Opinión Nacional

El apetito de la hegemonía

La hegemonía comunicacional sigue su curso de dominación aunque a través de vías menos crasas o más astutas. El caso de Globovisión lo demuestra. No fue un cierre a los trancazos como con RCTV, así se hayan empeñado en barnizarlo de legalidad. La hegemonía se tragó al canal mediante una transacción de compra-venta con la venía del poder establecido y cuidando las apariencias, al menos por un tiempito.

¿Consecuencias? El canal dejó de ser un medio de comunicación independiente, y ello no ha suscitado mayores resistencias, ni en el dominio de lo propiamente comunicacional ni tampoco en el político-social. Y ojo, lo que pasó con Globovisión se repite en las regiones con muchos medios del espectro radio-televisivo, y también con medios impresos de variada importancia.

El objetivo de la hegemonía comunicacional es controlar a los medios en el sentido de que éstos no pueden convertirse en una amenaza o contrapeso efectivo al régimen imperante. Es decir, el objetivo no es el monopolio absoluto de los medios por parte del Estado “revolucionario”, como es en Cuba. No. Eso sería difícil de imponer en Venezuela y además sería contraproducente para la neo-dictadura.

Porque no olvidemos que el meollo de una neo-dictadura consiste en presentarse disfrazada de democracia. Dictadura disfrazada de democracia es neo-dictadura. Y este tipo de regímenes necesita de espacios comunicacionales que sean –y sobre todo parezcan—autónomos. Pero eso sí, con mínimas o nulas posibilidades de contrapesar al “poder revolucionario”, o sea a la neo-dictadura. Un mecanismo perverso, si los hay.

En la actualidad la hegemonía comunicacional está avanzando montada en la boliburguesía o más bien la bolioligarquía. Y en la dinámica de la satrapía bolivarista es lógico que así ocurra, porque buena parte de sus jerarcas son plutocrátas de la corrupción y del crimen organizado, y a éstos siempre les apetece el dominio de los medios. Y si la mafia rusa hizo lo mismo en la patria de Putin, la de aquí no se ha quedado atrás. Y para que no haya rezago se dan las manos todos los colores políticos y económico-sociales, en la depredación más violenta que haya experimentado Estado y nación alguna, por lo menos en tiempos cercanos.

Claro, el avasallamiento hegemónico, con sus modalidades de control directo e indirecto mediante la auto-censura de muchos medios técnicamente privados, choca con una realidad tecnológica de muy ardua superación: la expansión de las redes sociales. No es lo mismo ponerle la mano –incluso enguantada—a un grupo de canales y emisoras y periódicos, que a millones de instancias mediáticas en la “internetósfera”.

No obstante, hace varios años que la hegemonía comunicacional dejó de ser una consigna o una aspiración de la parcialidad roja, para convertirse en la característica principal del escenario mediático venezolano, al menos en lo que se refiere a los medios convencionales. Otro cantar, repito, es el de las redes, aunque éstas reciban un gran influjo de la massmedia tradicional.

El apetito de la hegemonía comunicacional se tragó a Globovisión. Y se está tragando a otros medios por vías similares. Y mientras se estrecha la posibilidad de expresión crítica, se ensancha la manipulación y la mentira oficial. Y todo ello ocurre ante la expectación de una opinión pública saturada, en parte intimidada y en mucho molesta porque sigue pasando el tiempo y la hegemonía no cede sino se refuerza.

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