Opinión Nacional

El asunto militar

El tiempo pasa y la cosas cambian. Esta es una verdad tan potente, como todas las cosas sencillas, que sólo dejan de verla quienes se encierran, absortos en fines limitados o “fanatizados”, ajenos a la contemplación y la reflexión que requiere la vida que pasa, a veces quitándonos elementos esenciales de racionalización. Sucede así hoy con las “guerras” y las “armas”.

Desde la guerra de Estados Unidos en Vietnam es una clara falsedad que la guerra sea “la continuación de la política por otros medios”, como afirmó en el pasado von Clausewits. Hoy en día, y en realidad, la guerra representa la derrota de la política. En el presente y hacia el futuro, las armas son contraproducentes, incluso militarmente. Porque cuando la guerra y las armas pasan a ser el amo de la política, como es el caso en el presente, dejan de ser instrumentos de la defensa, del país y de la colectividad, cosa que sí es -efectiva e ineludiblemente- la política.

La historia del mundo demuestra fehacientemente que las armas y las fuerzas militares –durante siglos sin cuento- han sido una carga y un desgaste de la economía y de la sociedad civiles. Desde los “caballeros andantes”, pagados por los campesinos, hasta los “robots” de hoy, pagados por los ciudadanos, han sido poco más que “utilidades relativas”.

El mundo occidental utiliza la pólvora desde mediados del siglo 19, pero sólo fue 500 años después cuando comenzó a utilizarse para la minería, la construcción de túneles, carreteras y puertos. Entre los siglos 8 y 10, mientras los civiles inventaban el molino de viento y la rueda hidráulica, las primeras máquinas, y la vela para las embarcaciones marítimas, los barcos de guerra seguían siendo galeras impulsadas a remo durante otros 600 a 700 años.

Hubo cambios radicales: desde el siglo 17 hasta el final de la Segunda Guerra mundial, la economía de guerra y la economía de paz marcharon en beneficio mutuo. En ese siglo los hombres inventaron el primer buque capaz de contener cargas considerables; era un navío de guerra, pero se convirtió en el primer transporte eficiente de carga, un adelanto tecnológico tan grande como la máquina a vapor, el computador, la biotecnología; y trajo la revolución industrial del siglo 18.  De ahí y durante los próximos 250 años, la tecnología militar suministró nueva energía a la economía civil; de la misma manera la tecnología civil se aplicó a lo militar, en mayor cuantía; la primera universidad técnica –la Ecole des Ponts et Chausséses (1747)- generó la profesión de ingeniería y la aplicación sistemática de la ciencia y la tecnología al diseño y a la producción de bienes y servicios.

Las grandes innovaciones de la economía civil encontraron aplicaciones militares: máquinas de vapor, el teléfono, el inalámbrico, el automóvil, el avión… Las guerras o lo militar, pese a la destrucción y el desperdicio, obtuvo (y obtiene) sus momentos cumbres al acelerar esos (y otros) desarrollos técnicos. Lo fructífero de todo ello es que la producción civil y la militar se hicieron intercambiables, integrando utilidades reales.

Pero eso se acaba, termina, cambia y se vuelve inútil cuando los gastos militares se vuelven una sangría para la economía civil, como es el caso con el aparato o parapeto de “defensa” que el chavismo monta con multilateralidad, causando el atraso y el deterioro de nuestra economía, como anteriormente sucedió en Rusia, Estados Unidos, países latinoamericanos, y como no sucedió en Japón tras la Segunda Guerra Mundial: con una gasto militar mínimo generó su inmensa evolución.

El gasto “militar” en Venezuela, traducido en un chavismo impuesto en casi todas las áreas de la vida civil, trae implícito el estancamiento económico y la ausencia de desarrollo. Este es un gasto que se diluye en política interior y exterior, fundamentado exclusivamente en la supervivencia-imposición de su “verdad única”, autoengañándose como “escuela de la nación” (Mao). Tal situación tiene un valor mínimo para la vida y la economía civil; es una mala escuela para la sociedad civil; degenera en tiranía, corrupción y tortura. Así está demostrado en la historia mundial, porque tales “virtudes” nada tienen que hacer en el mundo moderno, sirviendo mucho menos para la “protección” de los militares.
 
En los países desarrollados de hoy, la guerra y las armas tienen otra dirección, ha cambiado o van cambiando hacia “opciones” y “contingencias” específicas, de acuerdo a cada situación, porque las armas no sirven como instrumento de política; el incremento del gasto en ellas es una estupidez, porque cambiar propósito por masa nunca funciona.
 
Pero en el chavismo se quiere un monopolio de las “armas”, hoy conjugadas con medios comunicacionales y controles por “listas”, entre otros elementos, porque en el mundo nuclear, biológico y químico, de masivo poder destructivo, pareciera que para ellos la única alternativa es revivir un “ejército terrorista”, contra los ciudadanos y el mundo. Aquí no hay desarme ni pacifismo, sino una búsqueda guerrillera por todos los medios posibles; la intención gorila no cambia, no hay equilibrio para la disuasión.
 
Con la “guerra” y con las “armas” que el chavismo habilita, creyendo sólo en su dominio por vía de la sumisión, no hacen más que “mear fuera del perol”, por más que incrementen su totalitaria artillería mediática. Nuestras fuerzas armadas, específicamente hablando, también deben rescatarse a sí mismas porque tienen un papel superior cuya política no es otra cosa diferente a la verdadera defensa de Venezuela y de los venezolanos, en armonía con unos tiempos que siguen y seguirán cambiando. Las necesidades sociales y económicas nos obligan a marchar en esa dirección, una dirección con futuro, y eso nada tiene que ver con la destrucción ni con el engrandecimiento de una egolatría absolutista y corruptora.
 
La línea a seguir es la de recuperar el equilibrio militar inteligente, ajeno a la piratería terrorista, que sólo podrá acabarse con el concurso de todos. “Defensa” ya no es posible, menos si se fundamenta en “represión”; las armas deben volver a ser un instrumento eficaz para bien de los venezolanos, de la sociedad, de la política coherente. Porque lo que más cambia, siempre, son las condiciones donde anida la putrefacción.

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