Opinión Nacional

Dios los cría…

Y el diablo los junta, reza el refrán. Me ha sorprendido el insólito parentesco de Diego Armando Maradona con Hugo Rafael Chávez. Se parecen como una gota de agua a otra gota agua. No sólo por su volumen físico, siempre en expansión y corriendo peligro de hacer saltar por los aires cinturones, botones y cremalleras. Sino por sus propiedades intelectuales y morales, sus afectos, su comportamiento, sus inclinaciones. Y, last but not least, su naturaleza carismática.

Incluso por su malcrianza, su desenfado, su fanfarronería parlanchesca y sus atisbos de genialidad borderline. ¿Cómo olvidar al granuja barriobajero que escondiera el puño tras la oreja para meter un gol con la mano en las finales contra Inglaterra, infracción que en lugar de costarle la expulsión, la derrota y posiblemente la descalificación de su país, llevó a su equipo a conquistar la Jules Rimet? ¿No constituye una deslumbrante metáfora deportiva de un golpe de Estado resuelto con un avasallante triunfo electoral?

Fidel Castro tatuado en el muslo izquierdo y el Ché Guevara en el brazo derecho de este “bufón multiusos amigo de los dictadores de Suramérica” – como le llama despreciativamente el editorialista del ABC, Manuel Martin Ferrand – deben encontrar correspondencia en los respectivos lóbulos cerebrales de nuestro teniente coronel, sino en el propio corazón. ¿Quiénes sino ellos, convertidos en arquetipos, conforman el universo ideal del imaginario político y cultural del Maradona de la política venezolana?

Figuras idolatradas más allá de toda racionalidad, modelos de una cultura marginal que apuesta sus querencias a héroes situados en los extrarradios de la institucionalidad consagrada, esperanzas inútiles a quienes apostar en un mundo que confía más en el azar, la “parada” y el chispazo que en el trabajo, la honradez y la constancia. Parecieran ser el uno para el otro, clones de la subcultura de países llaneros, pampeanos, caudillescos.

Laureano Vallenilla ya estableció la similitud entre ese inorgánico e inconstante llaneraje bárbaro y la toldería pampeana que marcan nuestras maltrechas identidades. José Santiago Rodríguez, en su extraordinaria Contribución al Estudio de la Guerra Federal lo refirió con lacerante propiedad: “Pero cuando cambia totalmente este orden de cosas” – y la república se despeña por el matadero de la Guerra Larga – “surge un estado análogo y pudiera decirse que casi idéntico, en sus líneas generales, al que envolvió a la República Argentina cuando las multitudes ciegas de venganzas y de odios, que conducía Rosas, vencieron al partido unitario”.

Fidel Castro, Hugo Chávez, Armando Maradona. ¡Qué trío! No hay caso: Dios los cría y el diablo los junta. Y pensar que si por modelos deportivos a imitar se trata, nuestra patria tiene a un Gato Galárraga, verdadero modelo de comportamiento deportivo y moral.

Dios los cría, y el diablo los junta. Tal para cual.

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