Opinión Nacional

Días de abril, jornadas para la historia

Una extraña sensación nos ha invadido luego de los sucesos de abril próximo pasado. Quienes adversan al gobierno, apuestan a nuevos atajos para despachar la cabeza del ejecutivo, al costo que imponga la empresa. Cualquier cosa menos Chávez, es el punto de encuentro de algunas de las voces más publicitadas de la oposición. Quienes secundamos al Presidente, contemplamos atónitos como se fragua, se ejecuta y se aborta un golpe de estado, ante la mirada de reprobación del mundo democrático. Los adelantados de la conjura, luego de delinquir a ojos vista, atienden la rutina desde sus casas y acuden a instituciones que ellos mismos intentaron abolir, como si nada hubiera ocurrido.

Razones no faltan para el asombro. Justo castigo para los responsables de la matanza del 11 de abril y de la ruptura del hilo constitucional, es lo menos que aguarda la conciencia democrática de los venezolanos y del mundo.

Pero hay la probabilidad que este inédito velo sea el augurio de una nueva hora. Tal vez estemos verificando innovaciones de peso, imperceptibles hoy por el rebozo de las pasiones políticas. Tal vez los venezolanos no seamos los mismos luego de abril del 2002. Una mirada medianamente serena del panorama en su conjunto, puede advertir episodios sin parangón en el ayer, síntomas inequívocos de cambio histórico. Veamos.

El 11 de abril tiene dos tiempos

Es una simpleza confinar toda la oposición contra Chávez al consentimiento de la ruptura del hilo constitucional. Por ello preferimos hablar de dos 11 de abril: el de la oposición que, en el marco de la democracia, solicita la salida de un gobernante, y el oscuro 11 de abril de la apropiación, por medio de la fuerza, de esa voluntad por la corporación patronal Fedecamaras, el capital financiero nacional e internacional y el Opus Dei.

El primero, fue protagonizado por venezolanos que, con legitimidad y en el marco de la ley, demandaban la abjuración de un gobernante que juzgaban – o juzgan- inconveniente. Hasta allí, no hay nada nuevo bajo el sol: todos los gobiernos venezolanos han sorteado manifestaciones diversas – de mayor o menor tamaño – que apuestan a su salida.

Pero cuando la arenga de los oradores de Chuao conduce la marcha hasta Miraflores, comienza a correr el segundo 11 de abril, que en realidad era más antiguo que el primero: el golpe de mano contra la legalidad, que abrió paso al breve gobierno de Carmona, una dictadura fascistoide y totalitaria, definiciones parciales que si bien no son excluyentes, tampoco son necesariamente complementarias.

Dictadura porque el de Carmona fue un gobierno erigido contra las leyes constitutivas del país, impuesto por la fuerza, que bajo coacción intentó hacer tabla rasa con los poderes legítimamente constituidos, que son producto de elecciones democráticas y de amplia legitimidad y respaldo popular. Fascistoide por la sectaria composición corporativa del gobiernito: solo directivos o mandaderos de Fedecamaras y numerarios del Opus Dei, tenían boleto de entrada al ejecutivo. Totalitaria, porque el contenido del último artículo del único decreto dado a la luz por los voceros de la fallida tiranía, reconocía la vigencia de todo el orden jurídico de la República, siempre que no contraviniera la letra del decreto y la voluntad dictatorial de los usurpadores.

Dicho brevemente, todo el poder a la corporación empresarial. Facultades absolutas al dictador y su gabinete patronal.

Apropiado es reconocer que la marcha del 11 de abril estaba compuesta por ciudadanos que, en su inmensa mayoría, fueron engañados. Aún más: fueron deliberadamente secuestrados y conducidos hasta una masacre premeditada por los golpistas.

Pero justo es sentenciar que el de Carmona, ha sido el gobierno de facto más breve de nuestra historia: 28 horas de usurpación fueron suficientes para activar el fuerte anticuerpo democrático de la sociedad venezolana.

