Opinión Nacional

¿Después de Chávez,…Quo Vadis Venezuela?

Nos enfrentamos ahora al problema de prepararnos para la democracia que viene. Debemos evitar que se crea que con el término del gobierno de Chávez, significa por sí misma la solución de todas nuestras carencias, de todas nuestras insuficiencias. Hay que evitar las frustraciones de nuestros pueblos derivadas de la prédica tan frecuente que atribuye a la falta de democracia todos los males de nuestro subdesarrollo que aún subsisten, y derivadas también del discurso electoral irresponsable y demagógico que escuchamos a diario. Hay que hacer conciencia entre los venezolanos que la democracia, a través de los canales de mayor participación que entrega, nos hace a todos responsables del futuro de Venezuela. ¡Basta de excesos y abusos de poder!, la sociedad venezolana no resiste otro gobierno autoritario corrupto e incapaz.

La democracia no es la puerta de entrada a Shangri-La. Es una forma civilizada de convivencia política en libertad, que señala un camino hacia una sociedad justa y solidaria, que sólo se alcanza en la medida que se empeña en ello la voluntad consciente de todo un pueblo. Si contemplamos el sector del mundo en que nuestro país está inserto, llámese tercer mundo, países en desarrollo o subdesarrollados, nos encontramos con una realidad deprimente en materia de institucionalidad política, y la raíz profunda de esta inestabilidad institucional debemos encontrarla precisamente en su insuficiente desarrollo social, cultural, educacional. El pueblo no tiene conciencia clara de que en una democracia es él quien detenta originalmente el poder; que los gobernantes son sólo una derivación o delegación de este poder originario. Y esta falta de conciencia de nuestro pueblo no tiene otro origen que el bajo nivel de desarrollo social, que le impide participar en los procesos políticos, ejercitar su soberanía, con un caudal adecuado de ilustración e independencia, resultando con facilidad victima de la demagogia y el engaño.

El ejemplo de las democracias desarrolladas de Occidente es ilustrativo. En ellas el régimen institucional mantiene su plena estabilidad no obstante la alternancia en el poder de gobernantes de distintas orientaciones políticas y socio-económicas, quienes saben que deben interpretar y que no pueden atropellar la voluntad de un pueblo que los observa, un pueblo libre, crítico, ilustrado, consciente de sus derechos, consciente de su poder, de sus deberes.

Esa debe ser nuestra tarea. Si queremos dotar a nuestra futura institucionalidad democrática de la estabilidad y permanencia en el tiempo que son indispensables para una pacífica y solidaria convivencia, debemos dirigir nuestros esfuerzos y nuestras capacidades a incrementar el desarrollo social de nuestro pueblo. Debemos depurar el sistema judicial, la policía, enfrentar con energía los problemas de salud, de pobreza, y fundamentalmente, luchar contra la corrupción, la inseguridad y mala educación. Este y no otro es el camino que en definitiva nos dará la seguridad de que nuestras instituciones, nuestras libertades, enraizadas en un pueblo que las entiende, que las aprecia, que las hace suyas, no son vulnerables a la prédica demagógica de quienes pretenden violentar nuestro sistema de convivencia.

Entonces, lo que se necesita en Venezuela es un concepto distinto de democracia. Hoy la relación entre la autoridad y servicio público es una relación que está quebrada. La gente siente que la autoridad se sirve a sí misma, o sirve a su coalición política o a su partido, o incluso a una determinada tendencia dentro de su partido. Esa es la realidad. Mi concepto de democracia es distinto al tradicional. Lo tradicional es que la autoridad mande y la gente obedezca. Hay que dar vuelta esa pirámide. Es la gente la que manda. La democracia es para ellos. Son sus preocupaciones y sus prioridades las importantes. Las autoridades, sea un Alcalde, un Ministro o un Presidente de la República son verdaderamente los empleados de la gente, los que fueron elegidos para llevar a la práctica sus sueños y sus esperanzas. Así entiendo yo el servicio público. Ustedes, estimados lectores, saben lo que significa lo que hoy se llama la «orientación al cliente». Una empresa que no está orientada a satisfacer las necesidades de sus clientes, tarde o temprano perderá su razón de ser. Lo mismo pasa con las democracias. Necesitamos una democracia orientada al ciudadano, orientada a las personas. No una democracia orientada a los políticos, clientelita, personalista.

