Opinión Nacional

El 23 de enero y la soberanía nacional

La marcha oficialista “en defensa de la soberanía”, superpuesta a la celebración del 23 de enero, es una demostración clara y contundente de la ojeriza que Chávez le tiene a la celebración de esta fecha, que encarna el nacimiento de la democracia en nuestro país. Desde que llegó al poder –en 1998–, Chávez ha tratado de ningunear este acontecimiento histórico de particular relevancia para los venezolanos. En los primeros años de gobierno pretendió –sin éxito- privilegiar el cuatro de febrero como fecha histórica –convirtiéndolo en un día de celebración nacional-, pero no lo logró, porque, además de haber sido un cruento golpe fracasado, tampoco podía mostrarlo como su éxito desde el punto de vista militar.

El 23 de enero se fue difuminando por culpa de la desidia e indiferencia (causada, quizás, porque los venezolanos consideraban a la democracia como un valor fundamental consolidado, y para siempre) de los últimos gobiernos democráticos. Pero, lo cierto es que esta gesta aún permanece viva en la mente de muchos venezolanos, y debe ser reivindicada en su justa dimensión histórica; no sólo porque significó la caída del dictador, general Marcos Pérez Jiménez (que enlutó y persiguió a muchas familias venezolanas), sino que también encarnó una de los momentos más bellos de nuestra historia republicana.

A diferencia de lo que sucede actualmente, el 23 de enero simbolizó la unidad de toda la nación frente a un régimen despótico que martirizó al país durante diez años. La unidad del pueblo frente a un gobierno cuyas bases estaban carcomidas por la corrupción y la violación contumaz de los derechos humanos elementales de los venezolanos; amén de que representó, sin lugar a dudas, la participación popular civil, en un país acostumbrado a los madrugonazos militares.

Pero, volvamos a la realidad presente, y analicemos cual es la propuesta de Chávez, para contrarrestar esta fecha cardinal: la defensa de “la soberanía nacional” mancillada por la captura del terrorista colombiano Rodrigo Granda en nuestro país, y la posición de los Estados Unidos con respecto a la lucha contra el terrorismo y al gobierno venezolano. Para ello, el oficialismo convoca una marcha que termina en una concentración en la avenida Urdaneta –como parodia de las que hace el dictador Fidel Castro en la Plaza de la revolución en la Habana– en la que Chávez da rienda suelta a su inveterada incontinencia verbal y a su patrioterismo retórico (amenaza, amenaza, pero no cumple sus amenazas) arremetiendo -en un discurso oscilante- contra el imperialismo norteamericano (pero al mismo tiempo, entrega la plataforma deltana a la Texaco-Mobil, Chevron y Exxon para la explotación del gas), contra del neoliberalismo salvaje (pero resulta que, a decir de James Petras –chavista uña en el rabo–, las compañías petroleras y los bancos americanos y europeos mantienen relaciones económicas estables y provechosas con el gobierno), y contra las relaciones colombo-venezolanas.

En suma, estamos ante un parlanchín que solamente defiende la soberanía nacional cuando le conviene (caso Granda), pero que, contradictoriamente, apadrina gustoso la injerencia cubana en los asuntos internos venezolanos. ¿Cuál es la diferencia entre Cuba y Colombia? ¿Así se defiende el orgullo patrio?.

Caracas, 24 de enero de 2005.

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