Opinión Nacional

Del codo al caño

Mientras el fallido poeta, que hace de fiscal general de la República, Isaías Rodríguez ensayaba una versión moderna y Bolivariana de la Sherezade de las Mil y una noches, en su discurso de orden pronunciado en la Asamblea Nacional a propósito de los aciagos días del mes abril de 2002, y le arrancaba, a punta de ditirambos, lágrimas de los ojos al general taoista Raúl Baduel; en Oviedo, España, el físico británico Stephen Hawking inauguraba los actos de celebración del 25 aniversario de la entrega de los premios Príncipe de Asturias con la conferencia “Retrocediendo en la historia”.

Dispuso el azar que estos dos hombres compartieran, casi a una misma hora pero en escenarios distintos y en tono ético dispar, idéntico destino. Dos hombres que debían explicarle al mundo cómo puede la ficción superar a la infamia, por un lado; y cómo se comportan las leyes básicas que gobiernan el universo, por el otro. Dos hombres, marcados por el peso de la lealtad incondicional, el primero; y por el peso del duda sistemática, el segundo.

Así las cosas, en Oviedo, Stephen Hawking, desde una silla de ruedas donde reposa de una ya larga Esclerosis Lateral Amiotrófica que se ha tragado todos sus movimientos y le ha inutilizando centímetro a centímetro los músculos de su cuerpo, dejándole intacta su capacidad cerebral y la posibilidad de mover los ojos y algunos de los dedos de su mano derecha, reproducía, a través de un complicado artificio tecnológico, la voz que ya no le queda para afirmar que hay “un número muy elevado de universos posibles” y que para comprender la génesis de esa diversidad que pasa por la pregunta capital de la vida, resumida en el ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos? había que ver hacia delante y no de manera retrospectiva como recomienda el determinismo científico. De suerte que para él era más ‘fácil’ predecir la evolución futura del universo que su historia pasada.

Las palabras de Hawking en Oviedo encajaban perfectamente en la estrategia que desarrollaba Isaías Rodríguez en el Palacio Legislativo de Caracas. Para el jefe del Ministerio Público, también, “El universo tiene muchas historias alternativas” de allí que él podía rehacer la historia de cara al futuro, obviando para ello los movimientos y sucesos que no cuadren con su ‘teoría de la gesta abrileña’. Estaba el fiscal permitiéndose la licencia poética que recomienda Roberto Hernández Montoya a la hora de inscribir lo que para cada uno de nosotros fue “Mi 11 de abril de 2002”.

Tarea de poeta pues la de Isaías. Pero que cumple cuidándose de que el rompecabezas del que hablaba Hawking en Oviedo no reagrupe sus piezas al estado original que le daba forma y sentido. Por eso es que a él le corresponde el Había una vez de un cuento por entregas que disuelva en la neblina de la anécdota y sus interpretaciones de militante revolucionario, fogueando desde la temprana edad de los 14 años, la verdad que aspiramos conocer la mayoría de los venezolanos. Por eso el fiscal no habla de la búsqueda de la verdad sino de ‘su verdad’, vale decir la verdad del gobierno; por eso no mueve un dedo para que se active una comisión plural que como la bala de cobre llegue hasta los huesos de un evento histórico que día a día divide al país.

En el cuento de Isaías, un general de tres soles es victima de un intenso culillo producto de los gritos de sus compañeros de armas y la amenaza de un subalterno, por lo que se dirige, antes de irse a dormir porque estaba muy cansado, en cadena de radio y televisión para anunciar la renuncia del presidente de la republica, la cual acepto. En el cuento de Isaiás, no podía ser de otra manera, abundan los espías norteamericanos, submarinos, portaaviones, gobiernos y jefes de Estado repartiendo invitaciones casa por casa para que los venezolanos asistieran a la marcha del 11 de abril donde los francotiradores que vio Roberto Hernández Montoya, en los alrededores de Miraflores, le darían lo suyo.

Ahora, para acabar con el mal chiste de las acusaciones reciprocas habría que ponerse de acuerdo en una versión aproximada del país que fue en el mes de abril de 2002, porque es indudable que en esos días se jugó un billar a más de tres bandas, y que hubo un pueblo que salió a la calle movida por una convicción en la que creía. De forma que en nada ayuda las dotes de acomodador con el que pretende el abogado Isaías rehacer la historia. Gran favor le haría este señor si renunciará y volviera de nuevo a su chambita con el régimen. Y miren que una vicepresidencia no es concha de ajo.

Los jugadores del billar macabro que cegó la vida de seres humanos inocentes, tienen una responsabilidad histórica pero también tienen un país en común: Venezuela. Entonces, para qué seguir con ese derrame de tinta y discursos que hemos escuchado y leído esta semana. Porqué no ir, más bien, hacia la conformación de una comisión de la verdad. Si eso no se da, nunca podremos cicatrizar de las heridas de aquellos días.

Por ejemplo, cómo se quitan los Medios el San Benito del desafuero noticioso que acusó espléndidamente Ibsen Martínez en su crónica del 20 de abril de 2002; cómo carajo juzgamos a los pistoleros de puente El Llaguno, cómo terminamos leyendo las palabras del presidente acusando al Alto Mando Militar de cobardes, cómo desentrañamos la solicitud de aplicación del Plan Ávila contra la población civil. En fin porqué tanto miedo de abrir la caja de Pandora.

Si no logramos ponernos de acuerdo como pueblo la herida continuará sangrando y, fatalmente, caeremos en el coño eterno en el que desemboca la canción infantil que repite invariablemente la formula del codo al caño y del caño al codo.

Razones esdrújulas

I

La importancia de tener consigna.

Este presidente si es avisado, nada en él queda para luego y todo tiene su momento, como en el bíblico Cantar de los Cantares. En la madrugada del miércoles 13, horas antes de juramentar a su ejercito particular, descubrió, en un libro que le regaló su ministro de energía que el general Juan Vicente Gómez era un maluco que traicionó al país regalando el petróleo venezolano. Pero no solo eso, justo cuando saboreaba la traición que cometió Juan Vicente contra su compadre, el llamado Cabito y general de la planta insolente se le ocurrió la consigna necesaria y el efecto pirotécnico adecuado para su milicia: ¡Soberanía o muerte! De esa manera guardaba respetuosa distancia verbal con la consigna patentada en la cuba de su pana Fidel Castro, quien desde hace 45 años atrás la mantiene a todo lo alto, no sea que se le cuele imperialismo: ¡Patria o Muerte!
Importante sería que los que proponen al comandante para el premio Nóbel de la Paz, incluyan ese aporte de Hugo al catalogo de las bienaventuranzas con las que se protege el mundo de la violencia.

II

Lo dijo Giulio Andreotti, ex primer ministro de Italia.

«el poder desgasta, pero la falta de poder, desgasta mucho más»

Esa frase ronda en la mente de quienes ordenan paradas militares y en quienes desde la oposición no saben con qué boca hablarle al país.

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