Opinión Nacional

¿Desde cuándo verdugo pide clemencia?

El historial de Hugo Chávez contra las instituciones, personalidades, partidos políticos y sectores sociales es interminable. Los medios de comunicación, la jerarquía de la Iglesia católica, los generales de las Fuerzas Armadas, el Tribunal Supremo de Justicia, los dirigentes políticos y hasta los humoristas, han sido blanco de los dardos envenenados lanzados por el comandante desde su época de candidato presidencial. De acuerdo con su particular visión y periodización de la historia patria, la IV República –que comienza en 1830 con la desintegración de la Gran Colombia y la supuesta traición de Páez a Bolívar, y no con la caída de la dictadura de Pérez Jiménez y la firma del Pacto de Punto Fijo, como muchos creen- nunca sirvió para nada. Siempre estuvo al servicio de la oligarquía y bajo el control de cúpulas corruptas y desalmadas que chuparon hasta la última gota de sangre de este sufrido pueblo.

Con relación a la etapa específica que arranca el 23 de enero de 1958, Hugo Chávez jamás ha tenido el menor signo de piedad, a pesar de que habiendo sido hijo de un modestísimo maestro de escuela en un remoto pueblo de provincia, recibió la oportunidad de graduarse en la Escuela Militar, donde alcanzó el grado de Teniente Coronel. En otros términos, el Pacto de Punto Fijo le permitió -como a millones de otros venezolanos- ascender en la escala social desde el estrato más humilde hasta la clase media. Logrado aquel escalafón, y como parte de una logia militar, organizó el golpe de Estado por todos conocido. A pesar de esta traición a la democracia y a la lealtad que le debía a la Constitución y al Gobierno legítimamente constituido, ese régimen al que tanto desprecia, en un acto que hoy luce ingenuo e irresponsable, lo perdonó hasta el punto de considerar que su acción no había constituido ni siquiera un delito; es decir, sobreselló la causa, en vez de indultarlo.

Como candidato presidencial, papel que nunca ha abandonado, y como Presidente de la República, el hombre de Sabaneta ha cometido toda clase de excesos y desafueros. La sindéresis no ha sido precisamente una característica de su gestión. Sin embargo, ahora resulta que este hombre de verbo incendiario, que se considera a sí mismo el Presidente sólo de la franja de venezolanos que votan por él, que desde hace años comete el exabrupto de ser también presidente del MVR, y que injuria, descalifica y agrede a todo aquel que se le enfrenta o simplemente difiera de sus posiciones, pide que los medios de comunicación sean “objetivos” en el tratamiento de sus siete años de Gobierno, que la oposición se enserie y sea comprensiva con su escandalosa incompetencia, y, por añadidura, se indigna con el cardenal Rosalio Castillo Lara por la homilía pronunciada en la romería en honor a la Divina Pastora.

¡Hay que tener tupé para que quien perpetra todo tipo de desmanes reclame “objetividad” y “comprensión”! Para ser “objetivos” -esto es, ecuánimes, imparciales y comedidos- hay que recibir un trato equivalente. La desmesura, así como la violencia, engendran comportamientos similares. No se trata de actuar con retaliación, sólo de proceder en correspondencia. Los excesos presidenciales se han convertido en una norma que se ha extendido a toda la sociedad. Es probable que visto el asunto en abstracto, un evento pastoral como la procesión que honraba a la patrona de Barquisimeto, no haya sido el lugar más indicado para que el prelado pronunciase su diatriba contra el jefe del Estado. Sin embargo, ¿qué reclama Chávez? Las palabras del Cardenal reflejan de forma cruda y valiente la realidad nacional. El país está sumergido en una crisis como nunca antes se había visto, mientras la democracia atraviesa su peor momento. La institución del voto languidece por la sujeción del CNE al poder de Miraflores. Castillo Lara no cometió el pecado que consiste en dar falsos testimonios y mentir. Con respecto a la impertinencia del lugar y el entorno, Chávez y quienes lo acompañan en esta acusación, tampoco tienen razón. Si viviésemos en un país con instituciones que mantuviesen entre sí respeto, autonomía y equilibrio, las diferencias se dirimirían en la instancia correspondiente. Pero ese no es el caso de la Venezuela actual. Quienes defienden la libertad y ven con horror lo que está ocurriendo, están obligados a aprovechar todos los espacios posibles para proclamar las ideas de libertad. Esto fue lo que hizo el cardenal Castillo Lara.

En su comportamiento no hay nada objetable, y menos si la objeción proviene del primer mandatario nacional. ¿Acaso no es él quien politizó la FAN con arengas proselitistas en cuarteles y guarniciones? ¿Sus continuas e interminables cadenas no constituyen un abuso de poder? ¿El más reciente mensaje a la Asamblea Nacional fue el mensaje de un Presidente que siente respeto por el Parlamento y por el país? ¿No es el quien ha ofendido y trasgredido todos los cánones de la vida civilizada? La regla impuesta por Chávez consiste en pervertir y distorsionar las atribuciones que le corresponden como Presidente. Chávez hizo que desaparecieran todas las fronteras que separaban al Gobierno del Estado, y al Gobierno y al Estado del Partido. Con él se suprimieron todos los contrapesos institucionales. Es su voluntad la que domina. Su régimen es autocrático con intensos rasgos de autocracia comunista (fidelista). Entonces, ¿de qué se queja cuando un prelado de la autoridad moral y la claridad ideológica de Castillo Lara le canta las verdades en su cara?
Este año Hugo Chávez tiene la posibilidad de demostrar que está dispuesto a cambiar para ganarse la “objetividad” y “comprensión” que demanda. 2006 es un año electoral. En Colombia, Álvaro Uribe le puso el ejecútese a la Ley de Garantías Electorales, instrumento que restringe el poder y discrecionalidad del Presidente que aspira a ser reelecto, en el uso de los recursos del Estado en provecho de su propia campaña. Chávez tiene que hacer lo mismo. Sólo debe dirigirse a sus obedientes parlamentarios para que elaboren esa ley. Mejor aún, puede presentarla en la Asamblea como una iniciativa legislativa del Poder Ejecutivo. Otra medida que podría adoptar, esta vez siguiendo el mandato popular del 4-D, es modificar el CNE para colocar allí a personas honorables que gocen de la confianza de una sólida mayoría del país. Estos dos gestos reivindicarían su maltrecha imagen, y le darían credenciales para pedir con auctoritas la ecuanimidad que hoy es imposible mantener frente a su nefasto Gobierno. Si persiste en su actitud de autócrata irredento mejor es que se mantenga callado, pues verdugo no pide clemencia.

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