Opinión Nacional

Disentir y provocar

Los portavoces del régimen bolivariano confunden interesadamente el sentido de los términos disentir y provocar. Según el Diccionario de la Real Academia Española disentir significa “no ajustarse al sentir o parecer de otro: opinar de modo distinto. Mientras que provocar significa, principalmente, “excitar, incitar, inducir a uno a que ejecute una cosa; irritar o estimular a uno con palabras u obras para que se enoje.”

La dirigencia y los altos funcionarios bolivarianos relacionan perversamente los dos términos, de manera que el ejercicio de un derecho humano constituiría, según su parecer, un acto provocador. En días pasados, el Segundo Vicepresidente de la Asamblea aseguró que los actos de violencia que se registraron en un foro organizado en el Instituto Pedagógico de Caracas sobre la reforma constitucional, en el que resultó cobardemente agredido el dirigente estudiantil Goicoechea, fueron producto de la actuación «provocadora» de los estudiantes que critican la propuesta, justificando así la barbarie política de un reducido grupo de desesperados beneficiarios.

El disentimiento se traduce en provocación cuando proviene de algún opositor, lo que no parece ser el caso cuando algún oficialista “disiente” de la opinión del líder máximo. El mismo Presidente considera provocadora la disensión, relacionándola incluso con desestabilización. De manera que disentimiento se relaciona, según el “pensar bolivariano”, no solamente con la provocación, sino con la desestabilización; posiciones que podrían “provocar” de la parte del Estado y de sus representantes, reacciones violentas como las desatadas contra la dirigencia estudiantil en días pasados.

Cuando la “crítica” proviene de algún funcionario o adepto al régimen, el disentimiento es decir, ese parecer distinto no es provocador. El siempre ausente Defensor del Pueblo y el “eficiente” Fiscal General expresaron su “contrariedad” con la adopción del artículo 337. Antes, el también diligente asambleísta Escarrá lo había hecho al salvar su voto en las “deliberaciones” en la Asamblea. El ex vicepresidente y de nuevo periodista José Vicente Rangel lo hace ahora en su programa dominical cuando expresa su «preocupación» por las limitaciones a la libertad de expresión y derecho al debido proceso incluidas en las modificaciones a la norma 337. Y agrega que “Las luchas en las que por años he participado defendiendo esos derechos, las batallas dadas en torno a los derechos humanos, me obligan a reflexionar sobre un paso evidentemente regresivo respecto a lo que consagró el Constituyente de 1999”.

Esas declaraciones no son provocadoras, según la extraña pero no casual interpretación del régimen. Y ello porque simplemente forman parte de una estrategia oficialista que busca de nuevo confundir al venezolano, en el proceso iniciado de imposición de la reforma constitucional. En las declaraciones de los jerarcas del régimen se tiene, lógicamente, salvo prueba en contrario, una desconfianza ciega. Disentir en estos casos es mostrar la “disposición” del régimen parar aceptar críticas y rectificar, lo que se sabe, es falso.

El oficialismo, en un acto puramente provocador, insiste en burlar la inteligencia del venezolano.

Provocar, cuando se persiguen reacciones y fines ocultos, es una actitud propia de las mentes totalitarias. Las reacciones ante estas arbitrariedades son aceptables plenamente.

Los atropellos del régimen, adentro y afuera, provocan respuestas justificadas. Adentro, no hay dudas, como lo evidencia el coraje mostrado por los estudiantes y por todos aquellos que sin miedo reaccionamos ante la arbitrariedad de un régimen que pretende imponerse como sea. Afuera, también. La injerencia interna en los asuntos de otros, traducida ahora en la “novedosa” promoción de grupos alternativos en Bolivia, Perú, México, entre otros, es un claro ejemplo del actuar provocador revolucionario en el mundo y de las igualmente justificadas reacciones de los Gobiernos extranjeros.

El derecho a disentir es un derecho humano. La provocación no puede jamás derivarse del ejercicio de un derecho. Sólo las mentes revolucionarias bolivarianas pueden pretender tal interpretación.

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