Opinión Nacional

Docencia para el Estado

Reviso y reviso declaraciones de representantes del oficialismo vinculados
en mayor o menor medida al asunto educativo. Repaso sus planteamientos. Los
leo y escucho con atención. Todos coinciden, con notable precisión en la
necesidad imperante del Estado Docente, en contraposición al concepto de
Sociedad Educadora. Como mi tesis de pregrado versó sobre sistemas
educativos en Venezuela, puedo decir sin empacho que el tema me interesa
desde hace un montón de años, y no sólo ahora cuando padecemos un gobierno
que me resulta peor que comer mamón piche.

Me produce risa nerviosa que se hable del Estado Docente como si fuera una
panacea, como si en el Estado se concentrara toda la sapiencia universal,
como si la sociedad fuera un refugio de ignaros, de pobres tarados que
requieren de Papacito Gobierno para saber qué hacer con sus vidas. Cuestión
de simplista arrogancia. Sólo que la experiencia revela lo contrario.

Resulta que tanto en la educación pública como privada, cuando se ha logrado
alejar de la operación al gobierno, la cosa va significamente mejor. Cuando
las universidades son autónomas, el resultado de su gestión es superior.

Cuando el Estado coopera pero no manda, las escuelas funcionan con
comprobable mayor eficiencia.

Cada vez que alguien me viene con el cuento del Estado Docente, yo no puedo
sino pensar que es el Estado quien necesita docencia, mucha docencia.

Necesita que lo enseñen a ser un Estado Decente. El gobierno centra su
propuesta en la preponderancia del Nuevo Estado Docente, que no es otra cosa
que la tutela del señor Estado en el proceso educativo. A este Nuevo Estado
Docente se le presenta como una suerte de buen patriarca, de gran protector,
que vela por el futuro de unos seres a quienes presume y siente débiles. Lo
que esconde tan anacrónico concepto al cual se pretende vender como una
teoría novedosa (vieja treta ésa la de utilizar la palabra «nueva» para
relanzar al mercado productos que sufren de chochera genética), es más de lo
mismo. Más paternalismo, más estatismo, más voces que dictan normas y
procedimientos castrantes, que delínean programas que constriñen mentes para
así garantizar que siempre puedan ser sojuzgadas y manipuladas al antojo de
los gobernantes de turno. El Nuevo Estado Docente se traduce a la postre en
más control estatal y menos poder ciudadano. Un perfecto ejemplo de más
mando y menos gobierno. Y la democracia participativa, válida aspiración,
termina siendo en el área educativa como en tantas otras, un «yo te
participo que…». La sociedad civil, por el contrario presenta en su
propuesta el concepto de la «Sociedad Educadora», planteamiento según el
cual los verdaderos protagonistas son los actores del proceso: educadores y
educandos entregados cada jornada a la incomparable aventura de aprender;
padres y representantes involucrados de manera cotidiana en el diario
acontecer de ese lugar mágico que es la escuela; patronato de las
instituciones de investigación y desarrollo del pensamiento y la pedagogía;
organizaciones de la sociedad civil convertidas en pulidos espejos que
permitan reflejar la realidad, y siendo apuntadores de los éxitos y
falencias; y un Estado procurando todos los recursos necesarios
(Ministerios), asegurando que la Constitución y las leyes sean cumplidas
(Fiscalía), garantizando que los derechos de los ciudadanos sean respetados
(Defensoría del Pueblo) y vigilando que no haya ese trajín que tanto nos
disgusta y avergüenza (Contraloría). En síntesis, el Nuevo Estado Docente,
es, por decir lo menos, un asunto totalmente demodé, anacrónico y que no ha
hecho sino dar muestras de cansancio estructural. La Sociedad Educadora es,
por el contrario, el concepto más moderno que existe en la actualidad.

Ya sé. Esto lo he escrito antes. Pero hay que insistir. Que nos estamos
jugando el mañana del país, estamos decidiendo el futuro de nuestros muchos
millones de muchachitos. Insistiré, aun cuando muchos me digan que estoy
arando en el desierto.

El Estado Docente, inspirado en una muy mal entendida solidaridad, termina
produciendo tremebunda injusticia social, es el germen de ciudadanos que en
el concierto de las naciones están condenados a ocupar posiciones de
minusvalía. Produce tercermundismo. Niega a los muchachos el sueño ciudadano
de aspirar a ser parte del primer mundo, niega la posibilidad real de un
futuro de progreso y desarrollo. Le guste o no al Prof. Lanz (secuestrador
de oficio, y padre del Proyecto Educativo Nacional), la globalización es un
hecho, una realidad, que puede enfrentarse con mente abierta y anhelos de
superación, o puede pretender evitársele pagando el precio de garantizar que
por siempre seamos un país a cuyos ciudadanos se les condene al marasmo del
tercermundismo.

¿Quieren los «revolucionarios» producir un sistema educativo democrático,
protagónico y participativo, que garantice justicia e igualdad social, y que
produzca la mayor cantidad de progreso y desarrollo posible? Eso es posible.

Hay experiencias que así lo demuestran. Yo los invito a pasearse por cinco
países. No, no se angustien, que no voy a mencionarles Estados Unidos, país
que bien sé les produce a nuestros actuales gobernantes urticaria y espasmo
indocraneal. Váyanse a hacer turismo educacional por la República Checa, por
Bélgica, por Canadá, por Costa Rica y por el Estado de Israel. Inviertan
nuestro dinero en ese viajecito, y descubran con sus propios ojos rosarios
de éxitos. Descubran Educación para y por la excelencia. Y luego hablamos.

Ah, y tengamos muy presente que el Estado tiene que trabajar para la
Sociedad, y no al revés. La Sociedad no necesita una Estado Docente. Está sí
desesperadamente urgido de un Estado Decente. Va siendo hora que entendamos
que lo que se requiere es toneladas de docencia para el Estado.

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