Opinión Nacional

Deportes, expectativas y realidades

Ante el interés que suele generar cualquier evento deportivo de mediana magnitud, es innegable que los Juegos Olímpicos Beijing 2008 han captado como es normal, la atención de todo el planeta.

Si en términos económicos, se identifica a la competitividad como un rasgo de los procesos productivos globales de hoy, sustentados crecientemente en el conocimiento y el factor tecnológico, ese mismo escenario se traslada, con mucha más fidelidad y propiedad, al territorio de los deportes. No es descabellado afirmar, que detrás de las tradicionales competencias de atletismo, natación, levantamiento de pesas, gimnasia entre otras, se está librando una batalla de la ciencia y la tecnología, aplicadas al mejoramiento del desempeño humano en el terreno deportivo de alta competencia.

En nuestro país, en la tupida selva de informaciones, estadísticas, reseñas y comentarios que, en el plano mediático, la magna cita olímpica ha suscitado, destaca un dato con no poca publicidad, particularmente por parte del gobierno: Venezuela ha enviado la más alta cifra de atletas a la fecha, con un contingente de 109 deportistas.

Vale realizar una aclaratoria necesaria. Cada atleta o deportista venezolano que asiste a cualquier evento para representar los colores el país, debe merecer y merece nuestro mayor respeto y consideración, porque debe entenderse que el honor que este hecho puede significar para el o la atleta, puede equipararse a la convicción de que, en esa competencia, entregará su mayor esfuerzo y hasta la última gota de su sudor, para conseguir el triunfo. Y no dudamos que ello ocurra con cada compatriota que acudió a la cita de Beijing 2008.

El problema puede radicar, probablemente, en la disociación o distancia existente entre las expectativas y las realidades. Sin descartar otros elementos, factores culturales o sociológicos pueden explicar un triunfalismo exacerbado, o la elaboración de discursos que simbólicamente generan alguna alegría o fervor colectivo, pero que al chocar con los resultados concretos o reales, nada favorables, revelan la sobrevaloración de las posibilidades, y el piso endeble de las expectativas iniciales.

Ocurrió con la participación de Venezuela en el Mundial de Béisbol, celebrado hace dos años, y ante el cual muchos esperaban una actuación más destacada a la obtenida, a juzgar por el número y la calidad de grandesligas criollos participantes, algunos verdaderas estrellas, y la consideración del béisbol como el deporte nacional. El revuelo y las protestas que se han generado, a propósito de la cercanía de otra edición del evento este año, por parte de algunos peloteros, nos remite otra vez a preguntarnos sobre nuestra capacidad de autocrítica, para explotar y aprovechar adecuadamente, las ventajas comparativas y el talento en ciertas y determinadas disciplinas.

Ello, sin mencionar el caso del fútbol y la selección nacional vinotinto, que ha demostrado avances importantes en su nivel de juego, pero que parece a ratos tambalearse, al toparse con la piedra de la confianza desmedida, o un triunfalismo imprudente, o poco sensato.

No debe soslayarse que en toda acción planificadora, el establecimiento de objetivos y metas en los plazos temporales respectivos, debe ir acompañada del estudio sincero y descarnado de los recursos, aptitudes, fortalezas y debilidades internas (bien sea del atleta, de un equipo o de una organización), junto a las variables del entorno que pueden contribuir o impedir el éxito.

Aferrarse a la belleza de un sueño, al encanto de los buenos deseos, o a la celebración de un éxito o triunfo posible pero no concretado, sin bases reales o aferrándose a un capricho, lleva usualmente al desencanto y a la frustración.

Ha sucedido y sucede hoy, tristemente, con la realidad política nacional, en la cual las expectativas por un cambio o rectificación frente al deslave social, institucional y jurídico del país, fueron hace rato desvanecidas por la patética realidad de la soberbia y autismo del poder, cada vez más concentrado, sin control ni contrapeso alguno.

Ojala, al menos en el campo deportivo, las expectativas puedan descansar con más base y fundamento en la realidad del esfuerzo, el talento y la construcción de las posibilidades concretas del éxito. Así, no importará el número o la cantidad de atletas participantes, sino la seguridad de que podremos aplaudir y celebrar el triunfo de los que, sin mucha pompa, pongan en alto el nombre del país.

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