciones ceresolianas son poco originales. Su extraña y farragosa mezcla de anti-yanquismo y anti-semitismo, con elementos de marxismo y fascismo unidos a una enrevesada teoría conspirativa de la historia ha jugado ya un papel en el proceso de decadencia ideológica de los ejércitos latinoamericanos, con trágicas consecuencias. Por fortuna, en Venezuela el esquema ideológico ceresoliano ha tenido, hasta ahora, escasa penetración en el sector castrense en general, pero lamentablemente, la evidencia sugiere que el Jefe del Estado simpatiza con las tesis del sociólogo argentino. Así lo pone de manifiesto, por un lado, el anti-yanquismo de nuestra actual política exterior, la defensa de la revolución castrista, la búsqueda de un mundo geopolíticamente “multipolar” (contra Estados Unidos), y la fantasiosa concepción de una “OTAN del Sur” para responder ante amenazas que nadie parece tener claras, y que más bien apuntan hacia la famosa unidad de los “ejércitos revolucionarios” en América Latina. Por otro lado, desde luego, el impacto ceresoliano se plasma en la visión de la “postdemocracia” plebiscitaria del caudillo-ejército-pueblo, en franca ruptura con la tradición occidental de la democracia representativa.

A mi modo de ver, las recetas de Ceresole constituyen el más seguro y expedito camino para el deterioro profesional, institucional y moral de nuestros militares, y la eventual aniquilación de las Fuerzas Armadas venezolanas como sector comprometido con un orden político civilizado. Para empezar, la visión geopolítica del sociólogo argentino implica romper con el principal socio estratégico, comercial y sociocultural de Venezuela, los Estados Unidos, una nación que está al frente del progreso en todos los órdenes de la existencia contemporánea, y con la cual nos unen hondos y sólidos vínculos de toda índole, que en múltiples sentidos y aspectos nos benefician. El sociólogo argentino parte de la premisa errada de que la actual hegemonía norteamericana pronto será puesta en juego por Rusia y China, lo cual no es en modo alguno cierto, y pretende que Venezuela sacrifique sus lazos con Washington a favor de un cadáver histórico como sin duda lo es la revolución castrista en Cuba. Semejante transformación en nuestra ubicación geopolítica sería sencillamente un acto demencial, que acabaría por ubicarnos junto a regímenes oprobiosos que poco o nada tienen que ver con nuestras tradiciones, costumbres, valores y aspiraciones.

Ceresole argumenta además que han sido la democratización y liberalización políticas de estos pasados años las que han “destruído” a las Fuerzas Armadas latinoamericanas. El sociólogo argentino parece olvidar que la “destrucción” (en realidad, pérdida de prestigio y peso político-social) de los militares en su país fue el resultado de las terribles dictaduras ejercidas por el sector castrense en Argentina (dictaduras en no poca medida inspiradas en la ideología ceresoliana), de la patética aventura de las Malvinas, y de la indignante “guerra sucia”. En cuanto a Venezuela, nadie, absolutamente nadie en su sano juicio ha propuesto o siquiera sugerido la eliminación de las Fuerzas Armadas. Al contrario, el gran peligro que corre nuestro sector castrense se deriva precisamente de la politización forzada a que está siendo sometido por el Jefe del Estado, en parte gracias a los “consejos” malevolentes y distorsionadores de un hombre que por desgracia ha importado a nuestro país el tono y los contenidos del mensaje fascistoide que tanto daño ha causado entre los militares de otras naciones hermanas, y que ahora amenaza con contaminar a las nuestras. Las Fuerzas Armadas venezolanas enfrentan un desafío crucial en estos tiempos de mengua, y su responsabilidad ante el país y ante sí mismas es ineludible. El rumbo que les señala Norberto Ceresole, y al que parece acogerse el Presidente de la República, representa un verdadero suicidio para la institución castrense nacional.

Ante el panorama planteado, ¿Qué deben hacer las Fuerzas Armadas? Para empezar, comprender la naturaleza de las amenazas que sobre ellas se ciernen: En primer término, a su dignidad; en segundo lugar, a su profesionalismo y capacidad operativa; por último, a su unidad y misión institucional. Si esas son las amenazas, y de ello estoy plenamente convencido, a las Fuerzas Armadas les competen, ahora y hacia el porvenir cercano, tres tareas esenciales: Primero, defender su dignidad y preservar su unidad, marcando clara distancia frente a un “proyecto” que las pervierte y conduce al abismo. Segundo, recuperar su capacidad operativa, que se ha visto seriamente degradada por una estrategia demagógica, cuyo propósito final es sin duda impedir que el sector castrense obstaculice la concentracióin personalista del poder. Tercero, impedir que el anacronismo y radicalismo ideológico de la actual dirigencia lleven a cabo el proyecto de alinear a Venezuela en un nuevo eje geopolítico, junto a la Cuba castrista, los Estados fundamentalistas en el Medio Oriente, las FARC y el ELN en Colombia y otros movimientos “revolucionarios” en América Latina, convirtiendo a Venezuela en un centro de subversión regional y global.

