Opinión Nacional

Domingo de resurrección

 Estamos convocados a dar nuestro testimonio de vida ante el futuro. Un testimonio estrictamente individual que nos involucra existencialmente. Es un testimonio que guarda el valor de nuestra herencia, de nuestra sangre, de nuestra descendencia. Asistimos a las urnas a depositar el testimonio de nuestra identidad. A defender nuestros valores. A afianzar nuestras certidumbres y a hacer valer la plenitud de nuestros derechos..

“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”

Mateo, 3

Me ha conmovido profundamente la escena de un hombre solo, aislado de su multitud, de pie frente al Nazareno, su mano derecha elevada hasta el pie del Padre crucificado, el rostro cabizbajo, en profunda entrega y meditación. La historia y su tiempo detenidos en un punto, justo en la encrucijada entre un pueblo y un destino. Como si ese gesto pudiera condensar el sino de millones y millones de seres humanos, entregados a la suerte de aquel que dio su vida por la redención, privados del más maravilloso de los dones de Dios: la vida humana.

Le escuché dos historias, que expresan su sensibilidad y su empatía con los que sufren. Un niño de seis años se le acerca en medio de la algarabía y se disculpa porque no podrá votar por él. Pero tiene un pedido que hacerle, pues los niños, aunque aún no tienen derecho al voto, tienen derecho a expresar sus anhelos. El hombre sonríe, asombrado por la temprana inteligencia del muchacho. ¿Y qué es lo que quieres pedirme? – le dice preparado para algún requerimiento propio de sus años. “Quiero jugar” – contesta el niño. “Quiero jugar tranquilo frente a mi casa, aquí en la acera. Quiero jugar sin temer que venga un malandro y me mate”.

La segunda anécdota la ha narrado varias veces y da cuenta del profundo amor, el profundo respeto, un respeto reverencial y casi religioso, que le tiene a una de sus mayores influencias de vida y anhelos: su abuela judía. Una judía que la voluntad de Dios rescató de las garras del nazismo en uno de sus terroríficos campos de concentración, para que atravesara el Atlántico y viniera a vivir y a morir a esta tierra de gracia, porque era una tierra de paz, de encuentro, de progreso y solidaridad. La que él, lleno de agradecimiento sólo llama “nuestra Venezuela”. Agonizaba y pedía viniera su nieto preferido, al que le inculcara profundos valores morales y esa tenacidad a prueba de infortunios tan acendrada en los de su estirpe, la del maravilloso pueblo de Israel: sólo a él confiaba el resto de vida que le quedaba, para que la librara del fantasma de la persecución y el encierro que la rondara hasta los últimos instantes de su prodigiosa existencia.

Ambas anécdotas retratan de cuerpo entero la vocación apostólica, mariana del líder de una de las Venezuelas en discordia. Para quien la paz y la reconciliación signan una identidad tan propia de quienes abrazan la religión de nuestro Salvador. Y para quien, bueno es decirlo en estos tiempos de confrontación, la luz de Dios es la brújula de un destino, de una senda, de un camino.

Hoy, cuando Venezuela se recoge y sintetiza en una decisión crucial, sólo quien escuche la palabra de Dios y comprenda el mensaje del Salvador, puede abrazar el llamado de la Historia. Un llamado paulino. Cuyo destino no es, no puede ser otra, que la Política. Con mayúscula.

2

                El estilo es el hombre, escribía hace más de dos siglos el Conde de Buffon, uno de los grandes pensadores de la Ilustración francesa. ¿No lo sabremos nosotros, inundados, atropellados, encharcados en el estilo de un hombre que ha hecho de su lengua un arma letal, un aterrador instrumento de poder y de su torrencial palabra un mecanismo de incomparable manipulación y dominio, ejercido noche y día, hora a hora e ininterrumpidamente a través de las trompetas amplificadoras de un brutal aparataje de dominio mediático?