Doble júbilo

Porque los días subsiguientes también pueden ofrecer una doble lectura. La primera arranca el viernes 12 en la noche y se consolida el 13 durante el día y por ya acaecida es, en sí misma, histórica: el pueblo, pleno de cultura democrática y de valores ciudadanos, y exhibiendo el quilate de nuestra tradición republicana, se volcó a las calles en rebelión contra el régimen de facto. Nunca en el pasado venezolano un gobierno de fuerza había sido echado del poder gracias a la contundente presión popular y al compromiso demostrado por la mayoría institucional y democrática de la Fuerza Armada. Echando mano a un paralelismo histórico, el 13 de abril vimos la otra cara de una moneda cuya primera faz la conocimos el 23 de enero de 1958: en aquella oportunidad, las masas se volcaron a las calles a festejar la caída de un gobierno de facto, – que había desconocido las elecciones de 1952 y que pretendía perpetuar su privanza echando mano al fraudulento plebiscito de 1957- una vez que este había sido desalojado del poder. El vuelo de la “vaca sagrada” con el dictador a bordo, despertó a Caracas la madrugada del 23 de enero, y la ciudad, al saber que Pérez Jiménez había huido, hizo fiesta popular del ocaso de la tiranía. Pero la gente salió a la calle a celebrar un hecho consumado: el fin de la dictadura.

En cambio, el 13 de abril los ciudadanos en forma masiva colmaron las calles a exigir la caída del dictador. Es por vez primera en la historia de Venezuela que esto ocurre. Lo que no le pasó a Gallegos el 24 de noviembre de 1948, cuando un golpe de estado abrió paso a diez años de dictadura, fue posible en torno a Hugo Chávez el 13 de abril del 2002. Aquella vez, pese al gran apoyo fraguado por AD a la vera de los logros democráticos del trienio, el primer Presidente electo por votación universal y directa fue echado sin que se ofrecieran resistencias de entidad en las calles de Venezuela. Contrariamente, el 13 de abril la democracia fue rehabilitada de mano de la marea popular que demandaba, Constitución en mano, atención a su designio plasmado en distintos encuentros electorales. Nuestro ayer no registra mayor muestra de ciudadanía y madurez republicana.

Pero hay otra lectura, que el trepidante clima de opinión y el vértigo de los acontecimientos hace imperceptible, y que atañe al historiador avistar con la mira del espíritu crítico.

Desde los días del Rey de España el castigo político ha ofrecido diversas formas en la vida de Venezuela: la cárcel, la tortura, el confinamiento, el exilio y la muerte. Han sido estas – hasta ahora – las formas de validar la voluntad del vencedor sobre el vencido. Sobre todo, cuando la fuerza ha sido arbitro en la disputa por el poder. El 13 de abril da como saldo unos derrotados: los que por la fuerza intentaron usurpar un gobierno legítimamente electo, echando por la borda la democracia y las libertades públicas. Pero el 13 de abril no hay avasallados. Porque nadie ha sido encerrado, extrañado forzosamente, ni menos eliminado físicamente. Por primera vez …“se supera la vieja tradición política venezolana según la cual el ganador del conflicto político tiene derecho a arrasar con los vencidos”…, barrunta esclarecido mi amigo e investigador del ININCO, Daniel Hernández.

El cambio histórico es sentenciado por los dictados del almanaque. Es la invariabilidad en el tiempo lo que sella la mudanza, que traza el génesis de un lapso diverso en la vida de una sociedad. Por ello es muy temprano para sentencias irrebatibles. Pero tal vez el 13 de abril se evoque una víspera en la que, luego de una disputa violenta por el poder, nadie fue puesto en fuga, ni reducido a prisión por razones de conciencia, ni menos eliminado físicamente por el triunfador. Si la centuria que dejamos atrás fue la de la paz, – inaugurada el 21 de julio de 1903 con la batalla de Ciudad Bolívar y el fin de los caudillos decimonónicos- tal vez el siglo que estrenamos sea el de la construcción de una sociedad democrática. Lejos del latigueo intemperante de nuestros días, es posible que esta fecha marque el fin del avasallamiento del otro en la política venezolana.

A lo mejor estamos ante la inauguración puntual del siglo XXI venezolano.

Que así sea.

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