Necesitamos también un gobierno que sea capaz de trabajar con las mejores personas. Hoy, en Venezuela los gobiernos se autolimitan. Actúan de forma excluyente. Eligen sus equipos solamente entre sus partidarios. No consultan a quienes no son parte de su coalición. Descartan una idea, aunque sea buena, simplemente porque quizás en términos políticos puede llegar a favorecer a un partido distinto. Esta no es una crítica a PSUB solamente. Es una crítica a la forma tradicional de gobernar en Venezuela en las últimas décadas. La lógica de la exclusión, es decir, aprovechar solo la inteligencia y el espíritu de servicio, de solo la mitad del país, es una lógica obsoleta y costosa para el país, e incluso tiene una contrapartida todavía más negativa: el cuoteo. Una buena experiencia en materia de modernización del Estado, es la de Nueva Zelandia.

Debemos construir una sociedad que conjugue adecuadamente los valores de competencia y cooperación. En el pasado ignoramos o menospreciamos la competencia, hoy la economía de mercado la realza, pero produce también una tendencia manifiesta al cada uno para su santo, a un individualismo que de exacerbarse resulta destructor de la cohesión social. Por eso creo que debemos rescatar también la cooperación – traducción correcta de la solidaridad -, como un valor indispensable en todos los ámbitos de la vida nacional.

Cuesta imaginar otro país en América Latina que tenga una mejor oportunidad que el nuestro. La oportunidad de conciliar libertad económica con libertad política y justicia social. Depende de nosotros. Depende de que seamos capaces de avanzar juntos en esta nueva fase de la modernización de Venezuela.

¿Quo Vadis, Venezuela? Para obtener éxito es fundamental ser muy realistas en nuestros planteamientos. Ver la realidad tal cual es. El 11 de Abril de 2002, la mayoría de los venezolanos protestó por el cambio. No sólo por el cambio en el régimen político, sino también, como lo indican todas las encuestas posteriores, por cambios en sus condiciones de vida, pero desean prosperar sin incertidumbre. El pueblo lo ratificó el 2D., quiere que los cambios se hagan en un clima de orden y dentro del marco de la legalidad. Compatibilizar esta aspiración de que se produzca el cambio, al tiempo que dichas modificaciones se hagan evitando a toda costa un clima de incertidumbre e inestabilidad, exige mucha claridad y coraje, tanto para afirmar las áreas que habrán modificaciones, en especial, la economía, la justicia, lo social y la educación, como aquellas en las que se asegurará la estabilidad. Durante los próximos años Venezuela deberá hacer frente a un doble desafío que pondrá a prueba nuestra madurez cívica y capacidad de organización. Deberá crecer y consolidarse en un mundo lleno de riesgos y de obstáculos. El país tendrá que endurecerse y tomar cada vez más en cuenta sus verdaderos objetivos y el costo que demanda alcanzarlos. En esta pelea dura que nos aguarda a todas las naciones, sobrevivirán las que se organicen con gran capacidad de maniobra para las personas, con grandes espacios de libertad para la gente. No serán tiempos para gobiernos burocráticos ni para rezagos de las ideologías que están quebradas ya que han redundado en más populismo nefasto y miseria.

¿Quo Vadis, Venezuela? tiene una respuesta clara: hacia la reconstrucción de la confianza de las instituciones democráticas y un nuevo sistema económico- social distinto al de corte intervencionista, estatista e inflacionario que nos ha regido durante estos 50 años. Los venezolanos se oponen a cualquier sistema que permita un poder absoluto, incluido el de la mayoría. Aspiramos a un régimen democrático mucho más profundo, que efectivamente permita respetar los derechos de las personas por sobre la voluntad de las mayorías electorales; que garantice la autonomía de las entidades intermedias como manera de equilibrar las atribuciones del Estado: que estimule la dispersión del poder; facilite su fiscalización y respete el ejercicio efectivo de la libertad individual y social. En pocas palabras, estamos por un Gobierno que fortalezca una democracia efectiva, el estado de derecho, la transparencia y rendición de cuentas de sus autoridades y rechazamos cualquier intento de cambios que debiliten el equilibrio de los poderes al interior de la sociedad, politicen las instituciones, afecten su autonomía o conduzcan al totalitarismo político; y que impulse el reordenamiento económico y social de manera de ir a un sistema eficiente, en el cual las iniciativas individuales de contenido empresarial impulsen el desarrollo del país y por ende el crecimiento económico que el país reclama.

Una cabal comprensión de la magnitud y trascendencia del desafío señalado, debiera concitar los mayores esfuerzos personales y colectivos para promover y sustentar las condiciones requeridas para un desenlace exitoso.

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