Otro francés, protagonista del Mayo francés, el entonces joven intelectual Pierre Clastres (1934-1977) lo ha precisado en un bello libro de obligatoria lectura para todos quienes reivindican el poder de la palabra rendida al desamparo ante la verborrea totalitaria del Estado, LA SOCIEDAD CONTRA EL ESTADO: “Hablar es, antes que nada, poseer el deber de hablar. O mejor aún, el ejercicio del poder asegura la dominación de la palabra: sólo los amos pueden hablar. En cuanto a los súbditos, están destinados al silencio del respeto, de la veneración o del terror. Palabra y poder mantienen relaciones tales que el deseo de uno se realiza por la conquista del otro. Sea príncipe, déspota o jefe de Estado, el hombre del poder es siempre no solamente el hombre que habla, sino la única fuente legítima de la palabra: palabra empobrecida, palabra pobre, es cierto, pero rica en eficiencia, pues ella tiene por nombre mando y no quiere más que la obediencia del ejecutante. Extremos inertes cada uno para sí mismo, poder y palabra sólo subsisten uno en el otro, cada uno de ellos es sustancia del otro; la permanencia de su relación, aun cuando parece trascender la historia, nutre sin embargo su movimiento: hay acontecimiento histórico cuando, abolido lo que los separa y por lo tanto los destina a la inexistencia, el poder y la palabra se establecen en el acto mismo del encuentro. Toda toma de poder es asimismo una adquisición de palabra.” El alemán, rico en resonancias filosóficas, expresa el concepto de adultez con un maravilloso giro semántico: mündig werden. En rigor: alcanzar el poder de la palabra.

            A la fe, a la tenacidad, al compromiso existencial que lo caracterizan, el poder del silencio, que es el auténtico poder de la palabra, la rigurosidad de la brevedad, el adecuado uso de la contra palabra. Aquel que en el templo sella su boca y abre su corazón, dejándose poseer por la gravedad inabarcable de la trascendencia. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, nos enseñó Baltasar Gracián.  Del respeto a la palabra – prueba de veracidad, sello de compromiso, acuerdo de honorabilidad – emerge el respeto a la simismidad, el respeto al otro, el respeto a lo humano. Pervertida la palabra, no somos nada. Pues no somos más que una palabra empeñada, un testimonio moral, una prueba de honor capaz del máximo sacrificio. In principio erat verbum. En el principio fue el verbo.

            De esa madera está tallado el joven venezolano de raigambre judeocristiana al que mediante un acto sencillo y de un valor incomparable podríamos estar entregándole el destino de nuestras vidas, de la vida de nuestros hijos y nietos, el destino de la madre común, la Patria.

            Pobre de ella cuando se ve inundada por una palabra desprovista de sustancia, plena de sonoridades vacías, de ecos rimbombantes que resuenan a olvido, a desengaño, a reverberaciones insensatas. Pobre de ella cuando su realidad se desdibuja a través del filtro perverso de una falsa palabra y la mentira y el engaño se apoderan de los espíritus. Cuando impera la mentira se ausenta la justicia. Cuando se aplasta la verdad, desaparece la vida.

            Dios guarde a los hombres que honran la palabra porque de ellos será el reino de los justos.

3

            Hoy, en la recóndita e intransferible soledad de nuestra conciencia, sellamos un compromiso de honor con la historia, sellamos un compromiso de honor con la República, sellamos un compromiso de honor con la Patria. Hoy, doscientos años de historia legada por nuestros mayores tras inolvidables jornadas de heroísmo y sacrificios, y tras quinientos años de vida como imborrable aventura nacional, son citados al estrado de la verdad y conminados a dar su palabra. Nuestra palabra. Ha llegado el momento de la verdad. Ha llegado el momento de nuestra verdad ante la historia.

            Una verdad que por estar refrendada en una papeleta no podrá ser arrastrada por el vendaval de las traiciones ni ocultada de los oídos de los hombres. Una palabra sagrada que nada ni nadie tiene derecho a pisotear, a esconder o a burlar. Es la más sagrada de las palabras pues es dicha por la voz del pueblo. Y como bien dice la sentencia latina: vox populi, vox Dei. La voz del pueblo es la voz de Dios.

            Como lo hemos señalado en tantas oportunidades: no estamos ante un trámite cualquiera, una gestión administrativa habitual, cotidiana, propia de nuestro día a día. Estamos convocados a dar nuestro testimonio de vida ante el futuro. Un testimonio estrictamente individual que nos involucra existencial, espiritual, físicamente. Es un testimonio que guarda el valor de nuestra herencia, de nuestra sangre, de nuestra descendencia. Asistimos a las urnas a depositar el testimonio de nuestra identidad. A defender nuestros valores. A afianzar nuestras certidumbres y a hacer valer la plenitud de nuestros derechos.

            Hagámoslo a plena conciencia. Poseídos de la voluntad de fundirnos de una vez y para siempre con el decurso que asuma nuestra Patria. Decididos a hacer valer nuestra voluntad de pueblo soberano. Nos legitima el amor que poseemos por nuestra enseña y la irrevocable decisión de regar este bendito suelo con la simiente de nuestras cenizas.

            Cumplamos con nuestro deber: ser hasta el límite de nuestras posibilidades unos ciudadanos ejemplares.

           

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