Carece de sentido, ya a estas alturas del juego, pretender que las Fuerzas Armadas puedan garantizar la “democracia” y la “estabilidad constitucional” como partes de un proyecto político que persigue a todas luces su destrucción, así sea gradual y por etapas, y su transformación en dócil herramienta, que posibilite el tránsito del país por un camino suicida para nuestra existencia como sociedad civilizada. Ese discurso tradicional está agotado en Venezuela, gracias a la implacable vocación de un líder mesiánico, que ha decidido de manera irrevocable culminar su misión como revolucionario.

5

Qué es un revolucionario? Como bien apuntó Henry Kissinger, si la respuesta a esa pregunta fuese fácil, pocos revolucionarios tendrían éxito, pues sus adversarios advetirían a tiempo la amenaza y actuarían decididamente en su contra.(8) La historia enseña, sin embargo, que los revolucionarios triunfan no precisamente porque engañen, sino porque sus enemigos no creen que hablen en serio. Sólo muy tarde, en retrospectiva, los objetivos de los revolucionarios se muestran verdaderos, pero ya las consecuencias de sus actos son irreversibles. El caso de un Hitler es uno de los más reveladores: siempre dijo lo que pensaba y planeaba hacer; no engañó a nadie, y no obstante no le creyeron. Lenin recibió ayuda del Alto Mando militar alemán para viajar a Rusia en 1917, y el líder bolchevique anunció: “le venderé al último de los capitalistas la soga con la que le ahorcaré”. Castro hizo un diestro uso del engaño por buen tiempo, pero también es un ejemplo de las dificultades sicológicas y políticas que se interponen en cualquier intento de detectar a tiempo, y contener, una amenaza revolucionaria. En 1958, el nuevo gobierno democrático venezolano envió armas a la Sierra Maestra para que los románticos “barbudos” acabasen con el odiado Batista, y Washington se cruzó de brazos mientras los guerrilleros avanzaban hacia la Habana. No es cuestión de estupidez, sino de miopía.

Salvando todas las necesarias distancias, Venezuela y América Latina entera enfrentan hoy una nueva y muy seria amenaza revolucionaria, encarnada en el liderazgo mesiánico y radicalizante de Hugo Chávez. A pesar de que Chávez ha dicho una y mil veces qué cree y por qué lo cree, ha anunciado una y mil veces en innumerables discursos qué es lo que se dispone a hacer, y ha despejado toda duda acerca de sus convicciones y propósitos, todavía existen muchos que no quieren creerle, que atribuyen sus pronunciamientos a la confusión o a una especie de virus pasajero, y se consuelan con la vana esperanza de que el caudillo “bolivariano” va a cambiar y a convertirse en una especie de Menem o Cardozo, que con seguridad abandonará el populismo por el neoliberalismo y la retórica de izquierda por el lenguaje de Wall Street.

Se trata de una ilusa esperanza, pero lamentablemente, no parece haber forma de convencer a los que se empeñan en presumir que a Chávez no hay que tomarle en serio, que sus palabras son meras fantasías y sus anunciadas metas los sueños de un adolescente que madurará pronto. Lo cierto, no obstante, es que Chávez es un verdadero revolucionario, que si bien es capaz de adoptar una táctica flexible para avanzar hacia sus objetivos, posee una clara estrategia y firmes convicciones. Esto no significa que su ideología sea coherente, o que sus creencias políticas puedan superar un riguroso test filosófico en cuanto a solidez y cohesión. Ahora bien, el hecho de que su visión política sea confusa no la hace menos dañina. Chávez se considera portador de una misión revolucionaria, y si bien su “bolivarianismo” es más una emoción que una ideología coherente, el caudillo venezolano tiene muy claro aquéllo a lo que se opone: la democracia representativa de tradición ocidental (a la que califica de “falsa” democracia), el capitalismo y los mercados (que promueven, en su opinión, la “injusticia social”, y a los que ahora tolera por necesidad), el pluralismo (que combate día a día, asfixiando paulatinamente la oposición a su gobierno), y los “centros de poder unipolar” (en concreto, los Estados Unidos e Israel). La visión geopolítica de Chávez proyecta una radical transformación en América Latina, conducida por “ejércitos bolivarianos” en alianza con la Cuba castrista, los Estados árabes radicales (Irak, Irán, y Libia), una Rusia de nuevo beligerante, y China Popular. En esta lucha contra el “neoliberalismo salvaje” todo aliado es bienvenido en la medida que comparta los mismos enemigos: Estados Unidos, Israel, y las “oligarquías” en las diversas naciones de latinoamerica. De allí que Chávez simpatice con las guerrillas en Colombia, se solidarice con los militares golpistas en Ecuador, y vote a favor de Cuba e Irán en materia de derechos humanos en las Naciones Unidas; de allí también que Chávez haya rechazado la ayuda norteamericana en respuesta a la catástrofe natural del pasado diciembre en las costas venezolanas, pero a la vez acepta la contínua presencia en los lugares afectados de centenares de “médicos” cubanos, a pesar de las reiteradas protestas elevadas por la Federación Médica Venezolana.

