Opinión Nacional

Drama: nuestras estadísticas

Algunos números reflejan que el índice delictivo en el estado Anzoátegui ha sido menor comparado con años críticos como el anterior 2009. Mientras pasamos las páginas de los diarios, que reflejan sucesos lamentables los cuales son imposibles seguir periodísticamente por su continuidad casi inmediata, observamos el reflejo de una sociedad en guerra con más homicidios que en Irak y con la ciudad más violenta del mundo. Si Caracas pudo superar a Ciudad Juárez (México) con sus alarmantes numeritos, cierren los ojos y piensen una vez más lo importante de salir de esta pesadilla.

            Este es un tema hartamente trillado, pero es uno de los talismanes que estimula el régimen para tenernos controlados, con miedo y encerrados en nuestras casas por pánicos a ser víctimas del hampa. Indiscutiblemente la desmovilización ha sido notable, pero la conciencia democrática perdura robusta, en lo interno de nuestras familias, y por eso el chavismo fue extinguido de Anzoátegui en las pasadas elecciones.

            Aventuremos a representarlo en un escrito conciso y que guarda extrema relación con lo que sucede en nuestros pueblos, caseríos y ciudades.

            Manuel tiene 12 años, huérfano de padre y madre, criado por su abuela en la zona más alta de Valle Lindo en Puerto la Cruz. Una casa de una sola habitación, con paredes de cartón piedra lo cuidaron en su prematuro crecimiento y actualmente se ve en la necesidad de bajar todos los días hasta la avenida Municipal a vender periódicos y ayudar a los buhoneros que colocan su tarantín todos los días, para poder subir a eso de las 6 ó 7 de la noche con la comida se su abuela que lo espera, porque una enfermedad muy severa no le permite salir a menudo del rancho.

            Su cumpleaños lo celebra probando por primera vez el cigarrillo con las pandillas que cerca de su casa se sientan a consumir droga, y la escuela fue un lugar donde nunca tuvo la bienvenida porque primordial siempre fue buscar el sustento para las apenas dos comidas que podía tener al día. Los viernes son días de mucho movimiento en los alrededores del elevado de Puerto la Cruz y siempre los aprovecha para matar un tigrito recogiéndole el pasaje a los autobuseros que suben llenos.

            Pero este viernes fue distinto y cuando pasó a saludar los panas vándalos, estos estaban revueltos por un problema de cuentas. Se percató del detalle y continuó sin vacilar hasta el rancho. La abuela, cansada de estar todo el día postrada en el colchón, sale a abrirle la puerta cuando escucha el silbido de Manuel. Disparos revientan todo el barrio y la gente alarmada se tumba al piso en todas las casas.

            Manuel no pudo entrar nunca porque esta vez fue parte de la historia en que una bala detonada desde en un enfrentamiento entre malandros llegó a su cabeza sin ninguna posibilidad de salvación. Su abuela lo llora en la emergencia del hospital Luís Razzeti, mientras los camilleros deben colocarlo en el suelo puesto que un nuevo paciente herido gravemente necesita la camilla, y este niño ya ha sido uno más de las estadísticas.

            Así culmina una vida, la abuela de Manuel queda sin familia ni sustento y de vuelta al rancho solo queda el lamento y vivir de la limosna y lo que pueda dejar basura para llevar a la boca. Esta es la verdad más palpable de nuestros barrios, el drama de un país que llora la injusticia del desgobierno y el retroceso.

www.angelarellano.tk

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