Opinión Nacional

Dictadura y mala fe

La supresión de la palabra dictadura de las bases curriculares, por parte del Consejo Nacional de Educación, plantea un problema: ¿tienen algún valor las palabras o da lo mismo utilizar cualquiera?

A primera vista, las palabras son meras convenciones que adosamos a las cosas o a los fenómenos, de manera que -parece- podrían ser cambiadas a voluntad sin que la realidad se modifique. Después de todo, fuere cual fuere la palabra que se emplee -dictadura, regimen militar, pronunciamiento- ello no parece alterar un ápice la concentración del poder, la falta de garantías ciudadanas, los crímenes y todas las otras fechorías que se cometieron en Chile por agentes del estado entre 1973 y 1989. La realidad seguirá su curso arrastrando sus muertos y sus deudas indiferente al modo en que se la nombre o se la designe.

Discutir si lo que hubo luego del golpe fue dictadura o alguna otra cosa, sería entonces tan estúpido como discutir si el individuo Pedro, acerca de cuya existencia nadie duda, se llama o no Pedro, cuando todos saben que seguiría siendo el mismo así se llamara Juan o se llamara Diego.

¿Es cierto eso?

No, no es cierto.

Las palabras no son neutras y nunca dejan incólume la realidad a la que se refieren. Las palabras y el lenguaje que usamos portan valoraciones y puntos de vista que tiñen a la realidad que nombran haciéndola apetecible o, en cambio, repudiable. El lenguaje no es, así, un instrumento aséptico y transparente, una pinza sonora con la que tomamos la realidad sin contaminarla, una simple herramienta a medio camino entre el sujeto que la emplea y la realidad acerca de la que habla. Nada de eso. Las palabras son, a veces, pistolas cargadas o puñales -esas expresiones son de Sartre y de Wilde- que afirman o niegan lo que a la gente de veras le importa.

Por eso el cambio que aprobó el Consejo Nacional de Educación -sin darse cuenta han dicho sus miembros, lo que es casi peor que si lo hubieran hecho en forma deliberada porque indica que no cumplen ni siquiera el deber mínimo de leer lo que juzgan- no tiene nada de inocente. Insinúa un cambio radical de valoraciones acerca de la experiencia política que hubo entre 1973 y 1989: pasa de la condena y el reproche a la descripción más o menos neutra.

Y ahí radica el problema.

¿Acaso es razonable promover públicamente la neutralidad o la indiferencia acerca de lo que ocurrió en Chile entre 1973 y 1989? ¿está a la altura de los deberes públicos invitar a las nuevas generaciones a mirar las violaciones a los derechos humanos y la concentración ilimitada del poder con la distancia y la neutralidad de un ornitólogo? ¿No es acaso obvio que un régimen antidemocrático no es algo apetecible y que sería natural entonces que las bases curriculares de la educación se encargaran de decirlo?

Lo más irónico de todo esto es que mientras hay hoy día quienes anhelan eliminar el empleo de la palabra dictadura, los verdaderos padres de ella, quienes la proveyeron de su discurso y de su narración ideológica, nunca se avergonzaron de llamarla por su nombre. Desde luego Jaime Guzmán -que había leído a Donoso Cortés, autor de una verdadera oda a la dictadura de los sables- no tenía problemas con emplear el término. Después de todo, decía, la democracia o la dictadura derivaban su valor, o su disvalor, de los fines a que servían y no de ninguna característica intrínseca suya. Y Hayek -a quien ciertos grupos de derecha citaban con reverencia- había dicho que podía perfectamente haber dictaduras liberales, mejores en cualquier caso que una democracia totalitaria.

Parece sin embargo que en la derecha prefieren evitar el uso de esa palabra lo que prueba que, la mayor parte de ella, sabe que la realidad que esa palabra nombra es indeseable y no digna de ser promovida. Si la derecha se enorgulleciera del periodo que media entre 1973 y 1989, ¿qué motivos tendría para molestarse porque se le llamara por su nombre?

No cabe duda.

Este intento -deliberado o no, poco importa a la hora de precisar su significado- por suprimir del lenguaje histórico la palabra dictadura es una muestra indesmentible de la mala fe con que algunos de quienes apoyaron a Pinochet miran hoy su propia memoria.

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