Si bien todo lo anterior suena fantasioso para algunos, y a otros parece una pesadilla, ello no implica que Hugo Chávez no lo crea, y firmemente. De haberle preguntado a los dirigentes que tomaron la decisión de ir a la guerra en Europa en 1914 qué les parecían las doctrinas de un oscuro agitador ruso, exiliado en Suiza, seguramente habrían reído calificándolas de cuentos para niños. Y si en el Departamento de Estado algún astrólogo hubiese afirmado, en 1959, que un Castro marxista gobernaría Cuba los siguientes cuarenta años, posiblemente habría sido enviado de inmediato a un manicomio. Ni hablar de los discursos estrambóticos de aquél orador de cervecerías, en el Munich de los años veinte, que estremecía a su audiencia pronosticando la aniquilación de los judíos.

Es cierto, los tiempos han cambiado: vivimos en la era de la Internet; los revolucionarios enfrentan más escollos, y la democracia y los mercados se extienden por el mundo. Pero es que acaso la historia marcha de un modo inevitable por un sólo sendero? Somos tan ingenuos en suponer que vivimos tiempos de creciente e irreversible perfección y conquista definitiva de la libertad? Semejante creencia no es más que una ilusión. América Latina atraviesa tiempos difíciles; la respuesta a los retos de la globalización genera crecientes tensiones y dificultades. En tales condiciones, el llamado radicalizante de una ideología mesiánica puede cundir como fuego en la pradera seca. Como mínimo, Chávez representa el retorno de un populismo demagógico y destructor; pero su amenaza es más intensa y compleja, y tiene una fundamental dimensión geopolítica. Ni Washington, ni buena parte de los líderes democráticos latinoamericanos, para no hablar de los no pocos tontos útiles que en Venezuela continúan haciendo coro al hombre fuerte que les insulta y ofende a diario, se han percatado aun adecuandamente de lo que significa y representa Hugo Chávez. Este último, con innegable habilidad, se cuida de avanzar gradualmente hacia sus objetivos, fortaleciéndose a cada paso, y nublando con medias verdades el campo de visión de sus adversarios potenciales. Pero continúa su rumbo, y lo hace con constancia y pasión. No todos, sin embargo, seremos tomados por sorpresa cuando el verdadero rostro de Hugo Chávez se muestre palpable e inequívocamente ante nuestras conciencias.

NOTAS:

(1) Sobre este punto, véase el libro del periodista Alberto Garrido, La historia secreta de la revolución bolivariana (Mérida: Editorial Venezolana C.A., 2.000).

(2) Ibid., p. 48.

(3)Con relación a este tema, puede consultarse mi libro, Decadencia y crisis de la democracia (3a ed., Caracas: Editorial Panapo, 1999), pp. 22-28
(4) Para los propósitos de este estudio, el más relevante texto ceresoliano es el titulado “Caudillo, ejército, pueblo. El modelo venezolano o la postdemocracia”, que puede consultarse en Venezuela Analítica (Biblioteca Virtual). Internet: analitica.com.

(5) En torno a esta temática, puede consultarse la obra de Joan E. Garcés, Allende y la experiencia chilena (Barcelona: Editorial Ariel, 1976, pp. 339-344
(6) Véase, Harold Trinkunas, “”From Depoliticization to Interventionism?: Changing Patterns of Civil-Military Relations over the Course of ‘Punto Fijo’ democracy”. (Paper delivered at the 2000 LASA meeting, Miami, March 16-18, 2000, pp. 35-36.

(7) Norberto Ceresole, “Sobre la fuerza armada nacional”, Venezuela Analítica, 2 abril 2000. Internet: analitica.com
(8) Henry A. Kissinger, “El revolucionario blanco: Reflexiones sobre Bismarck”, en, D. A. Rustow, ed., Filósofos y estadistas (México: Fondo de Cultura Económica, 1976), p. 394-395

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