Opinión Nacional

¿Dónde está el fascismo?

La Alcaldía Mayor estaba literalmente sitiada por los seguidores del gobierno. Pudimos apreciar in situ los impactos de bala impresos en sus ventanales, las pintas que horadaban sus paredes, el testimonio del personal administrativo que ha sido física y verbalmente agredido, el acordonamiento presuntamente espontáneo de los círculos del terror que creen gozar de una patente de corso para apropiarse y administrar los espacios públicos. Las oficinas destinadas a la atención de la ciudadanía fueron sencillamente cerradas por la arbitraria determinación de la irregular y aminorada agrupación de los exaltados partidarios de un gobierno que atenta contra el Estado mismo. Además, se nos dijo, en los períodos de auge, esa exaltación guarda una angustiosa correspondencia con los elevados índices de criminalidad de una ciudad cada vez más inhóspita.

Detrás de la lámina de acero, soldada a la puerta principal, se encontraban los agentes policiales que una vez se declararon en huelga y cuando adivinaron que las personas integrantes de la Coordinadora Democrática supervisaban el lugar, apelaron a una consigna incomprensible: “!Fascistas!”. Y no quedó otro refugio que el de la tristeza, pues todavía creemos que la conducta fascistoide corre por las venas de un gobierno que se ha encaramado sobre los hombros de la ingenuidad del pueblo venezolano, confiscando sus esperanzas.

¿Fascistas?, ¿realmente el grueso de la oposición es fascista? Entonces, ¿qué es el fascismo?, pues, los particulares insurgentes del gobierno tomaron previamente el Control Maestro, un centro de comunicaciones que pone en solfa a la policía, a los bomberos y otros servicios afines para afrontar –aunque sea medianamente- las urgencias de la metrópoli, negándose a cumplir con las órdenes judiciales de desalojo, lo que equivalía a la inasistencia práctica de los ciudadanos que aún no encuentran la respuesta inmediata del Estado y, sobre todo, de aquellos que tienen la pobreza como única credencial. Olvidemos por un momento que la sede de la Alcaldía y las personas que nos encontrábamos en el sitio supimos del ataque de bombas lacrimógenas y de balas constantes y sonantes que supisimos eran monopolio de las autoridades legítimas, para apuntar al testimonio televisivo de los huelguistas: uno de ellos guardaba entre sus piernas un revólver de esos que llaman de reglamento, lo que ridiculizaba toda la pretensión gandhiana de una acción que no puede reputarse siquiera de política. Simplemente, ese piquete de huelguistas sirvió de escudo humano a las otras y nada espontáneas escaramuzas de desestabilización del orden público, profundizando la tristeza por tan asombroso retroceso.

Lo que se ha dado en llamar el “chavismo”, ya no pretende meramente controlar el aparato del Estado, bonapartizándose. Y es que, en el contexto de una cultura democrática en vías de recuperación, a la que nos fuerza el retroceso inducido por los gubernamentales, se abre la senda de una movilización paramilitarizada de las masas en resguardo de aquellas consignas y estereotipos que sirven para la supervivencia de un régimen que viola flagrantemente la Constitución que se dio.

Los “lúmpenes” están llamados a protagonizar una gesta que sabrá de su abandono cuando las condiciones cambien y los vientos aconsejen apostar por otra modalidad –precisamente- de supervivencia, pero –mientras tanto- es necesario ocultar la imposibilidad de ganar espacios en los sectores organizados del trabajo y de atraer a los del capital, genéticamente negados al debate político en el que la razón puede interpelar dramáticamente los supuestos, apelando a la fraseología revolucionaria. La explosión de los prejuicios y resentimientos no puede imputarse a la lucha de clases, pues, ésta, otra de las expresiones de la conflictividad humana, nos remitiría claramente a una determinada concepción de las clases que, en Marx, obedece a un estricto andamiaje económico sin considerar otras características psicosociales, amén de la particular realidad venezolana en la que el chorro petrolero ha alimentado una nostálgica movilidad social. Por si fuera poco, la gestión del gobierno ha agravado la situación de pobreza, adoptando –incluso- un severo ajuste en el ámbito económico que lo lleva –en la práctica- a un neoliberalismo salvaje sin el mínimo amortiguamiento social.

La distribución de los efectivos del ejército en la ciudad no responde convincentemente a la necesidad de enfrentar el drama de la inseguridad personal, sino –privilegiados las avenidas del centro y este de la capital- a un dispositivo mejor ubicado en la pretensión de dar un golpe de Estado. Parece indiscutible la correlación entre el modo de hacer “política” del oficialismo y el auge de la delincuencia, la misma que ha convertido en prisioneros a los habitantes de barrios y urbanizaciones.

El gobierno y sus escasos beneficiarios no aceptan las agonías, la histórica y la política, que los conduce a la desesperación. Ataca cualquier evento pacífico de la oposición y, como si no condujera al Estado, reclama por los muertos y heridos que les son ajenos. Luego, ¿dónde está el fascismo?

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