Opinión Nacional

Dimitri Shostakovich

La música, como a veces la palabra, se conjuga en infinito. Quien la compone o la escribe la diseña como un arquitecto. Coloca en su interior la dimensión exacta de su armonía y la entrega para que alguien en alguna parte la habite. La libera entonces de sus propias ataduras y comienza a tener su vuelo en la caja sonora del otro. De quien recibe su estructura vital, para recomponerla en sus inéditas soledades.

Solo que ese encuentro trascendente entre la herida del otro, que de pronto se derrama como una vertiente de acordes en nuestra dolida humanidad, se vuelve siempre un acto único e irrepetible.

La música entonces, como a veces la palabra, alcanza su crescendo en esa trayectoria que va desde las cuerdas, los vientos y la percusión, hasta la respiración que la cobija, para prolongarla en el corazón anónimo y colectivo de la tierra que aguarda esa canción única que aún no se recompone y que dará cuenta de la agigantada condición que aún no alcanzamos.

Cómo entonces oír a Shostakovich y no sumergirnos en ese interminable intervalo que lo contiene, y que toma la nota musical para revestirla de todos los idiomas, para que mas allá de su cordura, quede inserto en ella el fervor por la vida.

Con Dimitri batallamos, ascendemos y descendemos, despertamos fantasmas silenciados, que de pronto cabalgan fuera de su ropaje hasta hacerse de nuevo luz. Hacemos travesía por la cúspide de las tempestades hasta llegar a orilla de profundos acantilados. Y aún la percusión no concluye sus desvaríos.

Con Dimitri interrogamos el siglo que concluyó, de tiempo que no de guerra, y nos asomamos a éste que nos nombra, exentos de todo salvoconducto.

Y sin embargo, sus vibraciones dejan fuera de su letargo al olvido y convocan a reconstruir la memoria de lo que será como un compromiso hecho de música de viento y cuerdas enfurecidas.

Por ello, en este centenario de su nacimiento, invitamos a hacer un recorrido por la intensidad de su atormentado abecedario de claves resplandecientes y sonoras. Porque mucha falta nos hace en estos días de oscuranas, mimetismos y desencuentros.

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